CÚCUTA.- La Navidad en Gramalote era una de las fiestas más esperadas por niños y adultos. Era uno de los espacios más alegres, durante el año, para los gramaloteros. La fiesta, el jolgorio y las celebraciones formaban parte del diario vivir de la población. Los recuerdos corren frescos por la memoria de Roberto Peñaranda, damnificado de la tragedia ocurrida el 17 de diciembre del 2010, y que no ha podido olvidar.
– En pleno comienzo de Navidad se formó esa tragedia que acabó con las ilusiones y la fortuna de tanta gente, con todo lo que había, con el cariño, lo social, lo económico. Todo se destruyó sin más ni más.
El día que la naturaleza arrasó con el municipio dejó en pie 14 casas. Una de esas pertenece a este hombre adulto, serio, sentimental y campesino. Desde entonces no vive ahí, prefiere la anchura de la finca para respirar el aire fresco que le ofrecen los árboles, a la imagen de destrucción que muestra el maltrecho templo construido en honor a San Rafael, el patrono del pueblo.
En las horas posteriores a la catástrofe los más de 6000 habitantes comenzaron a vivir el calvario propio de la desesperación, el desconsuelo y la tristeza. En la noche del 16 de diciembre tenían casa, muebles, recursos, familia, amigos, vecinos. En la madruga del 17, debieron huir hacia cualquier lugar y abandonar esos bienes materiales. Al cerrar los ojos eran seres humanos eran felices y al abrirlos eran hombres y mujeres errantes para salvar la vida.
Roberto no salió de la casa, se aferró al amor propio y comenzó a ayudar a los paisanos. Trabajó más por los demás que por los suyos o en beneficio propio. Se quedó junto a los que cultivan la tierra, los del sector agropecuario, los campesinos, los que saben manejar el arado, los de la parte rural.
– Hemos demostrado que podemos vivir sin ley, sin administración, sin justicia, sin salud. A pesar de tantísimas diferencias de pensamiento no nos hemos dado en las muelas con nadie.
El desarrollo que han alcanzado sin un guía está patentado en las vías. Ahora, el municipio tiene las carreteras que no tenía hace cuatro años. La gente se ha unido para trabajar y no depender de alguien más. No han pedido dinero y a cambio se han quitado de la cabeza la idea de que el Estado es el que debe darles lo que necesitan para vivir.
Las palabras salen con amargura. La dureza se siente en las críticas al Estado, porque han pasado 48 meses y el municipio se mantiene en ruinas. Las cuentas en pesos que llevan en la capital de la república señalan que a Gramalote le han dado más de $ 100.000 millones, que los gramaloteros no saben en qué se han invertido, porque no los ven en la realidad.
A pesar de estas dificultades, los damnificados han sobrevivido y se han sobrepuesto a las adversidades que los tienen marcados. Pocos pueden mostrar con certeza lo recibido del Gobierno. Falta el centro de acopio para almacenar las frutas y el pancoger que cultivan en corregimientos y veredas. Los pequeños industriales tampoco tienen el espacio para mostrar los productos.
– A veces, cuando paso por el caso urbano destruido, siento rabia. Siempre lo he dicho, ‘pueblo desagradecido, por qué se cayó, si lo queríamos tanto’.
La tristeza embarga a Roberto al repasar la niñez, la juventud, las ilusiones, los sueños. Ahí, debajo de los escombros, quedó enterrada la vida disfrutada por este hombre que añora las calles que recorrió con los amigos. Ese sentimiento ahonda cuando retrocede en el tiempo para recordar que las casas que la naturaleza no destruyó las derribaron las máquinas.
Los hombres montados en esos vehículos pesados acabaron con la historia de los gramaloteros, con el trabajo de cientos de años. Borraron el pasado, eliminaron el presente y dejaron sin futuro a las generaciones venideras. Las serenatas que permanecían prendidas de las ventanas desaparecieron, y los chismes y los cuentos quedaron borrados al demolerse el pueblo. Las puertas que escondieron besos furtivos lucen en casas de otros municipios, porque se las llevaron.
Dentro de medio siglo pocos creerán que en ese lugar existió un pueblo, como ocurrió en Pueblo Viejo. Allá no hubo tragedia, ni terremoto, lo trasladaron porque quisieron y se perdió la historia. Lo único que se mantiene como testigo es ‘La Calle de la Jeringa’.
– No sé quién lo mandó a destruir. Lo borró del mapa. Acabaron con lo tangible y lo intangible. Siento rabia por eso. Ahora quieren hacer un parque hermoso; no, dejen eso así. Dejen que nazca libremente el tártago para que Raymundo Ordóñez se revuelque en la tumba y diga ‘salió mi tártago que tanto quería’.
De pronto, Roberto paró el relato. Se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón y sacó el pañuelo blanco. Se cubrió el rostro y lloró. Respiró profundo, intentó seguir y no pudo. Los ojos claros se inundaron con las lágrimas, la voz se quebró, las palabras se negaron a salir. El llanto solo tuvo una explicación.
– Todo eso me duele muchísimo.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: www.contraluzcucuta.co
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