CÚCUTA.- Los aficionados motilones no soportaron el alto voltaje del mal fútbol del Cúcuta Deportivo y la emprendieron contra los jugadores al término del último partido, el 17 de mayo. El marcador desfavorable (0-2) rebosó la copa. Las esperanzas comenzaron a esfumarse con el pitido final del compromiso.
“Terminamos como comenzamos”, fue la sentencia del profesor Luis Jesús Botello, quien había llegado con un pálpito positivo. Lo dijo con amargura y con los ojos inyectados por la impotencia que dan los malos resultados del equipo al que ha seguido en los últimos 40 años. La camiseta rojinegra lo ha acompañado en temporadas pasadas y atestigua la fidelidad al General Santander.
La fecha, primera de los cuartos de final, pintaba bien. El sorteo de comienzos de semana prendió la llama de la ilusión y la fanaticada empezó a creer que Dios estaba de lado del once fronterizo. Llaneros no aparecía en el papel como rival duro. El compromiso era ganable.
La diferencia está entre lo que sueña el dueño de la enjalma y lo que piensa el jumento. Los pocos seguidores que aún le quedan al cuadro cucuteño creyeron en la buena disposición de directivos, técnicos y jugadores. Llegaron a los graderíos para mostrar el amor que sienten por la divisa.
Los primeros cánticos denotaban esa alegría sincera que debe expresarse con gritos, bailes y silbidos. La emoción creció con el encendido de antorchas de humo rojo y negro, a manera de ritual para espantar cualquier espíritu maligno traído desde la llanura.
Las madres aprovecharon el ‘gancho’ ofrecido por los propietarios y acompañaron a los maridos, aunque en poca proporción. No hubo la cantidad de público esperada y la razón es una sola, el desinterés que despierta el hacer parte de la segunda división.
Los primeros minutos del juego estuvieron a favor del Cúcuta, que tiene como agüero comenzar de norte a sur el primer tiempo. Llaneros aguardaba el momento para dar el zarpazo. No había trascurrido el primer cuarto de hora y se presagiaba goleada por parte de la visita.
A los 10 minutos, enredo en el área local, ninguno de los motilones atinó a sacar el balón y cuando menos lo esperaban los aficionados, los visitantes corrieron a celebrar. Cuatro minutos después, se repitió la escena. De ahí en adelante el desespero cundió de Norte a Sur y de Oriente a Occidente.
Los llaneros, con el marcador a favor, se divertían en la cancha. Tenían tiempo para jugaditas vistosas, para ensayar toques, para armar paredes, para jugar de taco, para correr sin balón, para reír y para comenzar a tejer pensamientos que los trasportaran a la siguiente fase del torneo en busca del anhelado ascenso a la A.
Los cucuteños corrían en desorden, no daban más de dos pases seguidos, no había coordinación, no se sentía la presencia del hombre diferente, no sobresalía ninguno de los jugadores, no se vislumbraba el cambio ideal, no se atisbaba la orden desde el banco para sobreponerse a la derrota, no se escuchaba la voz del técnico para aclarar ideas.
La cara de los hinchas no se mostraba iluminada, sino contrariada; las palabras no eran de aliento, sino de desespero; los gritos no eran para animar, sino para criticar; los reclamos no eran para pedir el ingreso de algunos de los suplentes, sino para que salieran los once titulares; el agua no tenía sabor agradable, sino que sabía a hiel.
Los cambios propuestos por el técnico Hernán Estrada tampoco surtieron efecto y el tablero de bolas criollas, adaptado para el General Santander, mostraba el marcador adverso mientras los segundos trascurrían en procura del minuto 90.
El ‘ole, ole, ole’ con que se premia las buenas acciones de los locales para amedrentar a los rivales, se convirtió en bumerán para los motilones. Los hinchas auparon a los llaneros para rechazar la presentación indecorosa de los cucuteños.
Y la Banda del Indio reafirmó el sentimiento de las barras. “Mire, mire, qué tristeza, mire qué dolor”, se lamentaron los descamisados de Sur al ritmo de los desacompasados tambores. Y les pidieron a los jugadores “quítense la camiseta y dénsela a la hinchada que juega mejor”.
No hubo respuesta de los futbolistas. Entonces, de Norte salió el coro “jugadores, la puta de su madre…” como puntada final del desconsuelo. Al final, Cúcuta Deportivo salió de la cancha con la cabeza baja, mientras los aficionados abandonaban el estadio con rabia y dolor en el corazón. El pálpito del profesor Botello no se había cumplido. “Terminamos como comenzamos el campeonato, perdiendo”.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
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