CÚCUTA.- José Ardila, de 53 años, está casado con Virginia Rojas y tienen tres hijos, Socorro, Antonio y Mónica. Viven en el barrio Belisario (parte baja) en una situación marginal. El trabajo le ha sido esquivo. Es un empleado más del desempleo en Colombia. Afronta la realidad de los desfavorecidos, mientras los demás solo ven lo de ellos y no salen a la ventana de las lujosas haciendas para ver al pueblo que sufre.
Temprano, recorre los barrios Doña Nidia, Carlos Ramírez, 7 de Agosto y Niña Ceci. El camino termina en Juan Atalaya, en la recicladora de papel Gómez, de Alejandro Huertas, de 62 años, quien asumió el compromiso de darles trabajo a 42 recogedores de papel en las calles de la Cúcuta marginada.
Los escasos recursos hacen que en las mañanas, menos el jueves, José salga de casa solo con la bendición de Virginia y el “chao, que te vaya bien”, de Socorro. Antonio y Mónica descansan en la humilde cama que no alcanza para más de dos, pero en la que el amor abre espacio para los cinco. “No importa lo apretadito que se vea, lo importante es que estamos unidos”, dijo la madre.
Las manos están desquebrajadas por el contacto con el acero del volante viejo de la acabada carreta. En tiempos difíciles, se torna suave y llevadera. Pero en aquellos en los que la gente arroja el papel a la calle, se torna pesada. Los huecos ayudan a que el esfuerzo sea mayor y las manos sufran el rigor del oxido que penetra la piel.
El sudor desfila por la achacada cara de este personaje del cartón. Son gotas de esperanza que valdrían cuatro platos sencillos de comida para la familia, son gotas que valen más que las de un atleta que gana el maratón en Río de Janeiro.
Al transitar por las calles las cotizas se pierden entre el polvo que lleva en los pies. La gente se asombra al ver que lleva compañía y le increpan “¿ya se cansó don José de recoger la platica solo y consiguió ayudante?”. Don José sonríe y comenta “el sol les está haciendo daño, muchachos”.
Llega el medio día. Solo ha recogido un paquete de periódicos viejos. Cerca a una tienda, que no tiene nada para ofrecerle al público, sacan unos libros comidos por la polilla. En los diarios amarillentos se entera de noticias pasadas, pero que igual no sabía que habían ocurrido. En una página ve la foto de una modelo, “qué hermosa, pero tan sin vergüenza”, afirmó
El sol golpea el rostro y la esperanza de una nueva alegría para la familia se desvanece. El cansancio se apodera de las ganas de luchar. Son las 3:30 de la tarde. El punto de reciclaje, en la primera etapa en Juan Atalaya, está próximo. Recibirá entre $4000 y $6000 que servirán para calmar las necesidades de Virginia, Socorro, Antonio y Mónica.
En silencio aguarda mientras miran el producido del recorrido. La voz de un anciano suena amargada y anuncia el valor de la mercancía, “esto da solo cinco mil y ya”. ¿Alegría o tristeza? La única expresión de don José es de “no importa, la vida hay que seguirla alimentando”.
JOSE LUIS GALVIS
Estudiante de Lengua Castellana
Universidad de Pamplona
Cread de Cúcuta
Contraluz.CO Sólo Periodismo