(Crónica en honor a todas las familias víctimas del conflicto armado, en especial a las 35 que se atrevieron a ser expuestas en el proyecto ‘35 Rostros que esperan’, por su decisión, insistencia y valentía, y a sus realizadores por tan excelente labor en el marco de reconstruir memoria en la atroz etapa que le representó a Colombia millones de desaparecidos)
La historia colombiana se desenvuelve, año tras año, en medio de una particularidad, a diferencia de los demás países tercermundistas: la zozobra y el exterminio. Miedo que impulsa el monopolio político que domina al país del Sagrado Corazón de Jesús, que lo mantiene en una metástasis colectiva de recuerdos que no permiten el progreso como sociedad.
Un sentimiento que siembra en los corazones de los colombianos la desesperanza de un futuro que no promete a las nuevas generaciones. Un horizonte que parece acoplarse a las condiciones del mundo, pero que aún hoy le cuesta la vida a millones de compatriotas que no volvieron a ver la cara de los seres queridos.
El lugar, un espacio histórico para los cucuteños. La Quinta Teresa, en pleno corazón céntrico, se acicalaba para recibir a una serie de curiosos que se acercaban con paso minucioso a reconocer la historia de un grupo de compatriotas que se atrevieron a enfrentar las secuelas que les dejó el conflicto armado.
Una fachada refinada del siglo XIX que alberga 35 historias por medio del arte de mayor trascendencia para la humanidad: la fotografía. Anécdotas, abrazos, destellos de palabras tiernas, disparos de emociones fuertes son rememorados en cada retrato, al ser recordados como la figura del ave que alzó vuelo sin rumbo en un cielo estrellado.
Un diseño de rejas colonial que hace eco en el ambiente que se respira en la ciudad. Oscuridad y ceguera rondan en la entrada, 13 escalones y un paso presidencial desembocan en el inicio de la aurora que exhibirá en detalle el padecimiento de familias, víctimas de la desaparición forzada que se propagó en el territorio nacional, orquestadas por la alta clase.
Un horizonte claro y conciso que esclarezca la visión de lo sucedido luego de haber pasado más de una década sin rastro de ellos. Un proyecto simbólico que moviliza hacia la solución memorable de un viaje que parece no tener retorno. El deceso que todos auguran, pero que ninguno acepta, toma forma al exigir respuesta y contempla con resignación ante la falta de competencia.
A mano derecha entre dos puertas de madera antigua en blanco y manecillas de cobre, se adentra en el limbo de las memorias. Un periplo que aventura lo más desalmado de la historia cucuteña que destina la mayor atención al trasfondo de lo expuesto. Una realidad intocable para las instituciones públicas que observan con recelo e indiferencia estos actos.
Dos salones en baldosa de arcilla, acoplan la exposición. En cada uno cuatro cuadrados en fondo negro, con altura de 2,5 metros, aguardan para la apertura subjetiva de los visitantes. Un reconocimiento que despierte el anhelo de un mejor país, y la no repetición de hechos que destrozaron millones de núcleos familiares.
La ansiedad de conocer y distinguir los rostros saciaban las expectativas al dar el paso inicial. Treintaicinco caras en igual número de obras. Ubicadas a la altura visual del hombre deslumbran la imaginación de los espectadores.
Mientras estos observan perplejos y atónitos la marca de correr la suerte de perder un hijo, en circunstancias aún desconocidas, la impunidad, el abandono y el olvido rodean a las familias que sufren a diario las consecuencias de la brecha social que se extiende de estrategia en estrategia.
En el bagaje de sensaciones recolectado durante casi hora y media de recorrido queda guardada la mayor incertidumbre de toda la historia. Un camino que se alterna con el desarrollo de millones de vidas, pero que coinciden en momentos jamás pensados.
Caminos que alimentan la reiteración de estos inverosímiles sucesos que asemejan los tiempos del Führer nacional-socialista. Escenas que parecen ser extraídas de la imaginación que solo reflejan el nivel interior de una humanidad consumida por el individualismo y el poder.
Al nivel de Auschwitz, Jasenovac, Chelmno o Sobibor en Alemania. Parecían decaer las calles de la casa de duendes a final de los años noventa y el segundo tercio de la primera década del presente siglo. La ubicación de estos centros en la zona de frontera más activa del cono sur solo denota el comienzo de la etapa más cruel para la sociedad colombiana.
Etapa que parece archivarse en los centros de indagación como si se tratara de los mejores cuentos de los Hermanos Grimm. Lo que ha significado para un grupo de artistas la materia prima de su trabajo. Un propulsor que la memoria necesita recordar todos los días para que no se deje en el pasado, en el baúl de los recuerdos, aquel que es intocable para las abuelas.
Hoy, estos rostros se desnudan y dejan al descubierto lo que no los obstruye a vivir una vida en paz. El desconcierto de la verdad rodea sus pensamientos. Una luz en la oscuridad se convierte en la insignia a seguir en el camino: La verdad. Una verdad sin titubeos que aclarezca en el amanecer de un nuevo día.
ANDERSON SALINAS
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Contraluz.CO Sólo Periodismo