Martín Manzano, a los 10 años, conoció la droga y a partir de ese momento se convirtió en habitante de la calle. Consumió sustancias sicoactivas, fue gamín y terminó como indigente. El desespero familiar para devolverlo a la vida normal, lo llevó hasta el hospital mental Rudesindo Soto. Ninguna terapia sirvió para rescatarlo de las entrañas de ese mundo al que llegó solo.
En esa mala vida en la que se debatió por años y años recibió tiros, le partieron las piernas y quedó con los pulmones rotos. Eso es lo único que le debe a la calle. Hasta que un día “mamado y cansado le dije a Dios ‘si permites que mi vida cambie, prometo a que la vida de muchos seres humanos cambie también’”.
La palabra empeñada tuvo eco y encontró la salida al laberinto en el que estaba metido por voluntad propia. Y así huyó, por esfuerzo propio. “Cuando nadie creía en mí, me paré”. Abandonó amistades, miserias, tristezas, inmundicias y buscó refugio en una nueva manera de vivir, alejado de la marihuana, la coca, las pepas y demás alucinógenos que lo carcomían.
En la casa “no daban un peso por mí. Era como si no tuviera padres, por el daño ocasionado al seno de mi familia”. Ahora, el mensaje que trasmite es diferente. No es la invitación de antaño a fumar y a acabarse la vida mientras huía de la realidad sumido en los ‘viajes’ que dan los estupefacientes.
Hoy, habla de Dios. “Todos los días, antes de lavarme la boca, lo primero que hago es levantar una plegaria”. Así se mantiene espiritualmente. “Dios es grande para todos”. Está seguro de que le tiene destinado un futuro mejor, porque nadie le labra el destino a nadie. “Somos labradores de destinos”.
Martín Manzano baja la fotografía que tiene colgada en la pared. Aparece con pinta de indigente. El cuerpo débil, enjuto, no tiene comparación con el actual, grueso, fuerte. “Debemos renunciar al camino equivocado y tomar las riendas de la vida y gozar lo bello de la vida”.
Mira la figura que aparece y calla. Guarda el silencio que debe hacérseles a los recuerdos. La guarda, porque así da testimonio del cambio que ha dado en la vida. De la piltrafa que recorría las calles pasó a ser el hombre que vela porque sus semejantes no tengan esas desagradables experiencias o dejen de lado las sustancias propiciadoras de amargura.
– Me da tristeza y dolor ver cómo cientos de muchachos viven esa cruda realidad. Les pisotean sus derechos, porque no hay nadie que vele por ellos.
EL CAMINO DE 20 AÑOS
La promesa hecha a Dios tuvo eco. Estuvo en 14 programas de recuperación, trasegó por diferentes instituciones, entre las que recordó el hospital mental, El Camino (Medellín), Resurgir, Obat, El Pacto. El objetivo era uno, abandonar las drogas.
El último de los programas lo hizo en Medellín, en una institución sin ánimo de lucro. El tratamiento se pagaba con trabajo, no se hacía por mensualidad, ni por obtener ganancias. Fue un éxito. “A los tres meses le tomé cariño”.
El proceso lo hizo solo a pesar de tener papá y mamá, pero era como si no los tuviera. “Lo menos que uno puede ser uno, es ser desagradecido con Dios. Me dio la oportunidad. Allí pasé dos años”. Corrió con la suerte de que lo trasladaran para una sede en Los Patios. Al cabo del tiempo cerró por problemas financieros. Tenía 20 muchachos a cargo. No se amilanó y siguió adelante. Para el sustento trabajaron y elaboraron cerámicas, bolsas y otros productos.
De allí nació la fundación El Camino. Tomó la determinación de organizar la institución, porque fue el camino que, está seguro, Dios le dio a escoger. “Fue un pacto, una alianza con Dios y llevamos 20 años” en la obra. Cuando mira a los pelados en la sede de la calle 9, frente al Palacio Nacional, pide fuerzas y voluntad para mantener la promesa.
El edificio donde funciona la fundación es el mismo que en una época sirvió como biblioteca pública. Luego, se convirtió en sede de la Sociedad de Mejoras. Después, era la sede principal del Sisben de Cúcuta.
Si hay algo que lo halaga y lo motiva para continuar en pie en esta difícil, más no imposible tarea, es trabajar por esa comunidad de desarraigados. De un programa mixto salieron dos enfermeras, mediante becas de una institución de salud. Ejercen la profesión, han progresado, ven de la familia. También, hay muchachos que estuvieron en el proceso de recuperación y ahora son joyeros, vendedores ambulantes, albañiles, piratas del trasporte público y comerciantes de mercancía proveniente de Venezuela; otros, han estudiado carreras intermedias, sistemas, computadores y tienen trabajo, y otros están vinculados a empresas.
“Triste y lamentablemente, muchos de los muchachos salen y no pueden decir estoy recuperado, rehabilitado y formado”. Debido a la falta de cultura, de conciencia y de conocimiento del problema ese tipo de persona es automáticamente discriminada y, en muchas ocasiones, rechazada.
En cambio, cuando un muchacho flaquea lo afecta emocionalmente. “Me hace sentir que estoy fallando, que algo falta, que no estoy haciendo el trabajo como debe ser”. El lamento lo lleva a sentir culpas por no buscar alternativas para evitar el regreso a la calle y estar de nuevo en condiciones infrahumanas.
Echa mano de la calculadora para justiciar con número los pensamientos. Un interno en la cárcel, condenado por porte de drogas, le cuesta al Estado 2,5 millones mensuales. Con ese dinero en una institución de recuperación podrían atenderse dos muchachos y empezar a buscarle salidas a los problemas ocasionados por el consumo de droga. “Si un interno abandona el programa, uno sabe el riesgo que corre al volver a la calle”.
También hay momentos que lo animan. “El ver a un muchacho con la mujer, los hijos y la familia, bien vestido, eso vale más que el oro y l plata”. Martín Manzano no ha podido encontrarle explicación a ese grado de euforia que despierta el ver a un muchacho en sano juicio, sobrio. “Eso es muy bonito y es lo que me ha mantenido, por eso amo y quiero la obra”.
Momento de volver al asunto principal. Los habitantes del río Pamplonita pueden rescatarse. “Allá llegamos con la prensa, la televisión y la radio a rescatarlos con mentiras”. Estos hombres y mujeres viven en condiciones infrahumanas. “En el momento que la Alcaldía llegue sin mentiras, sino con verdades, con propuestas, cuando lleguemos con el sentir que son seres humanos y deben vivir en condiciones más dignas, ese día podremos hacer algo por ellos”.
Los habitantes de la calle pueden tener futuro. Son seres humanos, tienen familia. La calle nos lo parió, ni un callejón. Los engendró un hombre. Tienen hermanos, pero la sociedad los ha marginado y maltratado. “Debemos ayudarlos a cambiar”.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: www.contraluzcucuta.co
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