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Gramalote cumplió 155 años, menos dos

Demetrio y Antonio están sentados sobre uno de los pocos andenes que la naturaleza no destruyó. Conversan sobre esos asuntos que cada mañana repasan para pasar el tiempo. A la espalda se levantan las ruinas del templo mayor del municipio y al frente permanece la enorme piedra que sirve como referencia para explicar dónde comenzó la tragedia.

Han trascurrido dos años y el recuerdo de la destrucción de Gramalote no se borra de la mente de los afectados. La tristeza se refleja en esos rostros ajados por la vida y en los ojos brilla la melancolía que produce retroceder en el tiempo para volver a encontrarse con los momentos aciagos del fatídico 17 de diciembre del 2010.

Este par de viejos mantiene las imágenes intactas y el relato es fidedigno. Las palabras fluyen como si se hubieran aprendido el libreto cinematográfico y el cuerpo se estremece o encoge con cada descripción, con cada nombre mentado, con cada reflexión.

A la pareja se une Pedro. Llegó para refrendar lo expuesto por sus paisanos y para acalorar la conversación. Ahí, a pocos metros del lugar del encuentro, estaba su casa, ahora hay un montón de escombros que al mirarlos lo hacen volver a tiempos en los que la felicidad reinaba en el municipio.

Demetrio tiene 85 años. Es el mayor de los tres. El sombrero envejecido, la ropa enmugrecida y los zapatos rotos lo hacen como icono de la tragedia. La figura da la sensación de haber salido hace pocos minutos de entre las ruinas. No mide más de 150 centímetros y tiene la explicación para lo sucedido.

Usa una frase bíblica para contradecir al presidente Juan Manuel Santos acerca del origen de la destrucción del caserío. El mandatario culpó a la naturaleza, luego de sobrevolar en helicóptero las ruinas.

–         Tercos. No se mueve una hoja sin la voluntad de Dios – dijo Demetrio y dejó ver la dentadura de oro, mientras intentaba una sonrisa.

Antonio permanece acurrucado. Es flaco, tiene la mirada perdida, no habla, solo asiente y agrega monosílabos a las frases de sus compañeros de desgracia. Mueve la cabeza hacia donde los otros dos señalan. Entre lo poco que atinó a decir hizo una petición.

–         Que dejen quieto a Gramalote como está – de esa manera se les rendiría homenaje a los  hombres y mujeres nacidos allí y que están dispersos por el departamento.

Pedro es el menor. Luce ropa limpia, lleva el cabello pintado de negro, el rostro muestra a un campesino resignado. Entró en la charla sin pedir permiso y señaló con el índice acusador al gobierno municipal del aniquilamiento de su patria chica.

–         Fue por descuido de la administración. Al Alcalde no le dio la gana de destapar el callejón – el enjuiciamiento no le gustó a Demetrio. Antonio siguió callado, volteó la cabeza para no opinar.

 

****

 

El 17 de diciembre del 2010, en la madrugada, se escuchó un estruendo. El desprendimiento de tierra comenzó en la vereda Jácome, a kilómetro y medio montaña arriba de la cabecera municipal. La falla llegó al pueblo, el viernes en la mañana. Los lugareños lo llamaron ‘avalancha’.

Por un lado bajaba la tierra y por el otro causaba grietas en las casas y las tumbó. Las viviendas caían solas, por la presión de la tierra. Parecía que estuvieran fabricadas con galletas. El jueves, en la noche, comenzó la evacuación de los barrios que las autoridades civiles creyeron que estaba en riesgo. No pensaron que el pueblo estaba en peligro.

A los residentes en Jordán, Casa Verde, Santa Anita y Nueva Granada los obligaron a salir. La magnitud no se dimensionó. Al despertar, la grieta era inmensa y atravesaba el pueblo. La tierra empezó a alzarse, los pisos a levantarse y la chamba creció a 20 metros.

Entonces, se escuchó la orden de abandonar a Gramalote.

Hombres y mujeres, adultos, jóvenes y niños salieron del caso urbano. Muchos dejaron abandonados los enseres por temor a quedar aprisionados por la tierra. El domingo, la falla afectó las casas del barrio Santa Rosa, al final del pueblo.

Un rumor se tomó a Gramalote y no dejó que nadie sacara las pertenencias. Los ladrones se aprovecharon de la situación y robaron hasta donde pudieron. Gente ajena al municipio entró y cargó con lo que pudo ante la mirada pasiva de la policía y el ejército, llevados allí para custodiar. Los saqueadores desocuparon las viviendas.

Las casas se agrietaron y cayeron. Los gramaloteros huyeron a Cúcuta, Santiago y otros pueblos cercanos para pasar el susto, acomodarse y pensar en el futuro. Algunos regresaron al poco tiempo para lamentar la tragedia, recordar y aterrizar en la realidad.

Vivieron en los albergues temporales, pero sin sentirse cómodos. Les faltaban la tierra, los vecinos, los animales, las plantas, el templo, el bullicio, el parque, las calles y el amor que les proporcionaba ese pueblo en el que nacieron y por el que luchaban.

 

*****

 

Demetrio recordó esos instantes con pesadumbre. Los ojos grises se empequeñecen y la voz bajó de tono.

–         Primero, bajó una ruyita. Comenzó a chitiarse el parque. Yo tapaba las grietas con cemento y al otro día amanecían más grandes. Dije ‘esta vaina está arrecha’.

Una imagen permanece latiente en la mente de los tres hombres. La casa de los Mendoza. Era de dos pisos, de barro pisado, se levantaba imponente. No se destruyó, quedó intacta en medio de las viviendas caídas. En cambio, la de los Leal, construida en ladrillo, reforzada con hierro y construida con técnica, se desplomó.

–         Es un castigo de Dios a lo vivo – sentenció Demetrio.

A Pedro no le gustó esa frase y reprochó la posición asumida por el viejo amigo que no resigna al olvido las enseñanzas del párroco.

–         Demetrio, usted de esas vainas no sabe – dijo. Antonio permaneció acurrucado, mudo, ensimismado.

La discusión terció por el sitio donde serán construidas las casas para darle vida al municipio. Dos lugares han estado en boca de los damnificados, de los especialistas y del Gobierno. Pomarroso y Miraflores. Cada uno tiene explicaciones para inclinarse por cualquiera.

La incertidumbre entre los lugareños está por saber si allá vivirán mejor o igual. Aunque están seguros de que tendrán que aprender a quererlo y sacarlo adelante, como hace 120 años lo hicieron quienes vivieron la destrucción de Pueblo Viejo.

Pedro está de lado de quienes creen que el mejor sitio es Pomarroso. Le apuesta a esa opción, así la parte oficial estime que Miraflores es el terreno que mejor se adapta a las necesidades de la comunidad.

–         Pomarroso, sí. Miraflores no sirve. Allá nos van a hacer cuevas. En cambio, de Pomarroso se divisa para toda parte – dijo y miró con tristeza hacia un punto indefinido.

Al fondo, se escucha la homilía de monseñor Julio César Vidal Ortiz. El viento trae el mensaje del Obispo. Lo arrastra desde La Palestina, donde el prelado preside la bendición del templo consagrado a Nuestra Señora de Monguí. Como si supiera de la discusión entre los tres hombres, el jerarca católico les envía un mensaje claro y contundente.

–         Físicamente, se ha destruido el pueblo. ¿Qué será del Nuevo Gramalote? Será lo que ustedes quieran que sea. Hoy, tienen que mostrar unidad. No más divisiones. No importa dónde sea, lo que importa es que hagan un pueblo donde los ancianos mueran en paz.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

Crónica publicada en la edición 12 del periódico El Faro

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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