CÚCUTA.- La juventud siempre deja una marca. Cuando niño, el domingo era un día especial, de esos que se esperaban con ansias durante la semana. Sin duda, la ansiedad se apoderaba del cuerpo y el tiempo y el espacio se transfiguraban hasta el pitido inicial y ver rodar la pelota.
Como si fuera un ritual, la jornada comenzaba con un buen desayuno. En los días festivos, Cúcuta se convertía en bufé de comida casera, pasteles, avena, caldos y arepas asadas, un reparto de sabores en las calles y restaurantes improvisados en cada parque. El fútbol seguía latiendo a 100 por minuto.
Faltaba menos para llegar al destino aguardado, en el barrio Lleras, casa del coloso del oriente colombiano. Mi cabeza estaba a punto de reventar de la emoción, mi padre cómplice del sentimiento.
La ceremonia continuaba con diferentes visitas, al cementerio central y las promesas a las ánimas benditas; los monumentos icónicos, la Loma de Bolívar y el parque La Victoria, y los raspados con melado de cereza. En las calles adornadas de colores, el olor del hincha se esparcía por el aire de la ciudad.
Mi comportamiento en el desarrollo de las actividades familiares se vería reflejado en los beneficios que recibiría en las próximas horas, entre esas, asistir a misa de 3:30 los domingos, en el estadio General Santander y disfrutar de las paletas de limón y el chicharon crujiente en la tribuna Oriental.
De entrada, el desorden popular en la esquina de doña Marina, la Asociación de Barras y los menos de mil hinchas que asistían sin falta a cada jornada. La previa comenzaba con el precalentamiento. Los cigarros y la cebada fría que se repartían entre comentarios futboleros llenos de picante.
Las bocinas de bombona de gas utilizadas para animar el ambiente en el estadio, se ajustaban expulsando un sonido que ensordecía la bulla generada por la multitud. “Fa fa fa”.
Las taquillas sin hinchas, el humo exquisito proveniente de los chuzos de carne, los vendedores de agua gritando para atraer clientes, los cuidadores de carros ganándose la vida a punta de confianza, el policía que requisaba, los que pedían monedas para ingresar, los bomberos, la Defensa Civil, el que llegaba con ocho niños para aprovechar que la entrada era gratis para los pequeños; los platillos, los bombos y las baquetas listas para ponerle ritmo al encuentro.
Un carnaval dominguero, con pólvora alrededor de la pista atlética que rodeaba el campo de juego. La trinchera con una explosión de humo pintado, ondeaba los colores rojo y negro. El aire bailaba junto a los coros simples y clásicos de la tribuna. “Sí se puede”, “Cú cu ta” y los miles de chiflidos e insultos que provenían de todos los sectores del estadio. El resultado nunca fue impedimento para la fiesta.
A finales de los 90, igual que ahora, Cúcuta Deportivo pasaba por un momento de crisis. Antes, eran los Pachón; hoy, son las Cadena que amarran la institución a un torneo de segunda categoría. Relevando la historia de una hinchada, de una institución y de toda la ciudad. La B, fantasma que a veces parece no querer soltarnos, siempre tuvo nombres y apellidos. Malos administrativos, perversos mercenarios del deporte más lindo del mundo.
Los ritos no cambian mucho, una semana intensa latiendo futbol, la espera ansiosa y afanada por la llegada de la nueva camisa que recalca la identidad motilona. Diseño único y netamente local, impregnado de trabajo duro y pasión.
El ambiente de las calles, los que desde temprano se ponen la camisa con orgullo, el tráfico cerca del estadio, los vendedores y revendedores que se acomodan en sus sitios, doña Marina, la Banda del Indio, la cucha de la carreta con cerveza, la policía, la misma esquina, las taquillas con más público y la nueva generación de hinchas formados con aguante, con principios de fútbol tradicional, que no asisten en busca de resultados, sino por amor. Ese que a muchos les causa delirios y a otros solo los apasiona.
RUBÉN CAFU AGUDELO
Contraluz.CO Sólo Periodismo