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CRÓNICA EN MÍ MAYOR. ¡Ay, Manizales! regresé con mi alma a Cúcuta

Siempre creí que a Manizales la conocería en otra circunstancia, en otra época y en otra tónica. Quería visitar la capital caldense en plena feria, para disfrutar con los desfiles, las cabalgatas, las corridas de toros, los conciertos, las noches de parranda y las madrugadas gélidas. Pero no fue así. Viajé a mitad de año, cuando el sol es radiante, las nubes no protegen la intensidad del astro rey y el frío es soportable en camisa de manga corta.

En diciembre, es casi obligado escuchar las trasmisiones radiales que dan cuenta de la fiesta que viven colombianos y extranjeros en esta ciudad. Narradores y comentaristas juagan en elogios las bondades de estar allí. Esas palabras emocionadas despertaron la mayor curiosidad por saber más de la “Manizales rumorosa”, en la que “bajo tu cielo de rosa canta el viento su alegría”.

En julio la calma es alterada por la rutina diaria de los habitantes y los viajeros; la cotidianidad que muestra, alejada de ese bullicio que imagino se vive a finales de año, hace pensar que aquí no hay alegría desbordada ni afán por dejar brotar la adrenalina acumulada a lo largo de 11 meses, ni comportamientos propios del jolgorio.

Desde arriba, a más de 10.000 pies, no se percata la dulce tiranía “de tu belleza preclara”. En tierra, la impresión es a otro precio. La gente, especialmente, se gana la mención de honor por la amabilidad para con los visitantes, la sencillez en el trato y el carisma que irradia.

–         ¿De dónde vienen? – preguntó una mujer camino al centro al escuchar que del grupo salía un acento distinto, sin el dejo paisa -. Es para darles la bienvenida y desearles que la pasen bien aquí.

Dichas esas frases prosiguió el camino. Dejó el mensaje y continuó hacia su destino. No volteó a mirar, había hecho el trabajo de mantener limpia la imagen de su patria chica y se marchó silenciosa, así como había aparecido. En segundos desapareció de la escena.

El recorrido con guía cucuteña incluida nos llevó a la estación del cable. La estructura aparece nueva a los ojos de quienes no la conocen. La modernidad está presente y permite el primer asomo de envidia por una obra que algún día en Cúcuta pensaron alumnos de arquitectura de la Universidad Francisco de Paula Santander y que nadie atendió. Hubiera sido una solución al problema de congestión vehicular y hubiera permitido la conexión de los cerros con el centro. Allá sí pudieron, acá ni ‘bolas les pararon’ a los estudiantes.

En esos cubículos colgantes, cerrados herméticamente, se llega a diferentes puntos. Se pasa sobre la Terminal de Trasportes y se va a Villa María donde los chorizos han ganado fama. Las líneas se entrecruzan para permitirles a los manizaleños ir de un lugar a otro a un solo precio y con un solo boleto.

Caminar por el corazón de la capital caldense es como hacerlo por cualquier ciudad colombiana, solo que aquí se observa más orden. Hay ventas ambulantes, indudable, pero organizadas; hay indígenas sentados en el sardinel en procura de una moneda; hay apretujones de la gente que lleva prisa; pero sobre todo, hay cordialidad.

Los conductores, quién lo creyera, detienen la marcha para permitir el paso de los peatones. Taxistas, buseteros y particulares tienen aprendido que las vías son de los caminantes y con un gesto amable invitan a cruzar de lado a lado sin necesidad de hacer sonar el pito ensordecedor.

Las calles empinadas quitan el aliento. El ahogo no es impedimento para admirar la Catedral. El interior a medio iluminar llama a la oración. Afuera, las figuras de los apóstoles, reciben a los creyentes. Al frente, la plaza principal, en la que jóvenes juegan a ser los futuros integrantes del ‘Blanco blanco’. Más allá, la sede del gobierno departamental.

–         Tiene un parecido con la Gobernación de Norte de Santander; la diferencia es que a este no le han prendido candela – el comentario salió espontáneo de un miembro del grupo de turistas. Los demás solo sonrieron, porque también conocen la historia.

La imponente de figura del Bolívar Cóndor se disputa el cielo azul con los edificios que rodean el parque, y Adán y Eva, elaborados en lámina de cobre martillado, se quedan con las demás miradas.

Las vías rápidas, los edificios, los centros comerciales, los atractivos y demás elementos que aparecen a la vista trazan en la mente el odioso comparativo para darle rienda suelta a ese sentimiento malsano llamado envidia. Aquí hay, allá no tenemos; aquí esto, allá lo otro; aquí se vive así, allá asá. Hasta que explota la razón. “Pues si quiere quédese y no vuelva a casa, pero lo nuestro tiene tanto valor como lo que se ve acá”.

Y las mujeres, Dios santo, las mujeres. Así no se vaya en plan de desear la propiedad del prójimo ni de fornicar, para no oponerse de nuevo a las leyes divinas, se cae en el pecado por la observación.

–         Aquí las mujeres son bellas, tienen un estilo distinto y un porte que las hace ver hermosas.

–         Sí, tal vez, pero son simples – la respuesta la dio una de las cucuteñas inducida por el comentario masculino y el celo femenino -. Ya, deje de mirar tanto (¿o tonto?) y camine rápido.

“Toro de pena y desvío, sobre el redondel sonoro”. Es la alusión a la fiesta brava que hace Guillermo González en el pasodoble ‘Feria de Manizales’. Y cómo no buscar la plaza donde figuras mundiales han lidiado a centenares de astados y han mostrado el arte en la arena, así a muchos no les guste que a este oficio se le llame arte.

Lástima, las puertas cerradas no permitieron apreciar el coso en toda su magnitud, como está soñado; aunque el lamento tiene un consuelo ‘vacío no debe verse espectacular como en una tarde con el maestro César Rincón, Ramsés, Sebastián Vargas o Gitanillo de América en el ruedo’. Las palabras alivian y animan para la toma de la respectiva autofotografía.

El siguiente sitio para admirar es el ´Palogrande’. El estadio debe el nombre a un enorme árbol que había en el terreno donde se decidió la construcción.  La obra inició en 1930 y concluyó en 1936, bajo las órdenes del arquitecto Jorge Arango Uribe. Luego se llamó ‘Fernando Londoño Londoño’, hasta 1993, cuando recuperó el nombre original. La máxima historia en este campo deportivo la selló Once Caldas, el primero de julio de 2004, al ganar la Copa Libertadores de América. Derrotó a Boca Juniors (Argentina).

–         Está cerrado, vengan mañana – dijo el vigilante para impedir el paso y observar el escenario conocido por referencias televisivas. Ahora está desocupado, solo era para conocerlo y guardar el recuerdo en la memoria.

–         Venimos de Cúcuta y queremos apreciar la casa donde el Once se ha hecho grande –. Ante esa disculpa no quedaba otro motivo que permitir el ingreso.

En Manizales el clima es agradable a cualquier hora del día. Sábado o domingo, son momentos ideales para completar el paseo y subir hasta Chipre. El mirador, el corredor turístico, el monumento a los colonizadores, el cholao, la vista panorámica, de nuevo la amabilidad, el mobiliario, el almuerzo típico y el recuerdo perenne.

Y así pasaron las horas. De un lado para otro en busca de lugares para guardar en la mente y luego reseñar. Los minutos trascurrieron hasta decidir el momento de volver a casa y gritar al bajar del avión “Ay, Manizales, regresé con mi alma a Cúcuta”.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabob58@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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