CÚCUTA. Es imposible subir por la avenida 10, entre calles 13 y 14, y no echar una mirada hacia la casa de Álvaro Sarmiento. Motociclistas y automovilistas desaceleran para llevarse la mejor impresión de la imagen que irradia el inmueble. La noche del 24 de julio, las llamas consumieron la residencia de este personaje popular cucuteño.
- Deberían declararlo monumento nacional – dijo el hombre que se deleitó mientras grababa y fotografiaba las ruinas.
Al frente, los vecinos comentaban lo ocurrido. Del tumulto salían conjeturas acerca del autor del incendio, del propietario, de las pérdidas, de la vida que ganan. No se ahorraron comentarios. Entre mujeres y hombres tejían versiones novelescas e inverosímiles algunas, o colindantes con la realidad, otras.

Álvaro está triste. La jovialidad de días antes del siniestro ha desaparecido. Está desencajado y aturdido por los hechos. No tiene deseos de hablar. Mira hacia adentro y se acongoja, porque sus objetos valiosos han desaparecido por acción del fuego o del agua con la que los bomberos apagaron la conflagración.
Al domingo en la tarde, ‘El loco de los potes’ asistió al estadio para presenciar la derrota (0-1) del Cúcuta Deportivo, frente al Barranquilla. En las tribunas se divirtió con sus travesuras y asustó, como es su costumbre, a los desprevenidos aficionados. Hizo chistes, cruzó gracejos con amigos que no conoce, pero que lo reconocen como figura local.
En la noche, acudió a los alrededores del General Santander para beberse unas cervezas. El alcohol y el cansancio hicieron mella y lo tumbaron sobre el andén. Ahí estaba, dormido, cuando un agente de la policía interrumpió el sueño para darle la mala nueva. La casa estaba en llamas. Era la media noche.
- Esto no se prendió solo – dijo Álvaro con sentimiento. No quería mirar de frente, quizás para evitar que se le notara en los ojos la tristeza que lo embargaba en ese instante. Esquivó las preguntas y caminó hasta la esquina a desayunar.
La romería continúa. A los vecinos se suman los curiosos, los ciclistas y los peatones. Cada uno exhala un suspiro y sigue el camino. Una mujer está preocupada por saber qué noticiero informará al mediodía. La respuesta es inmediata. Llegan periodistas de canales locales, hacen la nota y parten con las imágenes.

Álvaro atiende a la prensa, responde a las inquietudes de los comunicadores, evade las cámaras y vuelve para hablar de lo sucedido. En otras condiciones no hubiera desaprovechado la oportunidad para criticar a las administraciones municipales pasadas o al gobierno nacional. Pero no es el momento. El dolor lo tiene amilanado.
Un mito cucuteño dice que Álvaro Sarmiento es dueño de siete casas. Así lo recordó uno de los hombres llegados para hablar verdades sin comprobar. La realidad es que esos decires tienen algo de ciertos.
- Mi mamá, antes de morir, le escrituró esta y otras casas a Álvaro – dijo Hugo, hermano mayor. Y contó cómo ‘El Loco’ se hizo dueño de esas propiedades.
Las otras viviendas están en el barrio Magdalena (Comuna 9). Ahí, donde comenzaba la zona de tolerancia que hace años fue clausurada y que los cincuentenos recuerdan. La administración municipal pasada derrumbó algunas de esas casas por considerarlas peligrosas para la convivencia.
Álvaro es el séptimo de los nueve hermanos. Los demás trabajan, tienen un hogar normal, viven tranquilos. Uno murió. Él, es el diferente, el que se dedicó a esa vida callejera sin necesidad, el que duerme donde lo agarra la noche, el que no viste bien y tiene apariencia de habitante de calle.
- Desde pequeño se le torcieron los cables – dijo Hugo. Va por el centro de la ciudad y recoge cualquier objeto que considera indispensable para llenar la casa. Si no podía guardarlo adentro lo tiraba en el andén.

La vivienda de la avenida 10 tiene 68 metros de fondo. Desde arriba se ve parte de las 15 habitaciones, que ahora acusan deterioro, están cubiertas de maleza y copadas de hierros oxidados, trozos de madera y elementos que Álvaro no quiere vender, ni regalar, ni dejar sacar.
La remoción de escombros corre por cuenta de voluntarios. Belkis, la sobrina y vecina, clama por la presencia de la empresa de aseo para que se lleve lo que el incendio dejó. De la ‘sala’ sacan mugre y más mugre. Hay toneladas. Entrar es casi imposible. La oportunidad para deshacerse de esa suciedad es ahora.
El olor que despide esa basura quemada y mojada es penetrante. Arriba, debajo de las tejas de la pared frontal, aparece una estela de humo que alarma a los curiosos. La puerta de entrada quedó inservible, la fachada ruinosa contrasta con el blanco y el amarillo de los inmuebles que la flanquean.
Álvaro está al frente de las labores de retiro de los desechos. Está ensimismado. La sobrina tira a la vía pedazos de loza que han sacado de la sala. ‘El Loco’, con paciencia, los toma y los amontona, como cuando los encontró en cualquier lugar cucuteño hace muchos meses.
No tiene la mirada puesta en un punto fijo. Está embebido por los recuerdos de lo que fue su hogar. Un funcionario de la Secretaría de Gestión del Riesgo explicó que la Alcaldía solo podrá auxiliarlo con algunos enseres, pero no con recursos económicos para la reparación de la vivienda.
- Dicen que fue un indigente el que le metió candela – dijo una mujer mientras seguía con atención la remoción de los desperdicios que causó la conflagración.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
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