Batalla contra el deterioro mental
De repente, mi corazón se aceleró cuando sentí una vibración en la puerta, a la que me encontraba aferrada. Se abrió rápidamente por el peso de mi cuerpo. Afuera estaban dos mujeres de la celda vecina — mi amiga de la noche anterior y su compañera—. Al ver mi estado físico, se volcaron sobre mí con energía protectora y decidida. Las instrucciones directas y las voces firmes me obligaron a reaccionar. No tenía fuerzas y me guiaron en ejercicios de respiración, sacándome del abismo y llenándome de valentía ajena hasta que logré estabilizarme.
Cada hora que pasaba en esa pequeña sala común era una batalla contra mi deterioro mental. Utilizaba los pocos minutos permitidos para llamar a mi familia. Buscaba desesperadamente una luz de esperanza. Mi esposo me transmitió la noticia del abogado: una moción de fianza para mi liberación. Sus palabras, también, eran una armadura para lo que venía: “No firmes nada. Van a intentar engañarte para que aceptes la deportación voluntaria”.
Solo podía responder desde el agotamiento absoluto: “No voy a soportar, voy a morir aquí”. Mi esposo insistía en que aguantara, que la libertad estaba cerca. Mi mente no podía procesar más promesas. Colgué el teléfono y me sumergí de nuevo en el silencio de la espera.
La tarde caía y el miedo a pasar la noche sola en aquel cubículo me impulsó a buscar compañía. Una joven accedió a mudarse a mi celda. Ese pequeño alivio me permitió dormir hasta que, a las 3:00 a.m., llegó el desayuno que nadie se atrevió a tocar.
Al amanecer, ICE regresó por mí. El traslado fue una humillación física: nos pasaron cadenas por la cintura para asegurar las manos y nos pusieron esposas en los pies. Caminar era casi imposible. Nos subieron a una camioneta rumbo a Miramar. Volvía al punto de inicio. Allí, el hombre que me había capturado intentó la última carta: me ordenó traer a mi familia para esperar juntos, bajo custodia, el vuelo de deportación del 2 de julio.
Esta vez, mi voz no tembló. “Tengo un abogado. Sé que me mintieron y que mi caso está vigente. No les creo nada”, le espeté. Sorprendido y molesto, me lanzó el desafío final: “¿Vas a firmar o vas a fajar el caso?”. “Voy a pelear”, respondí con firmeza. Su sentencia fue fría: “Te vas a quedar mucho tiempo aquí”. Se limitó a entregarme los papeles de la Corte y, ante mi negativa a firmar, soltó un “lo supuse” antes de enviarme de nuevo a la celda.
Miramar no era un lugar para habitar, era un espacio diseñado para el colapso. En la celda no cabía un alma más. Sin camas ni colchonetas, dormíamos sobre el suelo con apenas unas cobijas que algunos militares, en gesto de humanidad, nos facilitaron. La alimentación era un insulto: comida para microondas con revoltijo de carne y puré procesado que despedía olor a plástico y a condimentos.
Al leer las fechas de expiración vencidas, el horror se volvía físico. Comer se convirtió en acto de supervivencia extrema. Era elegir entre el hambre que debilitaba o el riesgo de enfermarme con desperdicios industriales. La hidratación era reducida y la sed se calmaba recargando la única botella de agua en el lavabo pegado al inodoro. Lo que ocurría en aquel lugar era desesperanzador, nadie salía.
Bajo la luz intensa que nunca se apagaba, lo único que daba fe del paso del tiempo era el reloj que alcanzábamos a ver por la ventana de la celda. Los tres minutos de llamada diaria, cuando se permitían, eran solo para reportar que seguíamos vivas. En esas noches eternas que se volvieron semanas, el pensamiento de los secuestrados en mi natal Colombia me asaltó con fuerza. Entendí que, guardando las proporciones, también estaba en cautiverio.
Mientras en aquel cuarto las madres nos lamentábamos por nuestros hijos —muchos de ellos bebés de apenas meses— en nuestra casa el panorama era igual de desolador. Se nos arrebató todo, incluso el derecho a ejercer nuestra maternidad.
La aflicción era comunitaria: cada historia de familia superaba en dolor a la anterior. Recuerdo con especial fuerza a Elsa, madre cuidadora que guardo en mi corazón. Tiene dos hijos estadounidenses, uno de 15 años con autismo severo y condición cardíaca congénita. Ella estaba allí, privada de la libertad de manera arbitraria, mientras los hijos pasaban necesidad en casa.
Mi situación era un peso constante. Madre de tres hijos, el niño de 8 años diagnosticado con TDAH que requería terapia semanal y dos gemelas a punto de cumplir tres años. Mi hijo cargaba con el trauma de haber salido de nuestro país bajo amenazas y el impacto de adaptarse al nuevo idioma. Mi ausencia solo profundizaba las regresiones y los problemas emocionales. Toda la “operación logística” y emocional que implica ser madre, ese pilar invisible de la sociedad, fue allí cínicamente subestimada e invisibilizada por el sistema.
Durante los ocho días que estuvimos en Miramar, solo recibimos una ducha, porque nos atrevimos a exigirla. La comida expirada a veces se agotaba y dejaba a muchas al borde de la inanición. Vimos cómo la salud de todas se desmoronaba hasta que una compañera colapsó, quedó inconsciente en el suelo. Solo entonces, los agentes reaccionaron, llevándola al hospital —esposada, por supuesto—. Presenciamos la cara más cruda de la violencia y la tortura psicológica.
Ese mismo horror nos hizo fuertes. No nos doblegábamos ante las amenazas de deportación. En una ocasión, vinieron a decirme que irían por mis hijos. Me lo soltaron como aviso, no como solicitud de autorización. Les pregunté, con la frente en alto y una valentía que no sabía que poseía, si tenían orden judicial. Ante la duda, les negué cualquier palabra más sin mi abogado presente.
“Mañana venimos a ver qué decidió”, respondieron con arrogancia. Aunque mi corazón galopaba de terror ante lo que podían hacerles, me mantuve firme. No estaba dispuesta a mostrarles miedo. Ya no.
La humanidad que brotó entre nosotras fue nuestra única armadura. Nos sostuvimos por medio de la oración y la fe en una justicia que no es de este mundo. Pero el cuerpo tiene límites. Una mañana desperté con dolor y hematomas, marcada por la dureza del suelo de cemento. Mis compañeras, a quienes llamaba “tías”, porque el cautiverio nos volvió familia, me preguntaron qué me pasaba. “No soporto más, estoy agotada”, confesé.
Afuera, mi familia luchaba contra un sistema ciego. El abogado no podía actuar, porque ni siquiera aparecía registrada. Era una invisible.
El 1 de julio, llegó la orden de traslado. Lloré desconsoladamente, no por el miedo a lo nuevo, sino por dejar atrás a mis “tías” en aquel infierno. El guardia que me escoltó, en un gesto inusual de empatía, me prometió que iría a un lugar con condiciones dignas.
Le supliqué por las que se quedaban y asintió con una mezcla de tristeza y esperanza. Nuevamente, encadenada de pies y manos, crucé la puerta mientras un guardia joven, de evidente origen latino, me susurró una palabra que cargaba todo el peso de mi futuro: “Suerte”.
FRANCY URREA
Contraluz.CO Sólo Periodismo