Pamplona con 206 años de independencia merecía unas Ferias y Fiestas a la altura del momento histórico y acorde con el comportamiento pamplonés. Con celeridad se cumplió lo segundo; con pronunciamiento la fecha natalicia de Pamplona se convirtió en una celebración que devolvió color a la ciudad con fuegos pirotécnicos, eventos culturales, muestras artesanales, válida de carros de madera y presentaciones de bandas marciales.
Con la noche y el frío calibrado, las Fiestas y Ferias se sentían en las conexiones principales de la ciudad. La Plazuela Almeyda era una urbanización sobrepoblada; La Calle Real asemejaba a una serpiente finita adherida a miles de transeúntes, y el Parque Águeda Gallardo, un desierto frío, sobrio pero con clase.
En las calles secundarias se veía la estela que el aguardiente dejaría: borrachos en zigzag, sobrios alejándose del tumulto, adultos con temor de ser robados y foráneos en diversión. Entre la ruta principal y alternativa se encuentra la Calle de Los Miserables, allí los grupos eran variados: un conjunto de borrachos cuarentones orinaban en una de las esquinas, más adelante un par de niñas que no superaban los 15 o 16 años fumaban marihuana con risa ingenua y en la salida del callejón tanto adultos como jóvenes se animaban para seguir la fiesta con unos pases de cocaína.
La noche empezaba, la orquesta nasal esnifaba con fuerza, el hígado resistía la ardiente agua y las drogas acompañarían las festividades como si se tratara de un combo anunciado en la licorería de la ciudad: “Lleve aguardiente + bolsa de perico por solo $ 45.000”. Para incomodidad de algunos asistentes el combo no se vendió y la necesidad de equilibrar los efectos del alcohol con algo de ‘químico’ o ‘sustancia’ reflejaba un malestar mínimo que se superó con la ingesta de alcohol. Como la oferta no se bajaba de aguardiente, años anteriores el protagonista había sido el Coco Anís, los asistentes creían que eran las mejores fiestas.
Como eran gratis los participantes se sentían en la nube del hedonismo al escuchar a Kevin Flórez, Los Dotores de la Carranga – la mejor agrupación del fin de semana-, Pipe Pélaez o Dálmata, que según rumores cantó como píncher – mucho ruido en un estruendoso sin sabor-.
Gozarse las fiestas para los pamploneses era una obligación, debían asistir o asistir a las ferias de la ciudad. El éxito de la celebración fue la participación, los convenios y la inyección de impuestos ciudadanos. Años anteriores era ‘preferible’ pagar $ 10.000 por artista conocido y solo gozarse las canciones, a que cobraran la entrada por todo el cartel en concepto de impuestos. Había tres opciones, la primera omitir todo tipo de responsabilidad y activar el #ModoFeria; la segunda, esperar al artista preferido durante la noche, recordar que se debe abrir el negocio temprano y no verlo debido a que la presentación se efectúa tarde, y la tercera, no asistir, porque existe el miedo de que en zona céntrica lo chucen, roben y se encuentre en la mitad de un pleito.
Esa era la preocupación de turno. En la plazuela miraba hacia todos los lugares con la intensión de no rozar a alguien y que de ahí, por vía del alcohol, se elaborara un problema que condujera al Festival del puñal y de la botella o garrafa. Cada persona era extraña, cada persona caminaba según su sentido antioqueño, era una fiesta paisa que no conservaba los límites de la tradicionalidad que tanto enaltecen los pamploneses: la época se había perdido y solo era un recuerdo en la celebración de 206 años.
Ponchos, sombreros, alcohol y recipientes de trago en cuero eran una amalgama que confundía la presencia del pamplonés con la de un paisa llanero. Pero a nadie le interesa tal conjunción que no solo se vive en Pamplona, sino en Chinácota o Cúcuta con algunas variantes. Todos bebían de la celebración pamplonesa en territorio frío sin importar la vestimenta. Una fiesta para Norte de Santander, para el comercio y turismo que los pamploneses estaban pagando.
A las 2:00 de la mañana, Pamplona era un lugar tranquilo dentro del alboroto peatonal y vehicular: las personas sintonizaron con los artistas, gozaron dentro del perímetro de la plazuela y no les interesaba chocar en el baile con desconocidos. En el interior del recinto los asistentes se veían apretados, pero contentos; incómodos, pero festivos; ebrios, pero animados, y no solo ellos, los vendedores estaban en agosto y nadie les podía decir que producir no era felicidad.
Tal vez el error que muchos adjudican a las Ferias y Fiestas de Pamplona sea la organización: sonido, logística, pie de fuerza, control de multitud y de ladrones. Pese a eso, la ubicación espacial hubiera ayudado a la percepción del pamplonés: por economía se ubicaron tarimas cerca una de otra y eso fue el embudo que muchos detestaron. Si en el llegado caso las tarimas estuvieran a metros considerables, el tránsito de un escenario a otro hubiera sido idóneo para que al menos se reconociera la cara del ladrón, del borracho y del artista.
Con la ubicación estratégica de tarimas se hubiera evitado el congestionamiento en la Calle Real y Plazuela Almeyda, como también se hubiera disfrutado de los artistas y no de la mezcla sonora entre carranga-reguetón y Kevin Flórez cantando cada 15 segundos por animación.
De alguna manera el reinado de belleza binacional no se escondería entre los costales que pretendían ser paredes y se apreciaría mejor el frío en las candidatas, la sonrisa obligada y el movimiento de cadera en cada una de las presentaciones. El reinado como evento cultural se llevó la gala con el desfile de presentación durante la tarde: dragones danzarines, cumbia de sordomudos, la reina del Adulto Mayor, bandas de paz por colegio, en fin, un evento que dejó con dolor de pies a más de uno, pero con la alegría de un espectáculo sin ebrios.
Era casi imposible transitar a través de la congestión vehicular y peatonal en la zona que conecta la Plazuela Almeyda con la Calle Real, tal conexión se perdía en el mar de personas y rocas de cuatro ruedas encalladas en los andenes de la ciudad. Caminar de lado, esquivar bailarines salvajes que aparecen sobre las aguas, mantener la concentración en los objetos personales y recordar tiburones periféricos o foráneos, son tareas que muchos cumplieron con el mareo en la cabeza.
La frase en ‘El mar la vida es más sabrosa’ se parece a ‘En Fiestas de Pamplona, la vida es más sabrosa’, con la excepción de que un ahogo en el mar de Pamplona significa varios puntos en una costilla por concepto de herida con arma corto punzante, un ojo morado sin motivo y la pérdida de sentido en una de la orillas. Sin embargo, aún no se sabe de los pleitos -que fueron contados y de los que nunca se dan informes- pero sí se tiene noción de todos los que disfrutaron las fiestas como marineros experimentados. Ellos regresan felices y con diversos guayabos al hogar.
“¡Éxito!”, diría la administración municipal. “!Qué Ferias!”, dirían los pamploneses que esperan con ahínco las próximas celebraciones. “!Qué guayabo!” expresarían los borrachos que a las 8:00 de la noche no tenían posibilidad de llegar a la Calle de los Miserables. “!Qué dolor de cabeza!” pronunciaría el sujeto que recibió, en la madrugada del lunes, un botellazo – en este caso un garrafazo- en la cabeza y luego, una lluvia de vidrios cuando amanecía con tranquilidad en la Plazuela Almeyda.
Existen diversos puntos para observar las ferias: desde la organización, impuestos, juerga, fantasía, diversión y alcohol. La calidad de las ferias se mide por la cantidad de alcohol ingerida, por la calidad de los artistas invitados y por la capacidad de olvido de los sucesos en la política del municipio. De esta manera, algunos podrán decir que sobrevivieron a un fin de semana patrocinado por el aguardiente; otras, estarán observando los vídeos de Pipe Pélaez en la página de Facebook de la Alcaldía, y las demás, seguirán sin un botón de alarma frente a los sucesos de la ciudad en tiempos de tranquilidad obligatoria.
SAMIR RIVERA
samirriverar@gmail.com
Foto: ROMÁN BAUTISTA
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