Inicio / crónicas / TESTIMONIO. “Somos humanos y necesitamos la vida y la libertad”.

TESTIMONIO. “Somos humanos y necesitamos la vida y la libertad”.

CÚCUTA.- Benigno y Carlos decidieron dejar tiradas las pimpinas y bajar al centro de la ciudad para unirse a la marcha contra las medidas gubernamentales que los afecta para cumplir con satisfacción el oficio de vender gasolina de contrabando de manera informal.

En este día no ganarán los pesos que necesitan para cuadrar el presupuesto familiar, ni atenderán a los clientes que los buscan a diario en los puestos del Canal Bogotá y la Divina Pastora donde les llenan los tanques a vehículos y motocicletas a un precio razonable, aunque por estos días ha aumentado por el cierre de la frontera que ordenó el presidente venezolano Nicolás Maduro hace un par de semanas.

Los dos hombres forman parte de un gremio que no tiene claras las cuentas sobre las ganancias por el expendio ambulante del combustible que les llega de manera ilegal y que pasa de frente por las alcabalas que dividen los dos países. Uno dice unas cifras que contradicen, en varios ceros a la derecha, de las del otro.

Benigno vende hasta 100 pimpinas al día, que le pueden reportar hasta $ 200.000 libres, que al mes podrían representarle un ingreso superior a los tres salarios mínimos. La ubicación del puesto lo favorece, el flujo vehicular es aceptable y le permite embolsillarse unos buenos pesos. En este oficio se la ha pasado los últimos 15 años.

El puesto de Carlos está más alejado de la circulación de automotores. Lo visitan los que saben que vende gasolina y confían en el producto que les ofrece. Los días que llama buenos vende siete pimpinas y los malos, cuatro. La registradora no suena con constancia y al final de la jornada los billetes suman poco. En este menester lleva tres años. Antes trabajaba en lo que le saliera.

Benigno está ilusionado con que el Gobierno los va a favorecer con la pensión. Tiene 60 años, le faltan dos, legalmente, para hacerse a ese beneficio. Tiene cotizadas las semanas suficientes para engrosar la lista de los colombianos pensionados. Si ese sueño se le cumple pronto, pensará en dejar por siempre las pimpinas, viajar para Bogotá y montar allá un negocio para no quedarse quieto. Esa es la esperanza que guarda.

Carlos tiene aprendida la lección sobre por qué salieron a marchar por las vías cucuteñas. La culpa se la echa al Gobierno, que “no nos quiere ver vendiendo” gasolina, y piensa que la manifestación será el punto de partida de la solución que claman a gritos para salir del mundo deprimido en el que están sumidos y para “civilizarnos. Somos humanos y necesitamos la vida y la libertad”.

Es consciente de que este negocio no le deja mucho. También sabe que esos escasos recursos económicos son suficientes para el sustento de la familia. “Mi lucha como pimpinero es ser agradable con la gente”, así se gana los marchantes y “no engañar la gente, ni robar, ni hacer otras cosas”, que son las que han permitido que el gobierno los mire como “si fuéramos un objeto que no vale”.

Este hombre de mediana estatura, deja la cama a las 5:00 de la mañana y se dispone para salir a hacerle frente al reto de trabajar. Vive en Cerro Pico y la venta la tiene en la Divina Pastora. El recorrido lo hace a pie. Hora y media después está al frente del negocio ambulante, pendiente de las necesidades de los clientes.

La gasolina, está convencido pero no se atreve a decirlo, por culpa de Maduro “a veces nos llega un poquito carita”. Casi que acepta repagarla a esos precios elevados, porque adquirió la obligación de ser el expendedor en el barrio. En ese lugar escogido permanece hasta las 7:00 de la noche. Momento en el que hace el cuadre de caja, operación en la que no demora muchos minutos.

Si el surtidor del combustible les cobra el galón a $ 6000, Carlos “se pega” de $ 700. En cada pimpina el pegue es de entre $ 3000 y $ 4000. La esposa y las hermanas lo acompañaron en la caminata. Ellas se benefician de la venta y el gesto de solidaridad es indispensable para animarlo a continuar en el negocio.

“No es mucho lo que uno gana”, dijo sin resignarse, solo que no hay otro empleo para desempeñar y tiene que someterse a los horarios y las exigencias de este. “Me dedicaba a celar, a echar pintura. Soy el hombre orquesta que no me quedo quieto. El que se queda quieto no le llega del cielo”.

El trabajo actual le sirve para creerse independiente, sin quién lo mande, sin horario. Aunque no gana más que en los oficios anteriores, está contento y le alcanza para sacar adelante los dos hijos, que por ahora se quedaron con la nona. Lo bueno es que “nadie nos puede humillar”.

La comisión designada por los organizadores de la marcha ingresó a la Gobernación. Los demás pimpineros quedaron en la calle, donde siempre han estado, aunque en esta oportunidad no con el embudo en la mano para atender a un cliente, sino con la mente puesta en que ojalá el Gobierno atienda los ruegos para dejar los puestos ambulantes y ocuparse en otro trabajo.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

Podría Interesarle

BARRIO NIÑA CECI. Sisbén abre nuevo punto de atención

CÚCUTA La Oficina de Caracterización Socioeconómica continúa el fortalecimiento de la atención a los ciudadanos. …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.