CÚCUTA.- Nací en la zona franca de Norte de Santander, acompañada de mi madre quien se encargó de mí desde el día que se enteró del estado de embarazo. Mi padre fue un ejemplo más de abandono. Cuando conoció que venía en camino, decidió cambiar el rumbo de su vida.
Crecí al lado de mi madre hasta los 10 años y veía el sufrimiento, día a día, para conseguir la comida. Llegaba a casa cansada, a las 8:00 de la noche, con los pies hinchados. No me gustaba ver la situación por la que pasaba por mantenerme bien, por culpa de mi dichoso padre quien no tuvo responsabilidad sobre mí.
A esa edad tomé la decisión de salir de casa. Mi padrastro, que vivía con nosotras hacía un tiempo, se me insinuaba y trató de abusar de mí unas cuantas veces. Mi mamá, por defenderlo, decía que era mi culpa y que me quería quedar con su marido.
No quería pelear con ella al ver la situación que me rodeaba. El día menos esperado hice maletas y me fui a conocer el mundo. Aunque solo tenía 10 años, mi mente no era como la de mis amigas, no quería jugar con barbies, pensaba más en el futuro, en qué sería de mi dentro de unos años. Nunca me gustó el estudio. Fui algunas veces, pero no prestaba atención.
Sabía que al salir de casa todo sería distinto. Me pasaban mil pensamientos por la cabeza. Lo pensé mucho antes de tomar la decisión. En ese momento era lo mejor, no quería ocasionar una desgracia más, así que llena de lágrimas, esa tarde, dejé lo que era mi hogar.
A mi favor estaba el que en ese entonces era mi novio, Andrés, un joven de 18 años, apuesto, ojos color café y piel trigueña. Me fui a vivir a casa de sus padres. Al principio, todo era agradable. Me sentía cómoda, trataba de colaborar en lo que pudiera y de tener una relación sana.
Al paso del tiempo fui conociendo el carácter de mis suegros. Eran rígidos y nada amables. Empezaron las discusiones por mi estadía allí. Todo comenzó el segundo año. Me sentía incómoda y a la vez molesta al ver que mi marido Andrés, no hacía nada para darme mi lugar frente a su familia.
Le reclamaba casi todos los días por lo mismo. Quería vivir en paz y como en familia, solo me decía que entendiera a sus padres, que como para nosotros para ellos tampoco era fácil, porque así aportara económicamente y yo ayudara en los oficios de la casa, yo significaba un gasto más.
Pasados tres años, empecé a sentirme como en un infierno. Los días se me hacían eternos, y no hacía nada para impedirlo, porque no tenía para dónde ir. Lo único que podía hacer era volverme ciega, sorda y muda. Trataba de hacer cosas distintas para pasar el tiempo, pues mi marido trabajaba y llegaba por las noches.
Después de aguantar años caóticos con mis suegros, de soportar cada indiferencia y cada mal trato en esa casa, tuve una fuerte discusión con Andrés por el mismo tema. Le pedía que me diera el lugar como su mujer, que nos fuéramos de allí para recuperar nuestra relación, que lucháramos por el amor que decíamos tenernos y fue justo en ese momento cuando me confesó que no sentía lo mismo por mí.
Eso fue un golpe bajo para mi vida. Sentí que todo se me venía encima. Solo tenía 13 años para vivir semejante situación y no sabía qué iba a hacer. No supe cómo reaccionar. Creo que lo hice de manera violenta. De tanto que nos gritamos ese día, me acuerdo que le dije que era un poco hombre, que no sabía vivir sin los papás, que le faltaba mucho por vivir y que yo iba a salir adelante sin él.
Sentía impotencia. Él sabía por lo que pasaba y que después de él no tendría a nadie. Mi mamá me acusaba de insinuarme a su marido, no sabía de la existencia de mi padre y mi padrastro intentaba abusar de mí. Realmente no tenía a quién recurrir.
Andrés solo supo decir que era una niña, que no me quería ver más y que me fuera de la casa. De esa manera, con mi orgullo, salí de allí, igual esa casa se había convertido en infierno para mi vida.
No tuve otra opción que llamar a mi mamá y para mi tranquilidad y felicidad, me indicó que se había separado de ese hombre del que llamaba mi padrastro. Sentí alivio, porque, aunque mi madre se haya equivocado al acusarme y echarme la culpa de lo que me quería hacer, la seguía queriendo, sabía que estaba cegada de cierto modo.
Ese día llegué a su casa. Me recibió con los brazos abiertos y con el mayor amor del mundo. Me pidió perdón por lo que había pasado hacía unos años. Fueron días y meses en los que tratamos de recuperar el tiempo perdido.
Claro, como en toda relación de madre e hija, tuvimos algunas peleas y desentendidos, pero se arreglaban al poco tiempo. Había aprendido a valorar lo que daba por mí. De cierto modo, aunque tan solo tuviera 14 años, había pasado por situaciones que me habían dejado aprendizaje para la vida.
Mi madre es emprendedora, luchadora y cariñosa. Aun con los defectos, es ejemplo para mi vida, a pesar de lo que ha tenido que vivir. A pesar de ser madre soltera y engañada en sus relaciones amorosas, no se ha dado por vencida y sigue en la lucha día a día, siendo mi motor de vida.
El 15 de septiembre del 2015, a los cuatro meses de vivir de nuevo con mi madre, la vida dio un giro que me marcó para siempre. Ese día nos enteramos de que yo estaba embarazada y para sorpresa tenía nueve meses.
Mi estado no se notó, mi vida seguía normal, nunca me dejó de llegar el periodo, ni tuve cambios físicos. Todo salió a luz, porque me empezaron a dar náuseas y la barriga me empezó a crecer de un momento a otro.
La primera impresión que tuvo fue decir que estaba embarazada. No dudó ni un segundo para comprar una prueba de las que venden en las droguerías y salir de la duda. Así fue, salió positivo. Fui al médico para saber cuánto tenía y me salió con la sorpresa que estaba lista para dar a luz.
Fue un cambio duro al comienzo. Todo era nuevo. Mi mamá no se imaginaba que su hija de 14 años fuera a dar a luz una criatura. De inmediato fui internada y preparada para la cesárea, pues por edad no podía tener parto normal.
A los pocos días estábamos de nuevo en casa con la nueva integrante. María, hermosa, de piel trigueña, había medido 45 centímetros y pesado 3,0 kilogramos.
A pesar de las discusiones que había tenido con Andrés antes de salir de su casa, no dudé en llamarlo para decirle que era padre. Dijo que eso no era problema de él, que no éramos nada. No quiso responder por la bebé ni darme ayuda de manutención.
Me dio rabia al escucharlo decir eso. Me dio rabia conmigo por haber tomado la decisión de llamarlo para contarle. No pude contener el llanto, porque a pesar de todo había sido mi primer y único amor hasta el momento. Creo que esa fue la principal prueba de mamá, seguir adelante sin la ayuda de él.
En mis intentos de madre primeriza no me iba tan bien. Tenía el defecto del carácter fuerte y malgenio, por cualquier motivo explotaba. Mi madre trataba de ayudarme, pero también era agresiva con ella.
Si María lloraba en las noches, me llenaba de rabia, gritaba y le pegaba. Si ensuciaba el pañal cuando apenas se lo había cambiado era lo mismo, no podía contenerme. Cuando estaba aprendiendo a caminar me estresaba que se cayera al dar unos pocos pasos. Cada equivocación que tuviera era fatal para mí.
Tres años después tuve otro novio. En una noche de tragos y alegrías quedé embarazada. Al enterarse de la noticia huyó. La reacción de mi mamá fue de decepción al ver que no había aprendido con mi primera hija y en realidad hoy le doy la razón.
Clementina, mi mamá, solo pensaba en qué iba a ser de mi otro hijo. Me conocía perfectamente y sabía de mi problema de histeria. Yo también estaba asustada, pensaba cómo iba a mantener a dos hijos y, sobre todo, como soportaría otra criatura.
Cuando llegó el momento del nacimiento seguía siendo menor de edad, pero no tan niña como la primera vez. Tenía 17 años y me tocaba de nuevo el turno de entrar a la sala de partos. Esta vez no hubo necesidad de cesárea, experimenté lo que es el dolor de parto y creo que es la dolencia más fuerte que he tenido.
La verdad, creo que es algo indescriptible, pero a la vez es un momento de emoción y ansias al saber que va a salir un ser que permaneció adentro por nueve meses.
El 22 de febrero del 2019, fue el nacimiento de la segunda hija, a la que le di por nombre Karen. Ahora tenía dos responsabilidades, pero a mi favor estaba el apoyo incondicional de mi madre.
Mis problemas de agresividad permanecían y cada vez eran peores. Los que pagaban eran mis hijas, sobre todo María, la mayor, y mi madre que, por tratar de corregirme, la agredía.
Por mi mal comportamiento y mal ejemplo, mi madre, aconsejada por sus amistades y sin ver otra solución para que cambiara, me demandó por maltrato intrafamiliar.
Por eso cumplo un año de pena en el Centro de Formación Juvenil Los Patios. La custodia de mis hijas la obtuvo Bienestar Familiar, con la condición que, si al salir de aquí tengo un cambio positivo en mi vida, me las regresan.
Al principio fue difícil. No aceptaba que mi madre me hubiera demandado. No entendía cómo había podido hacerlo. Todo fue un choque de emociones fuertes. Bienestar Familiar me quitaba a mis niñas y yo estaría privada de la libertad por un año.
Llevo cinco meses encerrada. He cambiado mi carácter, aquí me han tenido paciencia y con ayuda de las sicólogas he podido notar el cambio. Ahora sé en qué fallaba y espero con ansias la hora de salir para reencontrarme con mis dos niñas.
Este tiempo no ha sido en vano. Aparte de mi manera de ver la vida y mi temperamento, también aprendí panadería, este es mi entretenimiento aquí adentro, mi modo de hacer que el tiempo se pase rápido.
Ahora, solo pienso en el bienestar de María y Karen. Al salir quiero buscar trabajo y darles lo que a mí me faltó, sobre todo, mucho amor y atención.
AIMARA RODRÍGUEZ
Contraluz.CO Sólo Periodismo