CÚCUTA.- Dinael Leal Angarita es oriundo de Tibú y hace parte del largo listado de víctimas del conflicto armado colombiano. “Es una historia larga”, dijo y comenzó a rememorar las vivencias desde el momento que lo amenazaron, hasta ahora, cuando recibió ayuda oficial por la situación de desplazado.
Los paramilitares, que habían asesinado a un hermano, lo persiguieron por no haber asistido a las reuniones a las que lo convocaban. “Entonces, sí le toca que irse”, fue la frase lapidaria que lo hizo recoger la poca ropa con la que llegó a la ciudad acompañado de los dos hijos. Esto ocurrió en el 2002.
La vida, antes de quedar en la mira de los ilegales, trascurría normal. Trabajaba como bracero (carguero) y tenía una parcela, en la que cultivaba yuca y maíz. Así pasaba los días en familia. Hoy, recordar esos momentos lo entristecen así lo disimule, pero el esfuerzo por evitarlo se refleja en los ojos. “Hasta pensarlo duele a esta edad”. La sonrisa leve se insinúa para matizar ese dolor que no quiere que se manifieste y se refugia en Dios.
El primer golpe se lo dio la mujer, que lo abandonó a comienzos de siglo y lo dejó a cargo de los dos niños. Ahora, por ahí la ha visto, pero le da igual, porque rehízo la vida sentimental y hace tiempos formó otro hogar. Luego, recibió la orden perentoria de esos hombres desconocidos que le dieron minutos para abandonar el pueblo. “Había visto cosas horrendas y tomé la decisión de huir”. A las 5:00 de la tarde, la casa no estaba en pie, la habían tumbado y alguien se había llevado enseres, muebles y vestidos.
A Cúcuta llegó “con una mano adelante y otra atrás”, sin ilusiones, sin saber qué hacer, porque no conocía la capital de Norte de Santander. En alguna ocasión llegó hasta la Terminal de Transportes y nada más. Eso era todo lo que había visto de la ciudad.
En el barrio Chapinero apareció el ángel que lo acompañaría por un buen trecho de la vida, y una familia, integrante de la iglesia a la que pertenece, le dio albergue. La ayuda recibida le sirvió para curar las heridas causadas en el alma por esos sujetos que lo obligaron a migrar de donde no imaginaba que saldría. Está seguro, y lo dice con plena seguridad, de que sin esa mano tendida no habría criado a los hijos.
En ese sector de la Ciudadela Juan Atalaya pasó largo tiempo. Levantó a los hijos, le dieron la oportunidad de manejar un camión y comenzó a trabajar en Cenabastos. Era una época buena para los acarreos, tanto que asumió un préstamo para quedarse con el vehículo. Hoy, todavía lo tiene y a diario va a la Central de Abastos para cumplir con la misión de transportar alimentos hasta donde el cliente lo solicite.
La hermana de la iglesia que lo recibió en Chapinero se convirtió en la protectora. Tanto, que en la Fundación de la Mujer hizo un préstamo para que Dinael comprara casa en Rosal del Norte, junto a las Américas. En ese barrio, aunque la vida mejoró, no estuvo mucho tiempo. Un hombre ofreció compra y del negocio quedaban ganancias por lo que decidió vender. Ahora, vive en Doña Nidya.
La vida había comenzado a sonreírle. En la iglesia donde se congrega consiguió esposa. “Nos pusimos a ‘noviar’ después de viejos”. Vivió 10 años solo con los hijos. En medio de la relación surgió la conversación sobre la ayuda a los desplazados. En la Defensoría del Pueblo le recomendaron ir a la Unidad de Restitución de Tierras (URT). El proceso por despojo se dio en tres años y ocho meses. “Creo que ninguno me ha tratado así como me atendieron en Restitución de Tierras”.
El respaldo económico de la URT alcanzó para comprar casa en el barrio Motilones, también en la Ciudadela Juan Atalaya. La tiene arrendada y con ese ingreso complementa el sustento del hogar. A Tibú volvió en cuestiones de trabajo, pasó frente a la casa que abandonó y la vio de nuevo de pie y ocupada.
A pesar de la nostalgia que da el volver al pasado, Dinael no siente nada contra quienes pistola en mano lo obligaron a cambiar de vida. “Ojalá me los consiguiera, porque sé quiénes son”. No les diría nada, porque no les guarda rencor y porque está convencido de que “Dios no hace las cosas a medias, sino completas”.
Los dos hijos con los que huyó de Tibú trabajan en Cúcuta; está casado y en ese nuevo matrimonio nació Kelly hace 7 años; lee la Biblia y entiende lo que dice; es dueño del camión y de dos casas. Está a punto de cumplir medio siglo de vida.
“Me desvinculé del conflicto cuando conocí a Dios”. En otra época hubiera buscado a los asesinos del hermano para vengarse. Ahora, le gustaría encontrárselos para “ofrecerles disculpas por lo mal que pensé”.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
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