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La cabeza y el tronco, solo por ese momento, estarían protegidos con un poncho bicolor, azul y grana. www.contraluzcucuta.co

SUPERCLASICO EN CÚCUTA. Linda se destapó, es hincha del Barcelona

CÚCUTA.- Ese día Linda sabía que debía lucir la mejor de las prendas deportivas, porque en Barcelona, que no tiene idea dónde queda, se jugaba el clásico de fútbol que mayor interés despierta en el mundo futbolístico. Esta diminuta mujer, querida y admirada por los cucuteños por su manera dulce y amable de pedir una moneda, salió a la calle a mendigar como es su costumbre hace muchos años.

En está ocasión dejó en casa los sombreros que los samaritanos locales le regalan para que cubra la arrugada y envejecida piel. La cabeza y el tronco, solo por ese momento, estarían protegidos con un poncho bicolor, azul y grana. No escogió los tonos, así los definieron los creadores del club (1899), y sobre los que existen múltiples teorías, casi ninguna sin comprobar.

Llegó al lugar de ‘trabajo’, donde por años ha extendido la mano a los conductores en procura de ese redondel diminuto de metal que guarda con recelo en el pecho. Sonrió y comenzó a pasearse por entre los vehículos. Algunos de los que van detrás del volante abren la ventanilla y dan el regalo más preciado para Linda.

Mientras camina pronuncia palabras casi inentendibles. Lo seguro es que están distantes de ser parte de la letra del himno oficial del Barcelona, ‘Canto del Barza’, estrenado en 1974. Tampoco, se infiere, debe saber catalán, lengua oficial en la que está escrito. Lo evidente es que es ajena al significado de las tres letras que resaltan en el dorso, FCB, y que en muchos cucuteños despiertan pasión.

Linda, amable como es su costumbre, accede a posar para la foto que, según uno de sus ocasionales compañeros de calle, le permitirá que la vean los jugadores y se hará famosa. Incrédula, solo sonríe. Quizás no sepa que Messi, Suárez, Neymar y el resto de la banda culé están ocupados en ganar puntos para ser campeones y obtener jugosas cantidades de dólares o euros. Tampoco alcanza a soñar que un solo billete de esos, al cambio a pesos, le daría un viraje a la vida.

Arriba, en el tercer piso del centro comercial cercano a donde Linda ‘labora’, hay ambiente de fiesta futbolera. El enfrentamiento entre Real Madrid y Barcelona convoca a los aficionados. Tal vez la falta de un buen equipo en la ciudad los lleva a adoptar clubes extranjeros y a acogerlos como suyos para disfrutar con cada encuentro.

Indispensable, llevar camiseta. No importa el modelo, sino el escudo; no interesa el año, sino el color. Las hay blancas, azul oscuro, moradas, verdes, a rayas horizontales, a rayas verticales, nuevas, viejas, a la moda, pasadas de moda, con nombre atrás, sin apellido en la espalda. Como sea, pero del equipo que es.

La afición está bien repartida. Mitad madridista y mitad barcelonista. Las mujeres suspiran por sus ídolos y los hombres sueñan con emular a esos hombres que corretean tras el balón. Ellas van porque aprendieron de fútbol ayer; ellos, porque cuando niños pidieron en Navidad un balón. Las damas hacen comentarios mediáticos; los varones hablan de táctica y estrategia. Para unos, Cristiano es lo máximo; para los demás, Lionel es lo mejor.

La edad de este público es otra característica marcada.  La mayoría es de jóvenes en busca de emociones deportivas y de una deidad para rendirle el culto que merece, en la Liga, en la Champions, en el Mundial de Clubes, en cualquier competencia. Los niños aportan la cuota de inocencia que completa la experiencia de los adultos.

En medio de ese fragor por el fútbol llegan las apuestas, unas para pagar de verdad, otras para que hagan parte de las anécdotas del momento. Unas, bien pensadas y otras aún sin definir. Pero deudas al fin y al cabo que deben cumplirse en el momento justo y preciso. El tiempo marcará el afán.

El punto de máxima ebullición se da con los goles. Gritos como en el estadio, saltos como en las tribunas, silbidos de aprobación o rechazo, calificativos para el ganador momentáneo, reproches para el defensa que dejó pasar el balón, alabanzas para el autor. El lugar se convierte en el escenario ideal para dejar escapar esas emociones reprimidas. Qué importa que sea un restaurante de un centro comercial.

Los amigos, a pesar de tener diferentes gustos, bien marcados por las camisetas, mantienen la charla sin rencores. Reconocen que el fútbol distancia en conceptos, pero acerca en hermandad. Los asistentes hacen parte de esa cofradía que en cada jornada encuentran el escape perfecto a la rutina semanal.

Terminó el partido. Hay un ganador. Los comentaristas improvisados van contentos. El espectáculo resultó bueno y permitió tener una nueva experiencia, irrepetible. Las miradas cómplices se cruzan para satisfacción del triunfador y resignación para el derrotado. Vendrán más superclásicos con protagonistas nuevos o repetidos.

Linda está pegada al vidrio lateral de un taxi. No pregunta por el marcador del encuentro, tampoco está interesada en saber que Piqué, Benzemá y Cristiano fueron los autores de los goles, menos le importa que ganó el Real Madrid (1-2) y en el opulento Camp Nou, inaugurado en 1957. Solo quiere que el conductor le dé la consabida moneda para llegar con un mendrugo a casa.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: www.contraluzcucuta.co

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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