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REPORTAJE. Hornos crematorios en Cúcuta

El lugar es apacible y encerrado, como si se cometiera un acto de barbarie del cual nadie puede enterarse. No existe mayor ruido, más que el de las llamas en cumplimiento de la inevitable labor de disminuir todo lo que en ellas se deposita. La iluminación tampoco es mucha, apenas la necesaria para distinguir la forma de una gran máquina rectangular con tanques de gas y cajas metálicas en la parte trasera, las cuales se encargan de generar el calor suficiente para que un cuerpo humano se consuma hasta las cenizas.

Ahí, en un pequeño cuarto adjunto, separado por un vidrio trasparente que permite ver el procedimiento que se lleva a cabo, hay un estante de madera con cofres para cenizas y un acogedor sillón gris de tela suave con capacidad para tres personas.

En esta lúgubre habitación se da paso a los familiares del difunto para que presencien el inicio del proceso de incineración del cadáver, que tardará menos de 140 minutos. Luego de 5 minutos, los dolientes salen a esperar la entrega de los restos del ser querido. La ceremonia ha durado dos horas y es acorde con las creencias religiosas. Si no se tiene ningún credo, las cenizas son entregadas sin protocolo.

En los cofres, o pequeñas jarras, se depositan las cenizas. La disposición final es voluntad de los parientes del difunto. Luego de ser entregadas, quedan bajo la responsabilidad de quien las recibe. Algunos escogen tirarlas al mar o al río; otros, dejan que la brisa se las lleve. Cada quien es libre de hacer lo que quiera.

Las funerarias, en caso que los familiares lo deseen, tienen espacios dispuestos para guardar los restos de la cremación donde se les pueda visitar.

El proceso de incineración de un cadáver no es como muchos piensan. Existen mitos que hablan de una mezcla de cenizas de diferentes cuerpos en un mismo horno, o que las empresas prestadoras de servicios fúnebres venden los cadáveres y se entregan restos falsos de los fallecidos. Estas son suposiciones sociales. Las casas funerarias ofrecen la oportunidad de comprobar que los procesos de cremación son reales y que los restos entregados son los del familiar.

Esta práctica es menos costosa, más ecológica y no deja tanto dolor, dijo Lucy Cuberos, asesora comercial de la Organización La Esperanza. Lo cierto es que las tradiciones humanas actuales que rinden tributo a los fallecidos siempre han estado abiertas a la discusión.

El trato que se les da a los muertos no es diferente del que recibían en épocas pasadas. Los rituales fúnebres tan solo han tenido algunas variaciones, pero los procedimientos, como la incineración de los cadáveres, son los mismos. Se conoce esta técnica desde la antigua Grecia, el imperio romano, las antiguas dinastías orientales y los vikingos. Sea como sea, los seres humanos tienen la oportunidad de sugerir la manera como desean ser tratadas luego de morir.

Las opiniones al respecto son divididas entre el sí, el no y el no estar seguro de que ser cremado al morir. Unos dicen que es mejor visitar a los muertos en la tumba, que el cuerpo es un templo que merece respeto, por lo que la inhumación debe ser la primera opción. Otros, argumentan no estar de acuerdo con ‘adorar’ a los cadáveres o temerle a estar encerrado en un ataúd.

José Domingo Rodríguez, cucuteño de 73 años, alto, delgado y con abundantes canas, habla de la decisión tomada. En tono frío, pero seguro, manifiesta interés por ser cremado, debido a que en su familia han ocurrido casos de catalepsia. “un sobrino, hace unos años, parecía haber muerto y mientras se hacían los preparativos para el sepelio despertó. Casi que lo enterramos vivo”. Ese es el temor de José, ser enterrado vivo. Como este ha habido casos similares en su descendencia.

Recordó la exhumación de un pariente lejano. Encontraron muestras de rasguños en las tablas del cajón donde fue enterrado. “Era obvio que había durado un tiempo con vida en ese hueco”, dijo José mientras se persigna con la devoción de un buen cristiano para que lo libre de todo mal.

Contrario al caso de José Rodríguez, está el de María Camila Guerrero, joven estudiante de psicología y oriunda de Cáchira (Norte de Santander), radicada en Cúcuta. Sus principios éticos y morales son importantes y prefiere la tradicional manera de rendir ‘tributo’ a los muertos y es mejor enterrarlos.

En su pueblo nunca se habla de cremaciones, si alguien fallece se le hace un rezo, en la casa donde vivió o en el templo. Se decora el ambiente con flores, el cuerpo dentro del ataúd es rodeado por velas y lo acompañan familiares, amigos y allegados que rezan sin parar una oración tras otra, por la salvación del alma. Después de la ceremonia religiosa, el cadáver es llevado al cementerio para ser enterrado o puesto en la bóveda que sobresale de la tierra, otra manera de permitirle al cuerpo descomponerse acorde con la naturaleza.

En Cúcuta solo la funeraria Los Olivos y la Organización La Esperanza cuentan con hornos crematorios para prestar el servicio. La cremación, como despedida simbólica del ser humano, resulta un beneficio lucrativo para estas entidades encargadas de la laboriosa práctica.

RICHARD RODRÍGUEZ

Estudiante de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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