En una mesa de la venta de comidas rápidas Orisha se sienta cada noche un hombre alto, de piel morena y rasgos naturales que delatan su procedencia venezolana. Al agitar la mano izquierda, tres pulsos brillan, dos de colores neutros, plateado y cobre y el tercero con una secuencia de amarillo y verde. Simón Álvarez está dispuesto para recibir a los clientes.
Al visualizar el lugar, los brazaletes hacen juego con los avisos publicitarios. Junto al hombre, una bella mujer luce los mismos pulsos, lo que genera curiosidad. La razón por la que esta pareja luce los característicos accesorios es por la religión que practican, la santería.
Para la cultura Colombiana esta creencia es ajena, pues poco se practica. En Venezuela, en cambio, hay un alto índice de seguidores. La santería tiene raíces africanas con creencias del catolicismo y el nombre religioso es Orisha, de donde lo tomó Simón para bautizar el negocio. El venezolano residente en Colombia lleva la religión a todo suelo donde posa los pies.
Su nacimiento tuvo lugar en Valencia, en una familia de espiritistas. Creció con una madre luchadora a causa de la pérdida temprana del hombre que lo engendró. Durante la infancia interrumpió el estudio para trabajar. En el hogar había responsabilidades y debía velar por la madre y tres hermanas.
A los 19 años, trajo al mundo al primer hijo, que le da sentido y esperanza a su existencia. La vida transcurría en torno al espiritismo. Llegado a los 25 años, por una de las hermanas adopta la santería como práctica religiosa. Es en ese momento cuando comienza el camino de la mano de Dios y los santos.
Simón Álvarez o ‘Oyecumbara’, como fue nombrado por Orula después de la ceremonia en la que recibió a su santo, decidió dar un paso adelante y convertirse en babalawo. Los babalawos son los sacerdotes en la santería. Un hombre consagrado, comprometido y obediente ante la voluntad de Dios.
- “Nosotros, los babalawos, somos muertos vivientes. Después de pasar por una ceremonia es como si volviéramos a nacer y por eso mi nombre frente a Orula es Oyecumbara, y en el mundo normal soy Simón Álvarez”.
El 4 de diciembre de 2006, día en el que Hugo Chávez fue reelegido presidente de la República Bolivariana de Venezuela, su vida dio un giro inesperado. La violencia en el país le arrebató a uno de los grandes tesoros, su segundo hijo.
Aspira el cigarrillo que sostiene con la mano derecha, respira profundo y deja escapar el humo.
- “Tenía 16 años cuando lo asesinaron por robarle la bicicleta, medía 1,92 metros. Es algo que no quiero ni recordar”.
Con dos hijos como motivo para superar la trágica pérdida y seguir en pie, retomó el trayecto aunque el dolor nunca dejó de invadir su alma. Entre la santería, el espiritismo y la poderosa mano de Dios equilibra la vida. Ocho años después, una nueva luz iluminó su espíritu, un nuevo hijo llega al hogar. Es un vínculo sagrado para estar en armonía con Orula, Elegua, todos los santos y espíritus. Un punto medio entre el mundo espiritual y la tierra, justo aquí es su zona de confort. Su mayor pasión es la santería, religión sagrada y que dirige toda su vida.
- “Mis santos y espíritus, junto con Dios, son mi guía y mis ojos”.
Lo repite en más de una ocasión. Por eso dedicó el paso por el mundo a trabajar para Orula, hasta que se vio obligado a abandonar no solo su ciudad, sino también su país.
La situación en Venezuela, en el 2015, comenzó a afectar a cada habitante. Siempre trabajó como sacerdote de la santería, que es además bien remunerada en su país por la fe y por la aceptación que tiene. Al principio de la crisis no tuvo inconveniente con el dinero para sostener el hogar.
A finales de año y comienzos del 2016, el ambiente empeoró, los alimentos escasearon y Álvarez no consiguió, ni con dinero, productos para alimentar a la familia. La decadencia aumentó en gran medida y a la final optó por abandonar el lugar.
Simón es uno de los tantos venezolanos que emigran a los países aledaños para buscar mejor calidad de vida. Es de esta manera como llegó meses atrás a Cúcuta, junto con su esposa colombiana. Una de las ventajas que tiene, a diferencia de la mayoría de los compatriotas, es que cuenta una fuente rentable de ingresos, su negocio.
El cambio de lugar de residencia trajo el choque de culturas, costumbres, creencias religiosas y estilo de vida. Antes de decidir dejar su patria lo consultó con Orula, quien autorizó y amparó su propósito. Una característica de los santeros es la obediencia al cumplir las reglas. Todo se hace con previo permiso del santo protector.
Sin duda, lo que más le ha pesado es alejarse del círculo religioso. Aunque lleve los santos consigo, se siente cohibido al no poder desempeñar el trabajo habitual, como solía hacerlo en casa.
- “Me siento atado de pies y manos. No es lo mismo y lo que es mi vida es mi religión”.
Una amplia experiencia y un inminente entusiasmo se reflejan en el rostro cuando habla del culto, eje central de su vida. Esta religión es juzgada en Colombia y en muchas otras partes del mundo y no todos tienen el valor de practicarla. Por descendencia africana tiene ceremonias fuertes y poco convencionales. Decidió ser babalawo por el amor que siente por esta práctica y ahora es un sacerdote Ifá.
En la santería no existen templos ni centros religiosos, las ceremonias se hacen en los hogares de los sacerdotes. Los cultos son llamados ‘tambores’ y se reúnen para alabar y efectuar ofrendas a los Orishas. Para asistir a los ‘tambores’ debe viajar a Venezuela, pues en Cúcuta no se hacen estos rituales.
En la vivienda se ven los símbolos de la santería en cada esquina. En uno de los rincones está la piedra ‘Otá’, con dos conchas blancas como ojos, representa al santo Elegua. Reposa sobre una vasija plana con dos frutos verdes similares a la guayaba, que sirven para alimentarlo, monedas, dos juguetes de niño y dos maracas pintadas en negro y rojo. Este santo representa al Santo Niño de Atocha o en la Iglesia Católica a San Antonio de Padua.
Para todo santero Elegua es el dueño de los caminos y puertas de este mundo. Es el menor de los Orishas, o sea de las deidades de esta religión, pues es un niño, abre y cierra toda ceremonia religiosa. Cada vez que Simón desea alabar y ofrendar a los santos toca las maracas y de los labios brotan cantos en un lenguaje africano. Se alcanzan a entender con claridad y en constante repetición los nombres “Elegua, Elegua” y “Yemaya, Yemaya”.
La santería tiene dos grandes y profundas dimensiones, el bien y el mal. Para su familia siempre ha sido un principio actuar bajo el mando de Dios. Esta práctica religiosa se hace por salud, bienestar, prosperidad y protección. En su caso, nunca se ha usado ni se usará para lastimar o destruir a algún ser mortal.
Debía ser Simón Oyecumbara Álvarez tal vez el primer Babalawo en radicarse en la ciudad para que su historia fuera contada. Un hombre fiel a los santos que le han otorgado la vida que posee. Lleva cada uno de los símbolos con orgullo, los collares, los brazaletes y las efigies de los santos como parte de su ser.
FRANCY URREA
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
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