CÚCUTA.
Procedente de la Subregión Centro (Salazar, Cucutilla, Gramalote, Arboledas, Santiago, Lourdes y Villacaro). Hijo de profesora, que lo llevó por esos municipios de Norte de Santander. De cada pueblo tomó los principios y los valores que le enseñaban los adultos. El carácter de los mayores le sirvió para formarse en cada etapa de la vida. Hijo de un hombre que dentro de la política llegó a la alcaldía de Pamplonita y a la inspección de policía de Puerto Villamizar (Cúcuta). Trabajó en la Cárcel Modelo.
Oscar Marino Melo Rojas está sentado detrás del escritorio en la oficina desde la que maneja la Academia de Fútbol Olímpicas. Tiene 61 años. “Le confieso que fui un niño lleno de miedo y temores. Hoy, identifico esta sensación como defecto”. La infancia la vivió en medio de la humildad y de las necesidades materiales, a pesar de las oportunidades que ofrecía el campo. En el subconsciente de niño quedó almacenado el desprendimiento que lo enseñó a no quedarse con nada.
En la adolescencia despertó al ser visionario que ha perdurado en el tiempo. Inquieto por el porvenir, fue comerciante de naranjas y ayudante en el bolo del pueblo. Aprendió a conducir, sin instructor, en una Ford 55.
Estudió hasta quinto de bachillerato en Agua Clara (corregimiento de Cúcuta). Al permanecer junto a los agentes de la Policía se identificó con la filosofía de la institución. Quiso ponerse el uniforme en grado de suboficial y seguir la carrera. La falta del título de bachiller le permitió prestar el servicio militar en Santa Rosa de Viterbo (Boyacá). En 1985, estaba en el grupo antinarcóticos, en Santa Marta. “No me quise quedar y me vine para Cúcuta”.
Del barrio 7 de Agosto (Ciudadela Juan Atalaya) tiene el recuerdo vivo de las calles polvorientas en verano y encharcadas en invierno; la travesía para salir a tomar el bus que lo llevara al centro de la ciudad; el ingreso al colegio Calasanz de Atalaya; el rendimiento académico bajo, y el carrotanque Dodge modelo 1971, con el que sustrajo agua del río Pamplonita.
El comercio del agua lo alejó de las aulas. Pasaron los años y entre 2005 y 2006 validó el bachillerato para obtener el título. “No fui a reclamar las notas, ni pagué el derecho de grado, ni me gradué”. A mediados de 2025, una fundación de Villa del Rosario le permitió que recibiera en medio de honores el rótulo de bachiller.
Al llegar a la capital de Norte de Santander, luego de salir de la Policía, buscó ocupación en el contrabando de gasolina. Ese ir constante a Venezuela le abrió la mente de comerciante y comenzó a llevar mercancía para el interior de Colombia, especialmente para Barrancabermeja. Allá, en el puerto petrolero, conoció a Alipio Galvis con el que se asoció para abrir el almacén de artículos deportivos El Golazo. Ese negocio fue uno de los primeros asomos al mundo del deporte. Antes, había llevado en bus guayos Kelme y balones Mikasa. Llegó hasta Medellín con la mercancía.
En San Antonio del Táchira conoció a japoneses importadores de productos Molten y se hizo el agente vendedor de la marca para Colombia. Cualquier día, en la capital antioqueña, sin darse cuenta ofreció la mercancía a Juan Manuel Gómez. A este hombre, hacía pocos días la FIFA le había otorgado la escarapela como árbitro internacional. “Terminé en varios estadios de Colombia acompañándolo”.
Así fue incluyéndose en el mundo futbolístico, en el que conoció a personalidades vinculadas a este entorno. Y llegó el cambio de temporada. La importación de implementos deportivos puso en la otra orilla a los ‘contrabandistas’. “Éramos comerciantes exitosos. No necesitamos mucho para llevar mercancía. Bastaban la habilidad, la actitud y el sacrificio”.
La vida de Oscar Marino Melo dio el vuelco hacia un sector que conocía de a poquito. Compró en Medellín la buseta TKC 063, Mitsubishi, modelo 1993, la vinculó a Trasan con ruta a Puerto Santander, municipio fronterizo con Venezuela. Ahí se le encendió otro bombillo y vislumbró el negocio de adquirir carros en otros departamentos para introducirlos en Norte de Santander.
Se hizo conocer de Rolando Bayona, gerente de la empresa transportadora, y trabajaron juntos en la renovación del parque automotor. “Abrí espacios donde la vida me lo permitía y he sido bendecido, en la cuestión laboral”.
Entre 2004 y 2005, llegó a Tibú. Ignacio Bohada y Patricia Mariño lo recibieron con especial agrado. Lograron llevar al municipio petrolero microbuses (modelos 1993 – 94 – 95) adquiridos en Tunja (Boyacá), donde los sacaban de circulación. Las busetas remplazaron a las camionetas de estaca y “nos volvimos famosos”.
Esos días boyantes se vieron enturbiados por los nubarrones que le nublaron la vida. La adicción al alcohol se hizo incontrolable. “Nos robó muchas cosas de la vida, hasta tocar fondo”. Era el único amigo que lo sacaba del dolor y lo hacía fuerte ante los sueños irrealizados.
29 de junio de 2013. Día, mes y hora que no podrán borrarse de la memoria de Oscar Melo. El recuerdo permanece vívido. Última borrachera en Bogotá. El fondo al que bajó fue tan hondo que “me permitió conocer a Dios. Me permitió empezar a conocerme. Me permitió encontrarle sentido a la vida. Me permitió valorar más al otro”. La arrogancia, la prepotencia, el egoísmo y la envidia salieron de su vida.
Hoy, 12 años después de haber desocupado la última botella, está seguro de que el alcohol, en la enfermedad, es un gran amigo. En las vitrinas los frascos se ven hermosos. Mientras que para los enfermos de alcoholismo es el gran enemigo invasivo y dominador. Es ese elemento que lo sujeta a la silla y no deja que se levante.
Ahora, reza el rosario y vive en presencia de Dios. “Le encontré el queso a la tostada. No sé si tarde, pero disfruto el momento”. Es la respuesta a la pregunta si es feliz. Y para llegar a este estado de plenitud está recostado a Zulay, la roca que lo soportó ‘en las buenas y en las malas; en la salud y en la enfermedad; en la riqueza y en la pobreza’.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Contraluz.CO Sólo Periodismo


