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Me quitaron las esposas para que pudiera retirarme los cordones, aretes y joyas. Tras las fotos y las huellas, la realidad se impuso: estaba detenida. Luego de insistir, logré una llamada corta para avisar del percance. / Foto: Especial para contraluzcucuta

INMIGRANTES EN ESTADOS UNIDOS (1). Ninguna madre debería ser separada de sus hijos

Arresto

Cómo un día cotidiano, mientras sales de tu lugar de trabajo con un par de cajas que cargas con esfuerzo, una mirada fija sobre ti y un intento por llegar al vehículo, pueden contar la realidad que afrontan miles de familias inmigrantes en Estados Unidos. Así comienza esta historia.

Eran las 2:30 p.m. del 24 de junio. Al terminar mi jornada laboral, me preparaba para la rutina de siempre. Debía recoger a mis hijos del cuidado y después pasaría por las llaves del nuevo apartamento, que recién había arrendado. Por eso llevaba esas cajas pesadas, que mi mánager me había prestado tras una pequeña broma sobre mi llegada tarde esa mañana.

“No te quedes dormida”, dijo entre risas. “No lo haré”, respondí sin saber que el destino tenía otros planes. Me despedí y caminé hacia el estacionamiento. El volumen de las cajas me robaba visibilidad, pero no impidió que sintiera una mirada fija sobre mí. Era un hombre de rasgos latinos, estatura mediana y camisa llamativa negra, con estampado en tono rosado y azul. Parecía un transeúnte común, un comprador más.

Mi memoria fotográfica registró su rostro casi por instinto antes de seguir adelante. Al llegar al auto, presioné el control. El destello de las luces indicó que podía abrir la puerta.

En un instante, el silencio del estacionamiento se rompió con la violencia de cuatro hombres que me abordaron. Busqué ayuda con la mirada, pero estaba sola. Como colombiana que creció rodeada de inseguridad y que huyó de su país precisamente por amenazas, mi instinto fue correr. No pude. Uno de ellos me arrebató las cajas, que impactaron secamente contra el suelo, y el grupo me inmovilizó por la fuerza.

Me quitaron el morral, el celular y lanzaron mis llaves contra el pavimento hasta destrozarlas. Mientras me esposaban con los brazos a la espalda el aire empezó a faltarme. No entendía nada. Nadie explicaba nada. Entre ellos distinguí al hombre de la camisa llamativa que me observaba minutos antes. Entonces, vi los papeles: fichas con mi fotografía y la de mi esposo. Supliqué explicaciones, mencioné a mis hijos que me esperaban, pedí identificaciones. Solo recibí silencio.

Me subieron, sin ninguna precaución, a una camioneta sin logos oficiales. En ese momento, mi mente solo podía procesar una palabra: secuestro. El vehículo arrancó con rumbo desconocido, llevándome hacia la incertidumbre.

Perdí la noción del tiempo en el trayecto. Pudieron ser treinta minutos o una eternidad en aquel estado de desborde físico y mental. Mis preguntas nerviosas solo recibían hostilidad: me llamaron criminal y sentenciaron que estar en el país era un delito. Intenté explicarles que mi solicitud de asilo político estaba vigente, con cada documento en regla. La respuesta fue un portazo dialéctico: “Eso no es un estatus legal, su caso está cerrado”.

Mi insistencia en que no era delincuente los enfureció. En tono alterado me advirtieron que si no “reconocía” mi situación no me ayudarían. Subieron el volumen de la radio para silenciarme.

En medio de la crítica situación intenté mirar por la ventana para reconocer el camino, esperé tener una pista, hasta que finalmente llegamos a un centro de procesamiento de ICE en Miramar. Al entrar al sótano, pasé unos cuarenta minutos encerrada en el auto. El calor sofocante del verano y la claustrofobia empezaron a asfixiarme, hasta que, tras mi ruego, accedieron por primera vez a abrir la puerta para dejar entrar aire.

Una pequeña puerta conducía al interior del centro. Allí fui ingresada. Me recibió un grupo de uniformados, entre ellos, una mujer que pudo ver el terror en mi rostro.

–          “¿Voy a estar bien?”, le pregunté con la desesperación de quien todavía teme un secuestro.

Aunque no hablaba mi idioma, balbuceé en inglés mi angustia por mis tres hijos y el desconocimiento de mi familia acerca de la situación. Su mirada era de pesar, de una humanidad impotente.

–          “No puedo ayudarte”, me hizo entender.

Me quitaron las esposas para que pudiera retirarme los cordones, aretes y joyas. Tras las fotos y las huellas, la realidad se impuso: estaba detenida. Luego de insistir, logré una llamada corta para avisar del percance.

El lugar era un esquema de desolación: celdas, cuartos de interrogatorio y oficinas. Me encerraron en un cubículo reducido con un inodoro de acero vigilado por cámaras. Una, apuntaba directamente a la intimidad del baño. Allí, rodeada de otras mujeres de diversas nacionalidades, el rumor de las detenciones masivas dejó de ser noticia lejana para convertirse en mi piel.

En la celda se tejía el mapa de la desesperación: mujeres detenidas tras una cita de supervisión; otras, interceptadas en el auto sin motivo aparente, y algunas más, trasladadas desde cárceles. Ningún caso se parecía al mío, lo que hundía más mi esperanza.

La puerta se abrió y me llevaron al cuarto de interrogatorio. En un estado de sumisión total, respondí a cada pregunta sobre mi familia mientras dos agentes subestimaban mi historia. Les hablé de las amenazas que me persiguieron, incluso fuera de mi país, de las evidencias que estaban en manos de las autoridades, pero para ellos mi caso estaba “cerrado”. Con una ironía cruel, me ofrecieron “ayuda”: podría regresar a mi país con mi familia y olvidar este “mal recuerdo”.

–          “¿Tienes dinero para los boletos?”, preguntaron. Ante mi silencio, uno soltó una burla:

–          “¿Cuánto puedes ganar? ¿14 dólares por hora?”.

–          “Sí”, respondí. “Exactamente eso”.

FRANCY URREA

(Continúa mañana)

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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