CÚCUTA.- El taller es lo primero que se ve al entrar a la humilde morada construida en terreno de alto riesgo. El piso es de cemento y los son ventanales amplios. Los equipos de soldadura están acompañados por estanterías copadas de herramientas. En baldes se clasifican tuercas, candados, bujías, cadenas, balineros, entre otras piezas metálicas.
El ambiente en este espacio de trabajo es de tranquilidad, por el distanciamiento con el bullicio urbano. A la vista aparece un riachuelo y un improvisado solar con matas de plátano y yuca. También hay pavos, gallinas y otros animales.
Guillermo Hernández no viste elegante, su estilo es el de un trabajador que no se preocupa por lucir bien. Las manos evidencian el peso de las jornadas exigentes y en la piel morena, el castigo del sol, soportado durante largas horas de obligada exhibición artística en las calles.
Es gentil al recibir invitados, no le molesta la presencia de quienes se interesen por su arte, pues cree que es una manera de darse a conocer. Habla con fluidez sobre sus asuntos y le gusta hacerlo. Una taza de café es buena excusa para entretenerse mientras cuenta su historia.
La violencia en Lebrija (Santander) lo obligó a buscar rumbos diferentes. Junto a su esposa María Tobar decidieron que Villa del Rosario era la mejor opción para vivir con los tres hijos. Allí se establecieron con la ilusión de comenzar de nuevo y salir adelante. Este santandereano de nacimiento ha vivido 12 de sus 47 años en el municipio histórico.
Salir adelante es complicado cuando no se tienen recursos. “En el tiempo que llevo acá mi vida no ha sido fácil. La necesidad me ha impulsado a buscar diferentes medios que me permitan el sustento en la casa. Me ha tocado ser recursivo”. A su llegada trabajó como trasportador pirata con un Renault 12; luego, decidió aprender sobre soldadura, vendió el vehículo y compró una máquina para fabricar sillas metálicas.
Las cualidades artísticas innatas y la necesidad de buscar opciones que le permitieran mejorar los ingresos lo llevaron a probar como escultor. Las primeras obras no tenían el impacto visual que tienen ahora, eran más simples. Ureña, San Antonio, San Cristóbal y Bucaramanga fueron las plazas escogidas para vender y no alcanzó el éxito. Decidió ofrecerlas solo en Cúcuta.
El paso de los años, la experiencia y la creatividad en la ornamentación dieron como resultado mejores figuras. Por las mañanas se encomienda a Dios, bebe café y se interna en el taller. Allí permanece algunas horas y luego sale a la calle a ofrecerlas. Tiene puntos específicos de venta, según el día. Por lo general, permanece en el parque principal de Villa del Rosario y los domingos en El Malecón (Cúcuta). Para trasladar las creaciones metálicas tiene un Mazda 323 negro.
El público aprecia las obras, las califica como creativas y elogia al entusiasta e ingenioso creador. Por ser poco común, las miradas curiosas llevan a querer tocar y comprobar que el material y la textura no sean ilusiones ópticas. Muchos preguntan por el precio y otros solo pasan sin prestar mayor atención.
Para diseñar cada pieza busca el modelo en internet y de ahí le surgen las ideas. No le gusta repetir esculturas y mucho menos imitar el trabajo de otro artista. Tanques de guerra, barcos antiguos, motocicletas, monumentos históricos y carros conforman la galería, que varía entre las 70 y 80 piezas.
Las primeras creaciones las guarda como tesoros, no tienen precio en pesos. A pesar de no tener comparación con las actuales, cuentan con un valor sentimental que las hace únicas. Esto comprueba la pasión del artista por el trabajo. Sin duda ama lo que hace.
En los planeas está consolidar la empresa y hacerla reconocida en la ciudad para no tener que esforzarse tanto por salir a vender a la calle. Su hijo muestra interés por aprender el arte y elabora algunas esculturas. Junto a la familia tiene muchas metas trazadas y espera alcanzarlas.
Para mejorar algunos espacios públicos de las ciudades ha propuesto a los alcaldes la construcción de esculturas representativas de la región. Así se incentiva el turismo y su arte se da a conocer. “Si me generan más trabajo tendría que contratar empleados y así me convertiría en generador de empleo”.
También pone como ejemplo de cuidado ambiental el trabajar con materiales reciclados. En las chatarrerías se ha dado a conocer y sabe lo que necesita por lo cual el proceso de compra es rápido. Lo que para muchos es basura para su arte es la razón de ser.
Es impresionante la actitud de emprendimiento de este caballero de mil batallas. Las adversidades han sido muchas, pero la persistencia no decae. Aunque se le presenten dificultades, no deja de soñar con el crecimiento empresarial y para esto intenta perfeccionar el arte y así ha sido desde que inició.
RICHARD RODRÍGUEZ
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
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