CÚCUTA.- Historia, cultura, naturaleza, ocio y tranquilidad no son características del olvidado parque Juana Rangel de Cuéllar, a un costado de la Diagonal Santander, en el barrio La Merced. Este espacio está ofrendado a la memoria de la fundadora de Cúcuta, quien firmó, el 17 de junio de 1733, la escritura de donación de los terrenos para construir la capital nortesantandereana.
La plazoleta, construida en 1936 frente al barrio San Mateo, después de 14 años fue trasladada por problemas de seguridad al pequeño lugar que hoy ocupa.
Los parques para los cucuteños son sinónimo de inseguridad. El deseo de sentarse a leer un libro, tomarse una bebida, conversar con un amigo, enamorar y descansar del agobiante calor se cumple con dificultad en las plazoletas de la ciudad fronteriza. Los problemas sociales y el olvido del Gobierno permiten que estos sitios dedicados a la armonía y a la historia se trasformen en hogar de indigentes y en lugar para el comercio informal, prostitución, hurtos y expendio y consumo de alucinógenos.
Las familias prefieren ir a los grandes centros comerciales antes que visitar los parques donde se encuentra el recuerdo de ilustres personajes y líderes de mirada petrificada que observan cómo los políticos permiten que la comunidad olvide el pasado.
El parque Juana Rangel está rodeado de talleres mecánicos y vendedores informales. Los indigentes son los únicos visitantes que utilizan las precarias instalaciones para depositar sus necesidades fisiológicas y consumir droga. El olor evidencia la decadencia del ser humano. La deteriorada y oscura estatua de la promotora de esta calurosa ciudad, presencia actos vandálicos y bochornosos sin que alguna autoridad civil o policial los detenga.
No se observan vendedores de raspados, niños corriendo, parejas enamoradas, ancianos tomando café o leyendo periódicos, regla indispensable para disfrutar de estas áreas. La falta de pertenencia y de respeto para la figura que representa a la fundadora, se evidencia con las respuestas que da la población.
“¿Dónde queda eso?”, es la primera expresión al preguntar por la ubicación de la plazoleta. La mayoría de los entrevistados complementó la desubicación con el despectivo interrogante “¿Quién es esa?”. Las únicas que acertaron en las respuestas fueron las mujeres que gritan “quince mandarinas por mil”, porque tienen el punto de venta a pocos metros de la figura.
“Es esta joven”, respondió una mientras ofrecía la promoción a un conductor que detuvo el carro para acatar el rojo del semáforo. Esa es la única manera para que se detengan ante la mirada de doña Juana Rangel.
Ninguna entidad pública o privada es responsable de la adecuación del sitio. El gobierno municipal no valora aquella donación de hace 279 años para construir la ciudad de los pasteles de garbanzo y la economía de pesos y bolívares.
El único campanazo en la memoria de los líderes es el 17 de junio, cuando cumple años la donación de las estancias de ganado. La Secretaría de Cultura se encargó del improvisado mantenimiento para reflejar, ese día, cuidado ante los visitantes y las lentes de las cámaras.
Llevaron flores y se escucharon las gloriosas notas del himno de Cúcuta, los fotógrafos buscaron los mejores planos, las máximas autoridades llegaron a un mundo desconocido para la inversión.
Las felicitaciones terminaron y los habitantes de la calle regresaron al refugio. Las mandarinas siguen siendo el comercio del lugar. El rojo del semáforo ayuda para que los vehículos paren y de pronto los conductores observen el abandono. Comenzaron otros 364 días en el olvido de los cucuteños.
DANIEL JOSUÉ ARÉVALO
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Contraluz.CO Sólo Periodismo