En los tiempos en que se habla de reconciliación, parecería casi imposible imaginar la existencia de hermanos nuestros que fungen como jueces de la dignidad y con sus actitudes hacen que recordemos historias de acontecimientos que casi han quedado borrados de la memoria colectiva a causa de la insensibilidad humana que hoy prevalece.
Es el caso de aquel líder cartagenero, un hijo de las clases populares que se desempeñaba como bracero en la terminal marítima, quien movido por su espíritu de crecimiento personal se dedicó a su formación como autodidacta, logrando con ello escalar importantes posiciones a nivel de la dirigencia sindical de la nación. Este humilde hombre se hizo popular entre las clases trabajadoras y tras su lucha constante llegó a ser miembro de la dirección nacional de la Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC).
Como ha sido costumbre entre los miembros de la fuerza del trabajo, en su labor sindical se encontró con detractores y las diferencias que debieron en su momento salvarse dentro de la organización sindical no se dieron y contrario a ello este hombre fue acusado de enemigo de los trabajadores tras aseveraciones de un pequeño grupo de miembros de la organización sindical.
Este hecho generó el secuestro del líder por parte de un grupo insurgente de la época, acto ocurrido en febrero de 1976 y tras las acusaciones de traidor fue ejecutado el 19 de abril del mismo año, dejando abandonado su cadáver en una calle de la ciudad capital.
Refresco la memoria de quienes para la época teníamos uso de razón y lo narro como memoria para quienes a causa de su juventud desconocen hechos históricos como este, los que sin duda son parte del incalculable daño que ha causado la violencia en nuestra dolida patria.
Las actitudes de quienes hoy quieren asumir un liderazgo basado en imputaciones y elevan sus voces con acusaciones desmedidas e indolentes que infieren traiciones y aseguran engaños dolosos de sus hermanos de clase, son el alimento para los odios y malquerencias, semillas que asoman un futuro que no deseamos para las nuevas generaciones.
Dios permita que estos actos de intolerancia e irritabilidad consentida para agredir la honra y buen nombre de quienes con dignidad hacen posible que las luchas sociales tengan eco en esta descompuesta sociedad, no afiancen el deseo desenfrenado de los violentos para cobrar deudas inexistentes, pero que nosotros con una actitud implacable signamos a quienes consideramos indignos y permitimos que el ocaso de la vida sea posible.
Me alimenta el optimismo la actitud de aquellos que con altura y respeto han logrado penetrar en el corazón de quienes pudimos escuchar sus palabras, que aunque no ocultando su insatisfacción, pudieron dominar sus impulsos y antes que jueces dieron ejemplo de discusión racional en medio de las diferencias. Es así como se resuelven las incompatibilidades de pensamiento y de acción para que en medio de las inconformidades se logre unificar el paso hacia la conquista de una verdad que nos acerque a todos.
Ya lo manifestaba José Martí, líder conocedor de la brega por la defensa de sus hermanos: “La honra puede ser mancillada. La justicia puede ser vendida. Pero la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás”. No es entonces un derecho mancillar a los demás, pues claro es que aunque seas el más bueno de todos, quien quiere descalificarte siempre verá sólo el punto negro en el pañuelo, aun sabiendo que toda su superficie es blanca.
Por ello, no juzgo, puesto que podré ser juzgado aunque mi vida esté llena de buenas obras y estas no serán tenidas en cuenta por mis opositores.
ADDENDA: “La muerte no persigue al soldado por llevar sobre sus hombros un arma, pero sí lo persigue por el afán que tiene su enemigo de apuntarle y hacer que con un impacto su vida llegue al fin, disminuyendo así a un oponente”. F.C.C. (DRA)
FERNANDO CAÑAS CAMARGO.
Editorial Tiza y Tablero
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