El 13 de agosto, se cumplieron 18 años del brutal asesinato de mi querido amigo y compañero Jaime Garzón o ‘Heidi’, como cariñosamente los llamábamos. Todavía, a pesar del tiempo trascurrido, no existe tranquilidad en mi corazón. Son muchas las noches y sobre todo las cercanas a su aniversario, cuando me asalta el desvelo. Mi cerebro comienza a preguntar en forma insistente cuál pudo ser la causa para que los asesinos hubieran decidido borrarlo de una vez y por siempre de la faz de la tierra.
Jaime era de esos seres químicamente puros. Para muchos de los compañeros que lo conocimos, era bueno como el pan. Su mundo fantástico estaba concebido como espacios vitales, donde mujeres y hombres debíamos esforzarnos por hacer el bien y servir de la mejor manera a nuestros semejantes, siempre dentro del jolgorio y la diversión. Su mundo era el de la alegría, la carcajada constante y el gracejo siempre oportuno y a flor de piel.
Cuando en su proceso humorístico profundo y en las simulaciones de las voces (que eran perfectas), si molestaba o hería a alguien, lo hacía sin una segunda intención. La risa era el vehículo por donde cursaba su conciencia social, su capacidad para denunciar la injusticia y deshonestidad, poniendo en evidencia las necesidades más urgentes del pueblo, la opinión y la sociedad en general. El humor era su inclaudicable compañero profundo y agudo, su manera de abrirle espacio a la reflexión acompañada siempre de una franca y sonora carcajada.
Sus excelentes condiciones histriónicas hicieron que su vida apacible en muchos sentidos se trasformara a un ritmo verdaderamente escalofriante, al vivir el contacto con la televisión. Sus amigos más íntimos fuimos testigos de excepción en este complejo proceso. De la primera noche que salió en un programa de televisión y que nos convocó a verlo en casa de Franco y María Teresa Ambroci, donde lo notamos nervioso (casi que comiéndose las uñas), hasta las últimas presentaciones, donde se registraban unos de los más altos índices de audiencia, trascurrió un tiempo demasiado corto. Su madurez, como humorista y hombre político, fue demasiado rápido, expresada en la fuerza y vehemencia de su gracia artística con un profundo contenido político, lo que comenzó a molestar seriamente a los representantes más pertinaces del orden establecido, al sentir que les pisaban sus callos.
Sin embargo, lo que pudo haber desencadenado su asesinato fue: Cuando por su formación solidaria y cristiana comenzó a interceder ante la guerrilla por ciertos secuestros que consideraba injustos al entender el drama que vivían sus dolientes, constituyéndose en mecanismo de comunicación entre los secuestradores y las familias para lograr su liberación. Esto llevó a sus malquerientes a decir que se estaba lucrando del pago de los secuestros, cosa que era falsa. Se ha podido demostrar que nunca tomó un peso, ni pidió pago por tan riesgosos servicios. Lo hacía por su espíritu eminentemente bondadoso.
Sin saberlo ni dimensionarlo, mi amigo Jaime, venía caminando en el filo del abismo. A la par de este dinamismo televisivo, comenzó a plantearse a fondo en conferencias políticas en las universidades del país, donde lo acompañaba una nutrida presencia de jóvenes estudiantes, cuestionadores del statu quo, quienes veían en él a un nuevo revolucionario al estilo del padre Camilo Torres Restrepo, con un discurso nuevo y fresco, enmarcado en las aspiraciones políticas de los jóvenes.
Lo que selló en definitiva su muerte, fue cuando, después de su último encuentro con los guerrilleros en la montaña, le comentaron al calor de la confianza construida que la guerrilla negociaba secuestrados que le llevaban miembros del ejército, aseveración que se atrevió a insinuar en el programa que mantenía con Yamid Amat. Allí, para mí, selló su sentencia de muerte. Sus asesinos comprendieron que sabía demasiado y había que silenciarlo lo más pronto posible.
Cuando nos enteramos Franco Ambroci y yo, de sus propios labios, en un encuentro propuesto por él, cuyo objetivo era comentarnos la veracidad de las amenazas de muerte recibidas por el paramilitar Carlos Castaño. En tan gravísima circunstancia, le propusimos sin ambages que debía abandonar inmediatamente y en sigilo a Bogotá, nosotros lo acompañaríamos hasta Cúcuta y allí pasaríamos la frontera a Venezuela, de donde debía pedir asilo a un país europeo. Desechó nuestra oferta y pidió un plazo mientras iba a la cárcel Modelo o La Picota donde había una persona que había prometido contactarlo con el referido paramilitar para que echaran atrás la condena. Todo parece indicar que habló con Carlos Castaño por celular, quien le dijo: “No se preocupe que eso ya no se va a realizar”. El viernes, a los dos días de nuestro encuentro y día siguiente de la charla con Castaño, muy temprano, me despertó la voz azorada y triste del profesor Beethoven Herrera para decirme que acababan de matar a Jaime Garzón, escalofriante momento en el que lloré inconsolablemente su partida. Desde entonces, aún lloro y extraño a mi amigo ausente.
La muerte de Jaime Garzón ha tenido un costo social alto para nuestra querida Colombia, sabido es que: El humor al igual que el arte son sensores de la vida política, social y cultural de una comunidad, canales por donde se expresan las emociones del imaginario colectivo, que necesitan desfogarse para ser trasformadas en conciencia social que posibilitan la evolución y avance de los pueblos.
Jaime, paz en su tumba y en el corazón de los colombianos que añoramos su presencia. Honra eterna a su memoria.
ALONSO OJEDA AWAD
Vicepresidente del Comité Permanente de Defensa de los DD.HH. (CPDH)
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