En la pasada contienda electoral entre el presidente Juan Manuel Santos y el candidato Oscar Iván Zuluaga la sociedad colombiana terminó polarizándose entre los que apostaron sus restos por la continuación de los diálogos con las Farc y Eln, es decir por la paz, y quienes decidieron que era la hora de ponerle un palo a la rueda de la reconciliación y replantear las estrategias que en ese complejo y urgente camino impulsa el Gobierno. Este hecho es el que debemos analizar. Es extraño que un país como el nuestro, que ha vivido y resistido por más de 50 años una guerra y una violencia sin par, decida dividirse, no por macro políticas económicas como sería lo esperable, sino por el tema vital para la subsistencia como sociedad, como es el caso de la paz.
Esta compleja situación llevó a que innumerables opiniones nacionales e internacionales se expresaran sobre la urgente necesidad de implementar, a todos los niveles sociales, una pedagogía o educación para la paz y manejo de los conflictos, que nos permita entender el bien supremo de la paz y cumplir cabalmente el artículo 22 de la Constitución política que expresa que “La paz es un deber y un derecho de cada colombiano y es de obligatorio cumplimiento”.
Este planteamiento constitucional implica una política de Estado para el desarrollo de una pedagogía de paz, la cual debe ser pensada en dos dimensiones: La escuela y los medios de comunicación, haciendo ambos una pedagogía de paz unificada en su concepción y objetivo, el cual no puede ser otro que la construcción de un hombre colombiano estructurado en el equilibrio del ser y el hacer, la autoridad y la libertad, la participación y la responsabilidad social.
Para lograr este objetivo, su punto focal de desarrollo debe ser la formación para el diálogo, esto es, crear las condiciones, concepción, contenidos y didácticas que lleven a la formación de la persona para que sepa dirimir las diferencias en el ejercicio de la escucha y la comunicación activa, ejercida dentro de la noción de una ética de mínimos, entendida como aquel conjunto de principios mínimos indispensables para vivir en armonía. Se dice mínimos porque son pocos los principios, pero deben ser observados por la sociedad, dado que estos son perennes, son los mismos en cualquier sociedad de cualquier tiempo o régimen político, tales como: el respeto, la honestidad, la responsabilidad, la solidaridad, la equidad, la libertad y el amor, principio de principios, a diferencia de los valores que son muchos, mutables, individuales o colectivos, pero su no observancia no afecta la convivencia de un conglomerado social.
De este modo, la educación a todos los niveles y en todos los establecimientos de formación deberán como política de Estado, no solo impartir conocimientos racionales sobre los derechos humanos y la democracia, sino concebidos dentro de una ética vivencial conectada con la felicidad y el buen vivir, de tal forma que el niño, el adolecente y el joven lo sientan y experimenten como algo que le aporta y lo fortalece en la construcción de sus anhelos y proyecto de vida, relacionándose con el mundo con una gran capacidad de interlocución, a partir de un diálogo consciente, “preocupándose primero por entender y luego por ser entendido”.
De la misma manera, debe hacerse con los medios de comunicación (fundamentales formadores o deformadores de cultura), para que el Estado trace una política pública con orientaciones claras sobre la implementación de la pedagogía de paz en referencia, que refuerce de manera permanente a todos los niveles de la sociedad la interiorización de un diálogo consciente y ético, que lo habilite más allá de la resolución de los conflictos, para la construcción conjunta de alternativas de solución de los problemas que se le presenten. Dicha política debe poseer importantes contenidos de autocontrol, para que sean los mismos medios de comunicación los que se autorregulen y vigilen en el cumplimiento de esta, efectuando el estamento oficial correspondiente, auditorías aleatorias que le permitan verificar la existencia de instrumentos y metodologías creados para el ejercicio de la autorregulación y vigilancia, así como la verificación de la implementación de la referida pedagogía de paz.
Johan Galtung, científico noruego y uno de los que más ha trabajado el tema de la paz, se expresa de la siguiente manera: “No hay en nuestra era un desafío espiritual mayor que la reflexión acerca de la paz. Una de sus metas es la eliminación de la violencia; la otra, la conservación de la dignidad y la integridad. Esperemos que tengamos el valor y la capacidad suficiente para consumar la tarea”.
La Universidad Pedagógica Nacional instituyó, en 1998, el Programa Pedagogía de Paz como el espacio académico que ha permitido reflexionar y hacer conciencia sobre los distintos momentos de la paz y del conflicto en Colombia, así como sobre la construcción e implementación de una pedagogía de paz propia para cada etapa del conflicto.
A estos esfuerzos debe comprometerse el gobierno del presidente Santos y brindar con generosidad y esperanza el respaldo amplio y suficiente que permita la trasformación de la sociedad con la construcción de una cultura de respeto y paz entre todos.
ALONSO OJEDA AWAD
Exembajador de Colombia.
Director del programa de Paz de la Universidad Pedagógica Nacional
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