Aunque no ganó, fue el primero en saludar y es que no podía irse sin saludar. “Gracias por venir. Ustedes lo hacen sentir a uno importante. Bueno… hoy no pude, otra vez será. Por ahora, seguimos con el sueño amarillo”. La gente lo ovacionó. Acababan de concluir los Nacionales de Ruta y Nairo Quintana aseveraba que este año la misión no sería otra que la de ser primero en el Tour de Francia, competencia en la que ha sido segundo en dos oportunidades y que ahora, a sus 26 años, ha convertido en el ‘sueño amarillo’.
Y es que ese pálpito lo persigue desde el 2010, cuando siendo adolecente ganó el Tour del Avenir. No sólo lo pensó, sino que también se lo contó a sus compañeros. Es de pocas palabras, pero las que dice las sabe decir, es práctico, habla con el mismo desparpajo en París que en Tuta, a donde va a comer papas rellenas.
Las carreteras de Boyacá lo conocen, porque en ellas forjó su temple. En Cómbita y Arcabuco, pueblo refugiado en un pequeño valle, está fresca la historia de su vida. Allí se enamoró, estudio y allá retorna cada vez que puede. Le encanta su sol, su gente, los profesores del Humboldt y sus historias refundidas entre aulas y pizarrones.
La fe no se pierde
Mientras la competencia discurre, doña Elisa cuenta las primeras andaduras de su hijo. “Fue en Venezuela, estaba muy joven, tenía 16 años, cuando ganó esa carrera. En aquella oportunidad supimos que iba a tener futuro en el ciclismo”. Esta mujer con cara de ángel, relata, con alegrías pasadas, lo que significó ese triunfo.
Más allá, su esposo Luis dialoga con César Augusto Tobón. “Mire, ustedes saben que mi casa en Cómbita es la de todos los colombianos”. Está pletórico, ha venido a verlo, pero se lo ha pasado hablando por la radio. La gente dice que es están popular como sus hijos Nairo y Dayer. Recuerda aquella vez que lo enfrentó contra el hijo de Juan ‘Pistolas’, en una doble al alto del Sote. Fue una apuesta entre cervezas, que se conoció en una crónica del diario El Mundo (España) como la apuesta ‘Borracha’.
“Estamos tomándonos una cerveza y Juan ‘Pistolas’ me dijo que enfrentáramos los chinos. No tenía la plata de la apuesta, pero el compadre Belarmino Rojas, que ya murió, me la prestó. Ganamos. Ese día supimos de qué estaba hecho Nairo”. A la llegada a Fuente Vicuña, Nairo le sacó al hijo de Juan ‘Pistolas’ una diferencia, no en minutos, sino en kilómetros… Ocho de ventaja.
Los profesores lo recuerdan como un alumno de esos que no se quedan, pero tampoco despuntan, va a media marcha, con objetivos claros. Los tuvo desde cuando descubrió que en la bicicleta le rendía más que a otros y que a su escasa edad podía tomar la rueda de los experimentados y hasta atacarlos. “Cuando por primera vez vine a Europa les dije a mis amigos que algún día me iba a ganar una etapa y después el Tour. Ellos me decían… usted… ¡qué vaaa!”.
Adelante
Al golpeteo de parchas, la gente se lanza a ver y aupar al ídolo. Desde un balcón Rubén Darío Arcila y Carlos Augusto Tobón, dos relatores legendarios, describen el paso de los pedalistas. Allí están Anacona, Henao y otros que se han paseado bajo los soles del mundo para llegar a esta sempiterna ciudad de Tunja en busca de la gloria, que significa llevar en el pecho, por una temporada, el tricolor colombiano.
Es la final de los Nacionales de Ciclismo. La carrera que partió de Sogamoso pasó por Tibasosa, Duitama, Paipa y está en Tunja, para girar sobre un anillo de 14 kilómetros en los que los ciclistas deberán superar rampas y ascensos demoledores. Es domingo, y la gente ha venido, como en el aguinaldo boyacense, a ver a sus ídolos. Mientras, los narradores gritan que Boyacá es orgullo de América.
Lejos están los días en los que, de la mano de su padre Luis, llegaba en busca de elementos para el agro. Tunja está en sus sueños. Dicen que fue Nairo quien solicitó a la Federación Colombiana de Ciclismo que los Nacionales de Ruta se compitieran en Boyacá. Quería que la gente lo viera trepando esas rampas que desembocan en la plaza principal, refundido en el lote dando pelea a una jauría de pedalistas que gustan de la gloria tanto como él.
La carrera
En el alto del Sote, un campesino comenta: “por aquí pasaba todos los días, son gente buena, yo iba a Cómbita a comprar mazorcas, hice negocios con él y su padre” En la carrera, un grupo toma las primeras rampas. La noticia cae como agua fría, en esa fuga no está Nairo, pero si Cayetano, su paisano y amigo de primaria. La diferencia, primero, es de un minuto; luego, dos, hasta llegar a cuatro. Hay un mal augurio. Las sirenas abren paso al pelotón y la gente arremete contra las vallas.
Nairo apura, toma la rueda de Sergio Luis Henao, busca la punta. Está en el último repecho, forcejea con Ávila, Cayetano, Chalapud y Anacona. Ávila pasó a tan solo 200 metros de la línea de meta, pero esa distancia no le alcanza a Nairo para llegar y un caleño lo supera en las calles de su ciudad.
¡Otra vez será! No lo dice, pero le hubiera gustado llegar primero. Allí es ídolo. La multitud olvida al ganador y va en romería tras él. La autoridad lo refugia en el palacio arzobispal. Los paisanos quieren tocarlo, que se detenga, que les hable, que les comente y les dé buenos augurios. Es el centro de todo.
Un compromiso.
La carrera es historia. Aunque poco se sepa, aquella fue, de las pocas veces, que ha competido en su país. Es un hombre comprometido con su gente, le brota el afecto por Boyacá y Colombia. Todos quieren entrevistarlo, a todos atiende. Es franco, directo, le hace ilusión saber que cada día va mejor. Fue a su escuela Humboldt a entregarles bicicletas a los niños. Pasó por Europa, ganó la Vuelta a Cataluña y disputó la Vuelta al País Vasco, donde fue tercero detrás de Corredor y Henao. Se alzó con el tridente en la Terreno Adriático y cerró con las Rutas del Sur.
Así pues, que nadie se fie, es ambicioso le gusta ganar, trabaja para eso. Sobre la bicicleta es sobrio, silencioso, como cuando emprendía el camino de regreso a casa. Arrastraba, en algunas oportunidades, la bicicleta de su hermana, amarrada a la cintura. No es aficionado, es un profesional que no pierde el entusiasmo por los niños. “Cuando me dicen vamos Nairoman, me da mucha moral, mucha alegría”.
Ha venido a despedirse y a pedirles a sus paisanos que lo acompañen en este empeño. Su padre Luis le recuerda, “bueno hágale, que usted puede”, o las advertencias de su tío, “mire pa’tras cada vez que pase un rival, no vaya y sea que se le pongan a rueda”. Con la jocosidad del campesino boyacense cuenta esas anécdotas que lo han traído nuevamente a Europa con la ilusión de otras veces, ser el ganador de la prueba ciclística, por etapas, más importante del mundo, el Tour de Francia y como lo dijo: “vestido de amarillo”, porque la gente sueña con eso.
JUAN RICARDO GELVEZ
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
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