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El lunes se entregará el premio a la Mujer Cafam - 2016. La hermana Luz Carrero es una de las 20 candidatas.

MUJER CAFAM – 2016. Hermana Luz Dina, “el premio nos vendría súper bien”

CÚCUTA.- La llamada telefónica entró de sorpresa. Al otro lado de la línea celular la voz anunció esa buena nueva que quisieran escuchar las mujeres dedicadas a trabajar por el prójimo. “Usted fue elegida como la Mujer Cafam por Norte de Santander”. No había mucho por responder.

La hermana Luz Dina quedó perturbada, tanto o más que María cuando recibió la visita del arcángel Gabriel para anunciarle que sería la madre del Salvador. Solo que esta vez las palabras provenían de un ser humano y le decían que debía competir con otras por el título nacional del 2016.

Son 20 las ‘Mujeres valientes de corazón’ que disputan este honor en representación de los departamentos colombianos. La Caja de Compensación Familiar lleva 55 años de actividades en el país. En los últimos 27 ha elegido a la mujer que ayuda a poblaciones desfavorecidas y vulnerables.

Corría la década de 1960 cuando don Víctor Carrero y doña Santos Fuentes decidieron dejar el fresco de Cucutilla para unirse a los campesinos que migraron a la calurosa ciudad en busca de mejorar la vida. Llegaron con los hijos al naciente barrio Belén, formado sobre los restos del basurero, al occidente de Cúcuta.

Las calles empedradas fueron recorridas en múltiples ocasiones por esa niña que veía en los padres el ejemplo perfecto para seguir. El apego al templo, la amistad con el párroco y el deseo de su hermano de ser cura sirvieron para despertar en la adolescente el anhelo por servir a Dios. Los primeros años los vivió en medio de las dificultades que proporciona la pobreza material, aunque con alegría porque el camino señalado en el hogar era el ideal.

Siempre le llamaron la atención los hábitos y recibió formación cristiana en la casa. Los padres fueron católicos. “Mi madre fue una mujer de testimonio y eso me ayudó” en el momento de tomar la determinación. Fue difícil, pero la tomó y en el momento preciso. Cuando en el barrio se regó la noticia de su vinculación a una comunidad religiosa a pocos sorprendió. A los 21 años, entró a la vida religiosa, en Bogotá.

Primero quería unirse a la comunidad de las Lauritas; sin embargo, le pusieron inconvenientes. Luego puso los ojos en las Trinitarias y está segura de que sí es lo que quería. “Estoy contenta y soy feliz”, así no usen hábitos. “Valoro mi comunidad, la amo tal como es, me han apoyado mucho”. Solo tiene agradecimientos para con los miembros de esta familia. Aprovechó la estadía en la capital del país para estudiar auxiliar de enfermería y catequética.

El primer contacto con las poblaciones marginadas lo tuvo en Subachoque, a donde fue enviada para trabajar con los campesinos y para formar a los niños en la fe católica. Pasaron tres años hasta que la trasladaron a Medellín. Trascurrieron otros tres años en labores de enfermería, atención del comedor infantil y catequesis.

Y llegó la prueba de fuego. La enviaron a Madagascar, frente a la costa sureste del continente africano. El gentilicio es malgache y el idioma nacional es el malgache. El segundo idioma es el francés. El 90 por ciento de la población gana menos de dos dólares al día. La mayoría de los habitantes tienen creencias tradicionales, son cristianos, o profesan una mezcla de ambos.

En dos años de permanencia conoció de cerca las necesidades. Laboró en la cárcel, cuidaba los enfermos, las celdas eran pequeñas y los internos no tenían camas, dormían sobre tablas. “Tenía que trabajar con las uñas”. No aprendió la lengua nativa.

Esa experiencia, más que religiosa, la marcó por la pobreza con la que lidió. Las mujeres visten una especie de sábana y los hombres bermudas. A pesar de esta situación calamitosa, siempre viven agradecidos por lo poco que recibía. “Había más impotencia en mí cuando no podía solucionar un problema”.

El aprendizaje con el que regresó de Madagascar es grande. Destaca los valores de la humildad y el saber vivir con lo que se tiene. Ahora, valora hasta los bienes más mínimos. “La situación era tan crítica que cuando llegaba una carta, escribía en el sobre”. Reconoció que las vivencias del barrio Belén (Cúcuta) le sirvieron de molde para soportar lo que tenía al frente y ser mejor persona.

El destino le tenía preparado otro viaje. Esta vez más cerca, para España. En el viejo continente vivió cuatro años. Volvió a Cúcuta para ponerse al frente del Hogar Asociación Misionera Católica ‘Ana Francisca’, en el corregimiento San Faustino. En el 2000, comenzaron a atender niños de la calle, pero las dificultades crecieron con el trascurrir de los días.

En atención al carisma liberador que profesan cambiaron para atender los niños de barrios cucuteños. No tienen ningún tipo de ayuda oficial, solo de algunos particulares y empresas privadas. Así han atendido 720 niños en los largos años de labor misionera.

Han sido 15 años de trabajo y llega el reconocimiento al esfuerzo y la dedicación con la postulación para ser ‘Mujer Cafam’. “Es como una puerta que se abre para que se conozca la misión, para que los generosos nos apoyen porque vale la pena ayudar a los niños”. Pero delante tiene a otras 19 mujeres valiosas, con experiencias de vida que les pusieron ‘los pelos de punta’ a los jurados.

La hermana Luz Dina está segura de que el premio no la haría cambiar en nada su manera de ser y de sentir. Todo lo contrario, desde este momento piensa que el premio en efectivo le vendría bien al hogar y hasta tiene las cuentas listas para hacer la inversión. Si no gana levantará los ojos al cielo y agradecerá porque ahora el país conoce de su obra. La elección será el 7 de marzo.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: ALDAIR SALAZAR

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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