Las Experiencias Traumáticas de Aula (ETA) se practican y se viven a diario en las instituciones educativas. En preescolar todos quieren cumplir con la solicitud de la maestra, pero solo uno la puede hacer. Por ejemplo, borrar el tablero. Los demás, son privados de la buena intención con un no rotundo. Algunos llorarán el infortunio de no haber podido hacer algo que querían hacer.
Mi papá me decía: “este carajito como no sirve para nada se mete en todos lados”. Era que yo quería hacer las cosas. Así son los niños, incapaces, pero con ganas de trabajar. El problema es cuando les dicen no y matan sus ilusiones. La escuela es experta en decirles no a los estudiantes. Igual, la familia. La sociedad y el Estado siempre dirán no, porque habrá una razón para no decir sí. Cuenta una anécdota que un niño cuando se presentaba decía: “mi nombre es Freddy, No”. Cuando le preguntaron por qué se llamaba así respondió seguro: “Mi papá, siempre me dice: ‘¡Freddy, No!’ Por lo tanto, ese es mi nombre”.
Decirles no a los niños es una manera de truncar iniciativas presentes y posteriores. Luego, se vuelven apáticos y no quieran hacer nada. Decirles no es probarles su incapacidad, su inhabilidad política para asumir responsabilidades propias de la edad.
Una historia cuenta que había una vez dos niños que patinaban sobre una laguna congelada. De pronto, el hielo se reventó y uno cayó al agua. El otro, viendo que el amiguito se ahogaba debajo del hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró quebrarlo y salvar al amigo.
Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron: ‘¿Cómo lo hizo? El hielo está muy grueso, es imposible que lo haya podido quebrar con esa piedra y sus manos tan pequeñas’. En ese instante apareció un anciano y dijo: “Yo sé como lo hizo”.
“¿Cómo?” Le preguntaron al anciano. “No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo”. No le diga no a su hijo estudiante, oriéntele el trabajo.
Si cuando se quiere se recibe como respuesta no, después no se tendrá iniciativa para nada. Observen y pidan un favor en los cursos superiores, para probar quién sale corriendo a hacerlo como en preescolar. Nadie quiere hacer nada. La razón es que durante 11 años se les ha dicho que no; entonces, aprendieron a no hacer nada.
Los jóvenes de último año quieren salir a estudiar para arreglar el mundo, para solucionar los múltiples problemas que los mayores no han podido resolver en toda la historia, quieren hacer justicia, practicar valores. A ellos no hay necesidad de decirles que no, suficiente que se den cuenta de que no tienen muchas alternativas de acción, pues quienes tienen el poder han definido la ruta por seguir. Suficiente con escuchar un “hace tantos años que estamos haciendo esto o aquello de tal o cual manera, no venga a cambiarlo usted de la noche a la mañana con su inexperiencia”. Suficiente para ellos, también, tener que desistir de toda buena intención cuando enfrentan realidades como la corrupción que campea en todas las instituciones. No es necesario decirles que no, es inevitable que ellos por sus convicciones no lo hagan.
Entre preescolar y undécimo pasan en promedio 12 años, llenos de negaciones y de normas que a veces forman, educan, siembran valores; pero también niegan, traumatizan, cohíben, frustran y todo ello, en nombre de quien se ha dicho es la mejor alternativa al subdesarrollo: la educación.
¿Cómo es entonces una ETA en el colegio? La experiencia de haber recibido un no, cuando se tuvo iniciativa. Suficiente con ello para aprender que en la Escuela no se hace siquiera lo que el maestro dice, sino que en la Escuela se tienen experiencias traumáticas de aula, cuando no se alcanza a hacer el favor que el maestro pidió, como el niño de preescolar, o cuando no se tuvo la oportunidad de hacer algo distinto, como el joven que salió bachiller.
WENCITH GUZMÁN G.
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