CÚCUTA.- El 26 de octubre de 1999, comenzó otra vida para José Francisco Palacio Acosta y sus tres hijos. Ese día salieron a las carreras de La Gabarra, donde vivían, y se convirtieron en otras víctimas de la violencia. Ciento setentaitrés meses después, no han salido de esa condición y arrastran el dolor del menosprecio estatal y el desprecio de la sociedad.
Este hombre, nacido en Ábrego (Norte de Santander) hace 52 años, conserva el acento de los oriundos de la provincia de Ocaña. El rostro deja ver las marcas del sufrimiento, la voz se le quiebra al relatar el viacrucis y los ojos enrojecen, porque no quieren que otra lágrima ruede por las mejillas envejecidas y arrugadas.
Al principio de la huida, a pie por entre el monte, afrontaron las inclemencias de la soledad y pasaron hambre. El cuerpo les ardía por las quemaduras que les provocaron las fumigaciones áreas. Las aspersiones con glifosato tenían como objetivo acabar con los cultivos de matas de coca y terminaron con la alegría de José Francisco y sus hijos.
El largo y penoso caminar los llevó a la ciudad donde no los recibió alguna de las instituciones creadas para atender a los desplazados por los grupos armados. En Tibú les entregaron el carné del Sisbén y los enviaron a Cúcuta, donde buscó ayuda en la Procuraduría, la Contraloría, la Defensoría del Pueblo, Bienestar Familiar, Gobernación y Alcaldía. Golpeó a las puertas y las encontró cerradas.
– Lo único que les daba era asco, cuando me arrimaba con los tres niños, de uno, cinco y seis años. No recibí ni un vaso de agua.
Contó la historia una y otra vez en procura de apoyo. Los cucuteños, indiferentes, lo vieron deambular y tampoco tuvieron un gesto de solidaridad para tenderle la mano. Hasta que alguien los montó en un carro y los llevó a Migraciones. En esa casa vivieron 45 días, recibían una ración de comida diaria.
En el peregrinar, los niños pasaron por el Asilo Andressen y en una escuela de la Libertad intentaron aprender a leer y escribir. Hoy, cuando son mayorcitos, no conocen las bondades que ofrece la preparación primaria. Ni siquiera han podido soñar con llegar a la universidad.
José Francisco narra con emoción estas experiencias. Las palabras forman frases que salen con dificultad. La mirada está perdida, como las ilusiones por darles un presente seguro a los muchachos. Y ni pensar en que el futuro pueda mejorarles la existencia. En ese afán viajó a Venezuela. Se ofreció como obrero, como jornalero, quería trabajar.
De vez en cuando regresaba a Cúcuta para enterarse del avance del proceso. Lo único que obtenía como respuesta eran amenazas y ofensas proferidas por los funcionarios encargados de buscarle una solución a su caso de desplazado.
– Me decían que si yo creía que el Estado me iba a mantener o que si creía que me la iba a pasar como amenazado toda la vida.
En Venezuela lo humillaron. Lo trataron de vividor, le dijeron que estaba quitándoles el alimento a niños que de verdad lo necesitaban, que en Colombia como desplazados lo tenían todo, que el Estado los ayudaba. Todo resultó invención de los empleados, porque es la hora y no conoce un lápiz que le haya regalado una institución colombiana.
En una bolsa plástica, negra, guarda documentos con los que comprueba que lo que dice es verdad. Saca las copias y las muestra. Señala las que no lo dejan mentir. Uno de esos papeles da cuenta de útiles escolares recibidos. Cuando pregunta en qué momentos se los entregaron, nadie responde.
En los 14 años que José Francisco cumplió como errante, no ha recibido en ayuda material más de $ 600.000. En diciembre del 2013, recibió $ 250.000. Para acceder a esos recursos debió interponer tres tutelas. Y para colmo de males, en el recibido aparece que le dieron $ 270.000. Por el camino se extraviaron $ 20.000.
La apariencia física de este hombre no es la mejor. Visto a las carreras parece indigente. La imagen que proyecta la corrobora la vestimenta. Camisa arremangada, bluyín y zapatos sucios. Olor agrio por el sudor, barba de varios días y desprovisto de dentadura. Explicó que los dientes se le cayeron a raíz del glifosato.
Buena parte de los últimos días los ha vivido en la calle. Ahora, vive a la orilla del río. La esposa se fue de su lado hace muchos años, antes de comenzar la tragedia. La violencia le destruyó el hogar. Los hijos lo han abandonado poco a poco. El mayor está por ahí y a los otros dos de vez en cuando los ve. Breider tiene 21 años, no tiene estudio ni futuro; Andrés Eduardo, 20, y José David, 16. Están regados, sin proyectos, sin nada.
– Me tienen destruido desde el 2001, teniendo una carta de desplazado que me entregaron cuando salimos de Migración.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Contraluz.CO Sólo Periodismo