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A las 6:00 a.m. el sistema me asignó un número y me convirtió oficialmente en una cifra. / Foto: Especial para contraluzcucuta

INMIGRANTES EN ESTADOS UNIDOS (2). Ninguna madre debería ser separada de sus hijos

La presión era abrumadora

Entre la falsa información de los agentes —que aseguraban que mi caso estaba cerrado cuando no era cierto— y el peso del encierro, mi mente buscó una salida desesperada: volver para luego resolver. Influenciada por el miedo y la manipulación, opté por la “salida voluntaria”.

Llamé a mi familia para comunicarles mi decisión y ellos, en medio de la angustia, aceptaron. Los agentes, satisfechos con su cometido, me pidieron los pasaportes para gestionar el vuelo. Al regresar a la celda, la realidad me golpeó de nuevo. Mis compañeras, voces de una experiencia compartida, me advertían con insistencia: “No traigas a tus hijos, no dejes que los acerquen aquí, separan a las familias”.

Mi único norte era la libertad junto a ellos y, mi urgencia por salir de aquel agujero, desoyó las advertencias. Entonces, recordé un detalle técnico que lo cambiaría todo: mi pasaporte estaba a punto de vencer. Solo pasaron unos minutos antes de que el agente regresara para confirmar mi sospecha: mi pasaporte había expirado hacía cuatro días. Aquello cancelaba cualquier vuelo comercial.

Con frialdad, me soltó la nueva condena: debía esperar ocho días más, hasta el 2 de julio, para el próximo vuelo de deportación familiar. Permanecería detenida hasta entonces. Mi inconformidad ante la idea de estar separada de mis hijos tantos días no conmovió a nadie. Llamé a mi familia para frenar el viaje que estaba previsto para la mañana siguiente y colgué, hundida en la incertidumbre.

Los mismos dos hombres que me habían capturado regresaron. Me esposaron y me subieron al auto, con la promesa de llevarme a un lugar donde pasaría la noche. En el trayecto, mis preguntas sobre la violencia de mi detención recibieron una respuesta inquietante: me habían reportado y solo el FBI, tras analizar las muestras de ADN que me habían tomado, definiría mis cargos.

Prisión

A las 9:00 p.m. llegamos a la cárcel. Era la primera vez que veía una de cerca y el terror me vació las fuerzas. Solo podía llorar desconsoladamente mientras los agentes se marchaban. La oficial que me recibió, dominicana, escuchó mi historia con empatía inesperada. Me explicó que mi presencia allí se debía al nuevo convenio entre ICE y las prisiones de Florida para albergar inmigrantes. La amabilidad tuvo un límite físico: tuve que desnudarme, agacharme y toser.

En ese acto protocolario de inspección corporal, entendí que había alcanzado mi máximo nivel de vulneración. No tenía derechos, solo el uniforme y las palabras de consuelo de la oficial que me pedía orar. En la siguiente estación, el destino puso en mi camino a un oficial colombiano. Al revisar mi historial, sus palabras fueron un bálsamo y una bofetada a la vez: “No tienes cargos. No se te acusa de nada”. Confirmó que estaba allí solo porque alguien me había reportado. Por primera vez en horas, alguien mencionó una salida: podía defenderme y solicitar mi libertad por medio de un abogado.

Me llevaron al lugar que llaman El Retén, espacio de tránsito más sucio que Miramar y con la misma estructura. Allí, entre ocho mujeres, una energía positiva me guio hacia la única cara latina. Sin conocerme, me hizo lugar a su lado. Hablamos, oramos y, en un gesto de ternura que aún me conmueve, me ofreció las piernas para que descansara mi cabeza.

Dormí unos minutos en medio de ese desastre. A las 6:00 a.m. el sistema me asignó un número y me convirtió oficialmente en una cifra. Pude llamar a mi esposo y escuchar que iba camino a reunirse con el abogado. El alivio duró poco: me subieron al segundo piso.

Al entrar en la celda definitiva, sentí un frío que recorrió el cuerpo. No era solo la temperatura, era la atmósfera de ese lugar que parecía diseñado para quebrar el espíritu. La celda era un cubículo claustrofóbico y asfixiante. A un lado, la litera de metal con dos colchonetas delgadas y gastadas; al otro, la visión más degradante que he tenido que enfrentar: el inodoro en estado de deterioro absoluto, desbordado de residuos y suciedad acumulada, como si el tiempo y la dignidad se hubieran detenido allí hace mucho. El lavamanos era un adorno inservible, no salía ni una gota de agua. No había ventanas. La única conexión con el mundo era la rendija mínima en la puerta de acero, espacio apenas suficiente para confirmar que seguía cautiva.

Al cerrarse la puerta con un estruendo metálico, mi cuerpo simplemente se rindió. Experimenté una crisis devastadora: el aire dejó de entrar en mis pulmones y sentía mis piernas paralizadas, no pude moverlas. Me desplomé en ese suelo sucio y pasé dos horas perdida en el llanto que no tenía consuelo. En medio de aquel encierro, me hundió la idea de que todo estaba perdido.

No lograba procesar qué hacía en ese lugar. Toda la vida me había esforzado por cumplir las reglas y actuar con rectitud, precisamente, para jamás terminar en un sitio así. Sentía que el mundo se había invertido: estaba en una celda sin haber cometido acto ilegal alguno.

FRANCY URREA

(Continúa mañana)

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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