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Héctor y Fabio, o Martínez y Mosquera, o La Sombra y Guaracha, tienen un lugar en la historia rojinegra. / Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

HISTORIAS DE FÚTBOL. La Sombra y Guaracha, dos glorias motilonas que desean volver a la ciudad

CALI – Valle del Cauca.- Aunque jugaron en temporadas diferentes, defendieron con el mismo ardor la camiseta rojinegra, fueron ídolos de idéntica afición, hicieron respetar el otrora fortín motilón y guardan los mejores recuerdos de la ciudad que los acogió. Héctor Martínez y Fabio Mosquera se juntaron en Cali para retrotraerse y volver al pasado que añoran.

La Sombra, con más años de vida y de experiencia, y Guaracha, con la calidad humana que desplegó en la capital de Norte de Santander, recordaron esos momentos que disfrutaron en el General Santander. En la memoria aparecieron los nombres de compañeros y rivales, los remoquetes de criollos y foráneos, los goles recibidos y los tantos convertidos.

Jugaron en posiciones diferentes. El uno, en la portería, dedicado a mantener en cero el arco del club fronterizo, y el otro, encargado de vulnerar las porterías adversarias. Esas responsabilidades las asumieron en las distintas plazas que visitaban para volver a casa victoriosos.

A Martínez le correspondió posar en la foto con el trofeo ganado como subcampeones del fútbol profesional colombiano (1964). A Mosquera le tocó iniciar una nueva década (1970) en la que el once rojinegro descolló en el rentado nacional. Cada uno en su época supo granjearse el calor de los hinchas que ensalzan cuando deben hacerlo y reprochan en el momento indicado.

La Sombra Martínez cumplió 84 años, la voz está cansada y no tiene ese vigor que cuando ordenaba a defensas, volantes y delanteros. El cabello blanco es testigo del trascurrir del tiempo. La piel mantiene el color negro y el espíritu deportivo se conserva para hablar del fútbol que jugó y del que ahora ve por televisión. El cuerpo sigue largo, como cuando atajaba y aprovechaba esos 190 centímetros de estatura para ahogar los gritos de gol.

En 1965, entre los compañeros de equipo destacaban Omar Verdún, Brucesi, Terra, Lauro, Pignarelli, Zapiraín. Entre los locales figuraban Guillermo Santander, Germán González, Juan de Dios Díaz, Jaime Illidge, Gilberto Ramírez. Con gracia recordó que el camerino era un zoológico con El Burro, El Palomo, El Culebro y Chita, acompañados por Jojoto.

“Económicamente, no pagaban nada. Uno jugaba por amor, por el reconocimiento de la gente, no más”. Pasó a buen retiro cuando jugaba para Santa Fe. Se inició en el Boca Juniors de Cali, fue al América, Deportivo Cali, Independiente Medellín, Quindío, Pereira, Tolima y Bucaramanga.

 

Para los cucuteños solo tiene halagos. “La gente era muy buena y lo quería a uno mucho”. Los aficionados lo recibieron con los brazos abiertos. El compromiso adquirido era cumplir con el contrato. El entrenador, Luis Alberto Miloc, era exigente. “Siempre fui un jugador disciplinado”.

Pasar del Cúcuta a Bucaramanga, rivales en el Clásico del Oriente, no estaba bien visto. Héctor Martínez lo hizo y no tuvo problemas. Rompió un tabú futbolístico y la afición no lo recriminó.

Entre los compañeros “cómo no me voy a acordar de El Burro González. Ese era un ‘maldito’. Malo, malo, malo. Le encantaban las maldades, qué muchachito para gustarle la maldad”.

No tiene presente el peor gol que le marcaron, ni con el Cúcuta ni con otro club. De lo que sí está seguro es de que “el fútbol actual es un negocio” y lo repite para que quede claro. “Es un negocio”.

Héctor Martínez tiene entre los anhelos volver a Cúcuta para saludar a la gente que dejó cuando se marchó para Bucaramanga. “Fui ídolo. Me hacía querer de la gente”.

 

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Fabio Mosquera le debe el remoquete, Guaracha, a un amigo de la infancia. Jugó en Deportivo Cali, Cúcuta Deportivo, Junior, Medellín y Tolima. Estuvo en la selección juvenil de Colombia que disputó en Asunción (Paraguay) el Sudamericano de 1967, y los Olímpicos de México (1968).

Para la de mayores lo llamó el profesor Toza. Eran 29 jugadores y cuando necesitaron desligar a cinco, lo escogieron y quedó por fuera. “Me extrañó, porque andaba bien en ese momento y no entendí por qué me sacó”. Cuatro años después, luego de los Olímpicos lo tentaron para ir al futbol mexicano. No pasó nada. En 1974, lo llamaron de Caracas y Alex Gorayeb no lo dejó marcharse de Cali.

Sin ser zurdo jugó por la punta izquierda por culpa de un entrenador que vio la habilidad para pegarle con esa pierna y lo ubicó en esa posición. Por la memoria discurren los nombres de Orlando Puerto, Centeno, Chonto Jaimes, Álvaro Contreras, Alejandro Sinisterra y “si me largo a nombrarlos a todos, no terminamos”. Paflic, Dante Lugo, Juárez, están entre los extranjeros.

“Nunca olvidaré esas tardes de fútbol exquisito”. Era la época en la que al jugador no lo programaban. El futbolista tenía libertad de expresar toda esa condición técnica que Dios le regaló. “Al jugador no lo maniataban con la táctica de hoy, era libre de inventar, de crear”.

Esas tardes vividas en el General Santander son parte de la historia personal de Fabio Mosquera. Hace tres años vino a la ciudad, no entró al estadio, lo vio desde la ventanilla del carro y recordó con los amigos esos instantes que perduran en la memoria. Desde cuando se retiró del fútbol no ha pisado la gramilla del escenario deportivo local.

Al hablar del Cúcuta Deportivo actual, en la segunda división del fútbol profesional, le duele. “La historia que plasmó fue grande, gloriosa, para hoy verse ‘pordebajeado’ en la categoría B”. Cambia el tono de voz al referirse al fútbol colombiano. “Ha progresado y se le ha hecho un reconocimiento internacional”.

Los jugadores van a Europa y a Asia, porque se metieron en la dinámica internacional. “En la época de nosotros si salieron dos o tres al extranjero, fueron muchos”. En los últimos años Colombia ha mejorado el roce, en Brasil 2014 ocupó una casilla de honor. “Lo que no me gusta es que con las tácticas han coartado la diversión”.

De los jugadores cucuteños no tiene uno para escoger como el mejor amigo. “Todos fueron mis grandes amigos”.

Héctor y Fabio, o Martínez y Mosquera, o La Sombra y Guaracha, tienen un lugar en la historia rojinegra. Lo ganaron no a las patadas, sino con jugadas que hacían delirar a los aficionados. Han transcurrido varias décadas desde el paso de este par de hombres por la institución, pero sus nombres se mantienen intactos en los anaqueles que guardan los recuerdos futboleros motilones.

BENITO BONILLA

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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