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Hasta 500 metros de pita se le suelta a una cometa para que se pierda en el aire. / Fotos: Acord Informa

EN EL AIRE. Volar cometa, tradición con ambiente familiar

CÚCUTA

La elaboración de una cometa es difícil. Hay que seleccionar las varas, amarrarlas, hacer el marco, cortar el papel, pegar y montarle los frenillos. Luego, hay que conseguir la pita y los retazos para la cola. Eso era en épocas remotas. Ahora, solo basta con pasar por los puestos de venta y escoger el modelo colorido llegado desde China o Japón.

El proceso manual y artesanal, que deparaba momentos de alegría y compañerismo entre los armadores, ha quedado relegado al recuerdo de dos o tres generaciones anteriores. Niños y jóvenes de hoy, con escasas excepciones, conocen las cometas como antaño se elaboraban. Esta prole pasa por la calle y ve en las cuerdas, colgados y expuestos al sol, paquetes con barriletes, papelones, voladores y papagayos. Los motivos resultan atractivos para los clientes.

Las chinas tienen mayor demanda en el mercado infantil y son preferidas por los colores y las imágenes estampadas. Las hay con superhéroes, escudos de equipos de fútbol, personajes y programas de la televisión, animales de toda especie y figuras geométricas.

Las tradicionales son hexagonales u octogonales, plásticas, unicolores, aburridas y difíciles de volar. Del papel vejiga, que se eliminó por la fragilidad en las alturas, se pasó al plástico y a la tela impermeable. Los manteles para piñatas, en esta época, toman otro uso y sirven para el decorado de cometas. No faltan la rojinegra y el tricolor, porque seguro algún aficionado al fútbol se las lleva.

José Alejandro Correa, hace mucho tiempo tomó un punto estratégico para ofrecer a conductores y pasajeros ese producto que tiene auge solo en agosto. No hay nada más extraño que intentar poner en el cielo una cometa, en cualquiera de los once meses restantes. En la Avenida Los Libertadores, casi al llegar al puente Elías M. Soto, ahí cumple la sagrada cita con el viento de agosto.

En la lejana niñez agarraba las hojas de los cuadernos, las doblaba, les hacía frenillos y las echaba a volar. Después, agarró la cañabrava, la partía, usaba papel periódico y la pegaba con la cuajara. Nadie le enseñó ese arte, de manera empírica comenzó la producción y cuando se dio cuenta era experto. Buscaba papel, imaginaba el prototipo, daba rienda suelta a la creación y al poco tiempo tenía el ejemplar listo.

En la prueba aprendió a ajustar los frenillos y que el rabo debe medir 20 metros, porque entre más largo sea, menos volteretas da la cometa. Son experiencias que hoy describe como enseñanzas, por si alguien se atreve a inventar un modelo o a curiosear en este mundo de las manualidades.

Luis Enrique las vende en la cancha de Niza. Ahí, la fiesta es familiar. La tarde dominical se convierte en encuentro de niños y adultos que juegan a elevar la cometa. Los gritos de los padres animan a los hijos a soltarle pita para que se encumbre.

La tradicional tiene que manipularse entre dos. Uno, agarra la pita, y otro la lleva a 10 metros, y la suelta. El encargado de la cuerda la encumbra y la agita para que coja vuelo. Verla allá, vecina de las nubes, despierta satisfacción.

Cuando no despega, la frustración es grande. Se revisa, se chequea que todo esté bien y, después, a intentarlo de nuevo hasta cumplir el cometido. A veces, se corre con mala suerte y la pita se revienta. La cometa cae en edificios, entre las cuerdas de la energía, en las ramas de los árboles. Esfuerzo y dinero se han derrochado.

El lamento salta al ver cómo después de minutos y brazadas el cordón se revienta y la cometa toma un rumbo incierto. La mirada la sigue hasta donde comienza a desvanecerse en la distancia. Cualquier lugar la recibirá. Aquí, quedan la tristeza por la pérdida y la emoción de haberla visto en el cielo durante un buen tiempo.

Este año, como de costumbre, los fabricantes comienzan la tarea en julio para tener la mercancía lista en agosto. Van por los espacios en los que hay mayor afluencia de público. La jornada empieza a las 7:00 de la mañana. Tienden la soga y le cuelgan 30 cometas. Otras tantas permanecen en el suelo. La vista es agradable por la multiplicidad de colores, formas y figuras.

En la tarde, cuando se insinúa la noche, desanudan la cuerda y guardan las reservas para emprender el regreso a casa. Al día siguiente, cumplen con la rutina que le impone el viento. Vuelven con la fe puesta en que los clientes aparecerán en cualquier momento.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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