La descomposición social de un país, que día a día se llena de noticias desesperanzadoras, es lo que despierta a los colombianos. Al margen de los hechos cotidianos, intrínsecos que nos puedan llenar de satisfacciones por los logros personales, el ambiente general que persiste es de una sociedad que raya en la demencia.
El ataque vil al que fue sometida Rosa Elvira Cely, en Bogotá, da una muestra clara del estado mental de muchos compatriotas. Enajenamiento total, encajado dentro de una sicopatía es lo que nos muestra esta triste noticia. Y una vez más, la mujer ha sido la víctima. Violación con la más atroz de las torturas como es el empalamiento tuvo que soportar esta mujer al ser agredida por, presumiblemente, compañeros de estudio.
El accionar de estos individuos refleja la actitud de una conducta sexual fuera de lo normal. De catalogarse como una parafilia, al extremo bárbaro de una anormalidad total, su actuar solo persigue la crueldad para obtener placer. El empalamiento al que fue sometida esta humilde colombiana representa uno de los mayores vejámenes a los que puede ser doblegado un ser humano. La introducción de palos por la vagina u otro orificio del cuerpo, con el indescriptible dolor ocasionado, suscita exacerbación sexual en mentes insanas.
El empalamiento, práctica usada en los siglos XV y XVI, por guerreros que defendían con crueldad sus límites geográficos, se hizo notorio con el obrar macabro de Vlad II Dracuale Tepes, conocido como ‘El príncipe de Valaquia’, en la antigua Rumania. Conocido con el apodo de “El Empalador”, con sangre fría llegó a empalizar a todo un pueblo, que se le estaba rebelando, manteniendo los cuerpos como muestra agonizante de lo que podría ocurrirles a los que se atrevían a enfrentarlo. Escarmentaba, en esa forma, a sus enemigos que ante la crueldad de esta práctica en muchas ocasiones preferían huir.
El que se viva esta práctica en nuestro país, en un ámbito sexual, es altamente preocupante. Nos da indicios del grado de desmejoramiento social en el que estamos sumergiéndonos, donde los valores morales, la ética y el respeto por la vida no tienen sentido.
Violación con prácticas medievales, con el solo anhelo de infligir crueldad a la víctima, de gozar con el dolor ajeno, de lograr llegar a una excitación sexual, solo muestra el alto grado de locura que presentan algunos individuos. ¿Qué hacer para evitar estas conductas? Es la pregunta que las personas de bien nos hacemos. Difícil dar una respuesta apropiada. Pues el intrincado funcionamiento de la mente humana es uno de los secretos mejor guardados de la naturaleza.
ISBELIA GAMBOA
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