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CRÓNICA. Visita nocturna a la Terminal de Trasportes

CÚCUTA.- El lugar es feo, desagradable, tiene una ubicación rara y los vecinos son despreciables. Está  rodeado de la escoria maloliente y desocupada que espera a algún viajero  desubicado para quitarle lo poco o mucho que lleva. Es un nido de perdición y enojo. Tiquetes caros con gasolina barata, sin salas de espera y el calor a cien.

6:00 de la tarde. Hora pico. Lado opuesto hacia donde señala  el indio motilón. Se escucha el madrazo del hombre y saca la mano por la ventana del carro estilo lancha, de placas venezolanas, al chofer de la buseta que se le atraviesa. Todo se paraliza por un momento. El caos es total,  pitos van  y vienen,  voces de afán, caras de angustia y los dos conductores  envueltos en la discusión sobre quién deja pasar a quién.

Los minutos trascurren y cada vez se hace más necesario encender las luces. Ha llegado la oscuridad, no solo de la noche, sino de quienes no salen bien librados al entrar en  la glorieta y quedar en el centro de los buses. El viejo ferrocarril parece haberse desintegrado y dejado los vagones en plena calle. Los causantes fueron los  trancones y los accidentes, en la mayoría de las veces, mortales. Todo ocurre frente a la terminal terrestre más antigua de Colombia.

Han pasado diez minutos. Después de mirar si la vieja lancha rayó la buseta y de alegar sin parar,  el malhumorado sujeto decidió arrancar sin darse cuenta de la cantidad de vehículos que están detrás, los cuales al hundir el acelerador parecen chivos cuando salen de corral y parten a  la loca sin respetar carriles ni las luces de los direccionales.

El carro de placas venezolanas sigue el rumbo hacia la avenida 8,   para lo cual debe dar la casi toda la vuelta a la Terminal. Esta tarea, a esta hora de la noche, puede tardar entre 20 y 30 minutos. La vía es de contrastes, como los colores del arcoíris, y pasa de castaño a oscuro con solo con mirar de un lado al otro. La acera izquierda es un matadero de hambre donde venden arepas. A la derecha, tipos solitarios fuman yerba, compran perico y miran extraño. Un viejito llega a las 10:00 de la noche, parece salir de la nada, no se sabe de dónde viene y así sucio procura limpiar la calle por donde camina.

En este paraje  de la ciudad la soledad llega con el pasar del tiempo. Los trancones no están. La quietud da la bienvenida a los que quieren conocer los vagones que tanta falta le hacen a este punto de encuentro  de buses y carros.

Es la una de la madrugada. En  la avenida séptima de este asqueroso lugar,  parece haber servicio de monta llantas. El sitio, para quienes transitan a esa hora, parece más una olla de venta de drogas que un taller de mecánica. Los cuidanderos de la puerta tienen más aspecto de compradores de alucinógenos que arregladores de vehículos.

Las avenidas séptimas y octava quedan como un granito de mostaza comparado con la calle primera, que completa los cuatro puntos cardinales de la Terminal. Cinco  residencias  de mala muerte, cantinas en las que abundan prostitutas y viejos verdes borrachos y alucinados que compran arepas son los vecinos.

Aquí, o adentro pueden coger el taxi para el regreso a casa. En medio del estado de ebriedad no saben si la Terminal  queda adelante o atrás. Son las 2:00 de la madrugada. No hay pitos, pero sí puede  ocurrir un próximo accidente.

SANDRA GUTIÉRREZ

Estudiante de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

Foto: panoramio.com

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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