CÚCUTA.- En Carmen Cecilia y María Teresa el clima ardiente de Cúcuta aún no ha hecho mella. El cuerpo resiste la larga caminata hasta el Palacio de Justicia de Cúcuta, por la avenida Gran Colombia. La cabeza erguida las hace ver como mujeres valerosas que harán hasta lo imposible para que el cansancio no las venza.
Cargan un estandarte, como Jesús llevó la cruz al calvario, con la fotografía de los hijos que la guerra les arrebató en momentos distintos. Las dos sufren a su manera la soledad que dejaron los muchachos al partir para nunca más volver a casa.
“Estoy buscando a mi único hijo desaparecido”, dijo Carmen Cecilia y de inmediato apareció en el rostro la melancolía que arrastra desde el 9 de abril del 2010. Desapareció en El Escobal, se llama Sergio Abril Torres, tiene 26 años. Ese día salió a trabajar, como mototaxista entre El Escobal y Ureña. “Desde ese día lo ando buscando”, dijo de nuevo con la amargura que solo las madres sienten cuando un hijo desaparece.
“Hace 12 años, se desaparecieron mis dos hijos”, la frase salió de los labios de María Teresa. Los ojos han perdido el brillo por el dolor que el tiempo se ha encargado de acumular. Jenny Rocío y Marcos Gregorio eran estudiantes, pero al ver la pobreza y el deterioro de la salud de la madre se fueron a trabajar. En El Catatumbo cumplían con el oficio de raspar hojas de coca.
Las dos mujeres forman parte del grupo que tienen víctimas de desplazamiento forzado en Norte de Santander. Las cifras hablan de 3000 hombres y mujeres que han corrido esa suerte en el departamento. Para reclamar por la verdad, los primeros martes de cada mes llegarán al Palacio de Justicia para gritar, hasta quedar sin voz, “vivos se los llevaron vivos los queremos”.
Carmen Cecilia guarda fresca la imagen del unigénito. “Era alegre, pacífico, solidario. Si alguien le pedía un favor porque no tenía con qué comer lo atendía”. Al recordar al hijo reflexiona y las palabras las arrastra el viento. “No veo cuál sea el hecho para que en este país desaparezcan jóvenes y niños”.
Vivía con el único hijo, allá en El Escobal, cerca de la línea que divide el territorio y lo reparte entre Colombia y Venezuela. Ahora, se ha tenido que llenar de fortaleza y valor para darles consuelo a aquellos que buscan cualquiera de sus hombros para llorar. Ella no quiere llorarles a los demás. “Me he sostenido como un roble para salir adelante”.
A la espalda se escuchan los reclamos de sus colegas de suplicio. Más mujeres que hombres están ahí parados, al pie de las escaleras que llevan a las oficinas judiciales, para decirles a los jueces que “los desaparecidos también son Colombia”. Guardan la esperanza que en cada cubículo de ladrillo retumben esas palabras y estremezcan a los encargados de no permitir que sus casos queden en la impunidad.
Carmen Cecilia tiene una convicción firme, “no descansaré (en la búsqueda), porque así como se lo llevaron vivo, quiero que llegue vivo”. Y volvió a recordar el instante de la partida. Sergio salió alegre, se fue a trabajar feliz y así lo espera. “Mientras no lo vea regresar así, no puedo pensar lo contrario”.
Y elevó la mirada al cielo, en busca de la respuesta que no le ha dado el Estado por medio de fiscales y jueces. Bajó los ojos y les imploró a los seres humanos que “trabajen más por las víctimas de desaparición forzada. Vemos mucha pasividad, no hemos visto eficiencia. Vemos todo muy quieto para nosotras las víctimas”. Y no se guardó la máxima expresión de la ira que siente y la soltó sin titubear. “Ellos (los empleados) solo esperan que llegue el 30 de cada mes para que les paguen y nuestro problema no es problema de ellos”.
Carmen Cecilia regresó al grupo para unirse a las arengas. Encabeza a los inconformes y grita con todo el aire de sus pulmones, “queremos justicia, queremos justicia”. Los demás la siguen y los gritos aumentan en cantidad y en intensidad.
María Teresa, hace 12 años, se encargó de la crianza de los dos nietos, hijos de Jenny Rocío. No ha tenido ayuda del Gobierno, ni de Bienestar Familiar, ni de ninguna entidad oficial. “No quiero morirme sin saber la razón por qué desaparecieron”.
Volvió a las horas del parto, “tuve dolor para parirlos”; rememoró el esfuerzo que hizo, sola, para sacarlos adelante, para que estudiaran en el colegio Fe y Alegría (Atalaya), “se los llevaron jóvenes, no los dejaron vivir”. Y pidió, encarecidamente, a la Fiscalía que mueva los procesos que les corresponden.
A pesar de lo mucho que ha sufrido como madre y de las largas esperas que le ha dado al tiempo es consciente de que “están muertos en fosas comunes. La rabia es porque ni siquiera eso han sido capaces de decirles “para buscar aunque sea los huesos para no tener la zozobra, día a día, de esperar a aquellos hijos que nunca volverán”.
La familia la componían los cuatro hijos y ella, madre soltera, a quien le quedó la responsabilidad de cuidarlos. Jenny y Marco se fueron para El Catatumbo porque había mucha pobreza en la casa, la salud de la mamá no daba más. “Se fueron en busca de dinero, de plata para levantar el hogar, eran los dos mayores” de la casa.
El sentimiento de madre aflora. Los excusa y limpia la imagen. “No iban con maldad, porque eran jóvenes”, y recalca sobre los motivos que tuvieron para salir del hogar, “se fueron porque vieron el sufrimiento mío”.
De cada uno preserva el mejor de los recuerdos. Jenny, madre responsable, que tenía que sacar adelante los dos hijos. “Ella iba a trabajar y me quedaba con los nietos o los llevaba a una guardería”. Marcos, dinámico, trabajador, responsable, porque ese fue “el ejemplo que le dio su santa madrecita, que soy yo”.
La protesta terminó. Guardan los carteles con cuidado, porque dentro de un mes tendrán que cumplir una nueva cita con la incertidumbre. Seguro, volverán a vociferar “queremos verdad, queremos verdad, queremos verdad”. Quizás el eco de esos gritos permanezca 30 días en el Palacio de Justicia y ayude a solucionar este problema que los atormenta.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: MARCO SÚA
Contraluz.CO Sólo Periodismo