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La iluminación de la llegada de la Virgen María es la indicado para cotejar el momento que afronta la ciudad. / Foto: https://www.facebook.com/2rollos/photos

CRÓNICA. El sentido navideño en las periferias

CÚCUTA.- Diciembre es el mes más esperado del año. La tradición desemboca en un sin número de festividades familiares y comerciales con el ideal de la unión, que como sociedad merece el planeta tierra y las oportunidades que su entorno plantea. Comenzó, y las celebraciones que engalanan las vísperas de un próximo año, tal vez con mejores oportunidades laborales, estudiantiles, económicas, sociales y culturales para la sociedad cucuteña, no se hacen esperar.

La primera estación, el 7 de diciembre, Día de Velitas. La iluminación de la llegada de la Virgen María es el indicado para cotejar el momento que afronta la ciudad. Más que secreto, la situación no es la mejor para los habitantes. La depresión económica afecta el desarrollo de actividades diarias y prolonga el coletazo hasta el momento actual.

El día inició con una mañana agradable, las preparaciones familiares eran expectantes por el inicio de las celebraciones decembrinas. La mejor vestimenta para la noche, una cena en símbolo de unión familiar y, por supuesto, las velas: paquetes de colores empacados de a 10 unidades. Producto de la materia prima de la parafina procesada por microempresas cucuteñas.

Esparcidas por las calles, inicialmente por proveedores oficiales, pero que sobrepasan la formalidad y se convierten en la serenata diaria, 15 días antes de la fecha, en el portón de la frontera. “Llevé cuatro paquetes de velas por 5000 pesos”, vociferan vendedores ambulantes, principalmente en la Comuna 1 enganchados en un megáfono cuya apariencia deja ver el cansancio del trabajo. Carreteros en la lucha por el sustento diario recorren casa por casa las comunas para acicalar el inicio de  una época que se encuentra lejos de las vividas anteriormente en la ciudad.

El reloj marca las 7:00 de la noche y el recorrido inicia. Las hojas de los árboles se mueven al compás del viento en una noche en la que  los pronósticos del tiempo no pasan sus cuentas. Miles de velas de colores se preparan para encenderse. Adornadas con faroles, envases plásticos atildados, platos de porcelana y hasta velones blancos con arena, enmarcan la celebración.

Cúcuta, al igual que el  resto del mundo, es una sociedad dividida en clases sociales, barreras que  varían hasta en las festividades. La punta de la pirámide en el movimiento citadino no es indiferente al resto de la figura. Todas las reuniones se enmarcan en el mismo tono: velas, familia, amigos, cena y cerveza o whisky, según el estrato, en ocasiones venezolano para no perder la tradición fronteriza de libre comercio. Pocos atractivos por estas celebraciones en estos sectores.

El lugar menos favorecido de la ciudad en el que el momento es el indicado para escapar al ajetreo que significa sobrevivir con el índice más alto en desempleo, informalidad e inseguridad. Un pequeño espacio de esparcimiento en el que todo se olvida y se convierte en felicidad.

Niños, jóvenes, adultos, familias se reúnen en los andenes de las casas para departir. Un ambiente en el que se respira solo tradición familiar. Risas, comentarios, anécdotas son rememoradas en cada reunión. En el rostro solo reflejan felicidad por volver a encontrarse con el familiar que se fue de viaje en busca de mejor estabilidad o el amigo al que el trabajo y las responsabilidades lo consumieron.

El mes indicado para sufrir un letargo positivo y disfrutar como si no hubiera un mañana, aunque ese está más que dicho en la ciudad y en el país.  Tal vez el perfecto para pensar en lo próximo, un año movido políticamente al que una política alternativa es la única solución.

El Llano, El Contento, El Páramo, Loma de Bolívar, 28 de Febrero, Belén, La Victoria, El Desierto, Los Almendros, La Primera y la Tercera Epatas de Atalaya,  son solo el espejo de una ciudad que recuerda los mejores años. Eran épocas, recuerdan los más expectantes habitantes de estos sectores en la que la bonanza por ser zona de frontera ofrecía mejores oportunidades.

Al son de Los Melódicos, el ascenso por las elevadas cuestas de la perla del norte es más que placentero. Un niño de traje negro, cabello lambido al lado derecho, zapatos Grulla, correa apretada y coreografía ensayada refleja el ambiente en las periferias.

A esta altura de la noche los recuerdos de infancia al quemar bengalas, cebollitas, matasuegras, tumbarranchos y recolectar esperma para hacer una que otra travesura invaden la memoria. Al igual, escuchar los regaños maternos de protección retumban los oídos. Un tono de aviso era el indicado para actuar bajo escondite.

Al paso por los tanques de La Loma de Bolívar (aquel lugar patrimonio histórico de los colombianos), a mano derecha, una cuadra y no cualquiera. Equipos de sonido, andenes y calles pintadas con carburo (tradición inmortal), chamizos en función de árboles de Navidad en cada entrada, enmarcan a esta particular cuadra diferenciada del resto.

Una ciudad congestionada que sus tradiciones se esfuman en un abrir y cerrar de ojos, que con un guiño de todo bien al trabajador de traje rojo, botas negras, gorro rojo, tapabocas gris y bolsa blanca a media cintura, que recoge los desperdicios de un movido epicentro se encontró el sentido del camino.

Una ciudad que no descansa en su afán de sobrevivir por aquello que lo trasnocha, el respeto hacia el otro. Un sentimiento que parece degradarse en el  movimiento que representa aceptar al otro en un espacio poco aceptable en condiciones.  Cúcuta, el escenario del niño de traje negro que baila en una esquina de Atalaya, comienza una nueva etapa, una renovada por las celebraciones navideñas que  tal vez augura mejores oportunidades.

ANDERSON SALINAS – RUBÉN AGUDELO

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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