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CRÓNICA. De paso por los Estoraques cucuteños

CÚCUTA.- Son las 4:35 de la tarde, el sol intenta ocultarse. La imagen del niño que acompaña el anuncio ‘Se vende harina, aceite, huevos, arroz, café, azúcar’ llama la atención. Los edificios pintados en rojo, azul, verde, naranja y rosado, adornados por los rayos de luz, confirman que los Estoraques cucuteños existen.

Por la calle principal aparecen las ventas de gasolina y minutos para teléfonos celulares. Los habitantes se asoman por la ventana y reciben la brisa mal oliente, consecuencia del calor. Los pequeños ruedan la pelota, anotan un gol y lo celebran. Las líneas amarillas y curvas señalan que los estacionamientos pueden utilizarse sin restricción.

La vida aquí parece monótona. Entre las ocho manzanas se reparten 77 torres, 1540 apartamentos, 113 tienditas, pequeñas heladerías y unos cuantos locales de variedades.  Son pequeñas adecuaciones que surten el alimento diario para muchos.

Alrededor, gran cantidad de terreno permitiría la construcción de locales que significaría una mejoría de la calidad de vida para todos. Gran parte de las zonas verdes representan la agonía ante la falta de agua, la misma que se derrama 300 metros antes de llegar a la ciudadela.

El contraste se presenta con el estilo de vida, ante la división de sectores.  Una mezcla de policías, desplazados por la violencia y damnificados por el invierno comparten día tras día las evidentes condiciones paupérrimas del sector.

El comercio aparece entre esquina y esquina. Voces fuertes anuncian las ofertas del momento. Las arepas calientes de mazorca y los churros rellenos de queso apetecen a quienes tienen mil pesos para pagar.

La lejanía del sector permite que los habitantes inventen estrategias para sobrevivir. Del primero al quinto piso letreros de venta libre así lo demuestran.  La exposición de la vestimenta es ejemplo de la reducción de espacio en la que se vive.

“Al estar aislado de la civilización, nos tocó adecuar las casas para vender. Nuestros hijos estudian y hay que mantenerlos. Así el Gobierno nos prohíba vender, no tenemos más de qué vivir”, dijo emotivo y seguro Wilson Quintero al criticar la adaptación de las viviendas como locales comerciales.

Entre sonidos llamativos del género musical vallenato, ‘Chelita’ ofrece a los clientes algunas variedades. Al ritmo del acordeón las ventas crecen.

En medio de árboles pocos frondosos, calles vacías y parques sin terminar, cada familia tiene una historia qué contar. Esas vivencias se convierten en el objetivo de conseguir un ingreso para mejor la calidad de vida. El niño aferrado a la baranda mantiene la promoción de los víveres que se ofertan desde la ventada de la casa.

CAMILO ERNESTO GALVÁN

Estudiante de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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