PAMPLONA – Norte de Santander.- Del día soleado y despejado pasamos al nublado, en el recorrido Cúcuta – Pamplona. Mientras las gotas de lluvia eran despejadas por el parabrisas del bus, pensaba cómo debería sentirme si hubiera estado hace 207 años en la Nueva Granada. Pero suponía que en la conmemoración de esa fecha en Pamplona y a cargo de la generación de talentos juveniles colombianos, “algo bueno podría pasar”.
Era la primera vez que visitaba Pamplona y el conductor de la buseta ni se diga. “Nos perdimos”. Notamos que una gran cantidad de personas empezaron a caminar en una sola dirección y empezamos a seguir a los campesinos que llevaban la bandera colombiana. El ambiente nos hacía sentir en 1810. Esta ciudad tiene esa magia y atrapa.
Al pisar por primera vez en mi vida esas frías calles, entendí por qué se habla de lo rico que es vivir aquí. De repente empezaron a aparecer banderas tricolores en puertas, ventanas y palcos de las casas con arquitectura colonial, y en las no tan coloniales. Nunca había visto algo así. Quedé maravillado en esta tierra. Les tienen respeto a las fechas y más al Día de la Independencia.
Llegamos al parque Águeda Gallardo y la multiculturalidad empezaba asomarse. Un par de muchachos, de 1,60 de estatura, piel trigueña y dialecto raro fueron los primeros en asomarse. Estos jóvenes hacen parte de la comunidad indígena Embera, y el lenguaje es ancestral. Lo innovador es que son raperos y sus canciones son interpretadas en la lengua nativa.
En el vestido combinan el negro que representa el rap y los coloridos tonos que recuerdan a las comunidades indígenas, hasta intimida un poco. No es de negar que nos dejaron boquiabiertos y no es porque no los hayamos entendido, sino por la entrega en la tarima y por el ritmo peculiar.
En ese momento el aguacero arreció y entre más agua, más gente en la plaza. Ni la mojada impidió para decir presente, aquí estamos los pamploneses, en la ciudad estudiantil, la ciudad cultural y multicultural de Colombia.
No se escucharon gritos de “me robaron”; tampoco, sonoros botellazos por borrachos, ni riñas estúpidas. Aquí la gente tiene tremendo comportamiento. Me enamoraron los dulces en cada esquina, la gente, Pamplona es ‘bacana’.
Escuché a los niños de la Sinfónica de Pamplona entonar el himno nacional, y créanme que me erizó la piel y me dejó frío del sentimiento. No entiendo por qué cantantes de la élite tienen el ‘honor’ de entonar el himno en los partidos de la selección y nos hacen quedar en ridículo. Estoy convencido de que esos pequeños se ganaron ese derecho de entornar el respetado símbolo, y que Colombia entera sienta en carne propia qué es cantar con sentimiento, con amor.
Las maracas empezaron a sonar y los tambores terminaron de erizar mi piel, porque los jóvenes del pacífico colombiano tocaban como los antiguos dioses africanos solían hacerlo. No sabía para dónde ir, y simplemente me quedé a escuchar las entonaciones de estos cantantes y bailarines.
Pamplona estaba paralizada con el evento cultural, y cómo no estarlo si un gran derroche de talento se estaba emitiendo. Afrocolombianos, tambores de pelinaje, el son del bom bom bom, al fondo el sonido de la marimba y la tranquilidad de emerger de lo más adentro de nuestro ser al escucharla.
Después de cantar y bailar, más de 280 artistas, negros, blancos, mestizos, indígenas, recordé que estaba en tierras frías, pero durante el evento no tuve ningún síntoma ¡qué altura ni qué nada! La euforia de la música colombiana me entró en un calor que me acobijó y creo que también a los pamploneses.
Llueve, truene o relampaguee, tres palabras que se escucharon a menudo y se hicieron realidad, la verdadera libertad de los pueblos colombianos se efectuó cuando cada uno mostró, por medio de las expresiones su cultura, sus ancestros, sus historias.
Al caminar de regreso al bus, el olor a pasteles, los dulces, el sonido del café que se sirve lentamente mientras sale el vapor, me hicieron entender que no me quería ir de Pamplona. Lastimosamente, la espalda no daba para más, pero el ¡corazón!, el corazón nunca en la vida había tenido tantas palpitaciones por segundo, y si en 1810, este día fue inolvidable, el 20 de julio de 2017 será simbólico para Pamplona y sus habitantes.
Texto y fotos: ISMAEL GAMBOA
Enviado Especial www.contraluzcucuta.co
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