CÚCUTA.- Del baúl de los recuerdos Vito Serrano saca canciones, historias, poemas, armas y balas. Esa colección de objetos guardados en el cofre corresponde a momentos vividos en Gramalote, el pueblo natal, y Cúcuta, la ciudad que lo vio crecer. Ahí, doblado, está el primer periódico que escribió en la época de colegial y que contiene el artículo con el que debutó en el mundo de las letras: Soy un emo.
Eran los días en los que pertenecía a la subcultura visual. Asistía a clases con la vestimenta y los peinados propios de ese grupo. Las bromas de los compañeros no lo hacían desistir del gusto por lo irreverente. Hoy, cree que por las venas le corre sangre revolucionaria heredada de la abuela materna adoptiva, que en los tiempos de juventud profesaba admiración por la Anapo.
En Gramalote fue testigo de actos protagonizados por grupos paramilitares y por el Eln. Lleva esos recuerdos frescos de la niñez, compartidos con los minutos frente al televisor, los juegos con los amigos y las temporadas de metras, trompos y golosas.
- Soy progresista y abierto, pero hay recuerdos con los que me vuelvo melancólico, nostálgico, como los de la niñez.
Para tomarles gusto a las frases, las oraciones y los párrafos escribió el cuento Cincel mata. El papel se perdió, pero la historia permanece en la mente. La herramienta la tomó prestada de los tíos constructores y el instinto asesino lo pidió prestado a las películas que veía. Tendría 8 años.
A pesar de que escribía, no leía. El primer libro que leyó fue La isla del tesoro. No le gustó. El segundo, Diario de Ana Frank, lo terminó para ganarse el regalo prometido por el primo. Nunca le cumplió. El tercero fue En pie de guerra, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. De ahí en adelante se perdió la cuenta.
¿Quién que le ha tomado forma a la lectura y a la escritura no escogería el plantel que lleve por nombre Pablo Neruda? Pues, David (ese es el nombre que le pusieron en la pila bautismal) ajustó ese don de la mano de Jorge Corredor, filósofo, seguidor de la música metálica y titular en el colegio.
- El profe me dijo: ‘Usted tiene madera para eso. Le gusta investigar, debería meterse como comunicador social’. Yo no quería estudiar comunicación social, sino derecho.
No matriculó sicología luego de las observaciones maternas. ‘Eso no da nada. Es para perder tiempo y plata’. A eso se agregaba que obtuvo la penúltima peor calificación en las pruebas Icfes. Definitivamente, derecho no era la opción de vida. Ingresó a Comunicación y las primeras materias lo engancharon a la carrera hasta graduarse con tesis meritoria.
Corrían las últimas semanas del 2014, cuando apareció el hombre que le haría dar un viraje a la vida. El conferenciante habló de multimedia y transmedia, términos que Vito jamás había oído. Ahí, comprobó que estaba desactualizado en cuestión de tecnología.
Años después de la charla, tiene el placer de compartir manteles con gente que se mueve en esa órbita. Y fue el SENA la institución que le abrió los sentidos para salir del analfabetismo tecnológico.
- Había hecho un préstamo para comenzar un proyecto. Entramos en pandemia y quebré antes de empezar la empresa. Todavía la tengo registrada.
Entró en estado de depresión. La vida se resumía en dormir y comer. De repente, lloraba sin motivo visible. Para salir de la crisis buscó refugio en la escritura. Encontró en el odio que sentía por la abuela materna la inspiración para escribir y desahogarse. Fueron ocho páginas iniciales. Luego las complementó con elementos vivenciales y ficticios para llegar a la historia final.
El suicidio de una mujer en el intercambiador de la Autopista Atalaya fue el detonante para encontrar el camino que buscaba para terminar la obra. El reloj de Sol, el templo de San Luis y otros puntos de la Ciudad del Eterno Verano comenzaron a aparecer en las 260 páginas que conforman Las Crónicas de Vincent, el niño de ojos color café.
Los nombres de los personajes son reales, así la historia sea ficticia. Algunos amigos también están en el entramado de esta novela que hará parte de la trilogía con la que quedará bien contada la historia.
- La portada la diseñé. Pedí unos comentarios a Andrés Carvajal, quien me ayudó con la corrección de estilo. Luego fortalecí el texto.
Las portadas tienen implícito un mensaje. El juego de las figuras geométricas se entiende en la medida que avanza la lectura. Y se resuelven los porqués que aparecen al ver el niño, el árbol, la hoja. Los simbolismos tienen respuestas en las páginas.
El nombre del protagonista, Vincent, surge de la admiración del autor por Vincent Willem van Gogh, pintor neerlandés y uno de los principales exponentes del postimpresionismo. El seudónimo de Vito es por el encandilamiento que le produce el escritor ítalo-estadounidense Mario Puzo.
Cuando leyó el libro y vio la película El padrino, comenzó a soñar con ser como el protagonista de la novela, Vito Andolini, por el liderazgo que ejerce Corleone en la obra. Debutó con ese nombre en la Universidad y cambió el remoquete familiar Tato, por el de Vito.
- Quería dar una impresión después de leer El padrino. Quedé tan impactado después de ver las películas que dije, ‘Voy a ser Vito’. Muchos pensaban que era cantante.
El segundo libro de la trilogía está escrito y saldrá cuando pase el entusiasmo suscitado por El niño de ojos color café. Verá la luz a mitad de 2025, cuando tenga certeza acerca de la respuesta de las tendencias tecnológicas. El título: Crónicas de Vincent, libro de Adán. Es la historia de Adán, como primer hombre, y tocará el incesto y las parejas igualitarias, entre otros asuntos controversiales.
¿Y el tercero?
- Crónicas de Vincent, la casa del duende. Tiene un poquito de todo. Primero, policial y thriller; luego, ficción y realismo mágico.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Contraluz.CO Sólo Periodismo


