VILLA DEL ROSARIO – Norte de Santander.- Todo empieza en el mercado municipal de San Antonio del Táchira. A la plaza mayor llegan los clientes en busca de la mercancía. Uno a uno contacta a los cargueros para que pasen la carne hasta La Parada, en territorio colombiano. Pagan mil pesos por kilo puesto al otro lado de la frontera.
Los hombres y las mujeres dedicados a este oficio cumplen con la labor de recoger el producto en bolsas. Antes, observan cómo descuartizan a las reses y las entregan por partes.
- Eso es un desorden. La carne va por el piso, no hay higiene de nada. Todo es desaseado. Para picar la costilla la agarran y la arrastran hasta llegar al picadero. Así, sucede con las demás partes de la res.
El relato corresponde a una de las mujeres que por no tener otro ingreso económico para el sostenimiento de la familia se somete a este trabajo arduo, peligroso e ilegal. A las 4:00 de la mañana, despierta en el hogar y se prepara para aguardar que abran el puente internacional. Una hora después, comienza a vivir con intensidad el día. No sabe en cuánto tiempo terminará la jornada, porque al llegar a Colombia puede tropezar con otro cliente que le hace un nuevo encargo.
La carne es empacada en bolsas trasparentes grandes que mete en costales. El transporte se hace en un carro viejo que la lleva a donde comienza la trocha. A lo largo del río hay buena cantidad de ‘huecos’ imaginarios para llegar al otro lado. Ahí, un maletero se encarga de pasarla a La Parada para entregarla al cliente.
- Los clientes llaman. Compre tanta cantidad de carne, una res, media res, o por kilos, 30 o 40. Nos avisan o van personalmente, nos la dan y nosotros la pasamos.
Mucha gente está vinculada a esta actividad y procede de Cúcuta, Villa del Rosario y otros lugares, tanto de Norte de Santander como del estado Táchira. La ganancia es poca, a pesar de la buena paga por el trabajo. Si pasan 100 kilos, no ganan $ 100.000, ganan un tanto por ciento, porque hay que pagar por el camino a quien se aparezca, sea uniformado o ilegal.
Las trochas por donde ingresa la carne tienen nombres. Por El Río, La Platanera, La Pared, por donde haya paso, por ahí entra la mercancía. Para llegar a esos sitios deben cumplirse ciertos momentos.
- Primero, contratar la camioneta. Segundo, después de tener la mercancía como la vaya a pasar, se llama al trasporte (carro o moto); tercero, se cuadra el valor para llevar la carne hasta la trocha, y cuarto, se contacta al maletero, que la pasa hasta La Parada. En ese trayecto hay que pagarle a la policía, a la PTJ, a la Guardia. A todos hay que pagarles.
Esos costos se asumen con lo que paga el cliente y debe pagársele a todo el que se aparezca por el camino. Del ciento por ciento cobrado puede quedarle el 30 por ciento, que se divide entre los cuatro integrantes del grupo.
Llegó a este oficio por necesidad. Tiene hijos, no estudió y esta es la única manera que encontró para ganarse la vida. A pesar de los pesos que gana siente miedo y los nervios han estado a punto de traicionarla, pero sigue adelante y afronta lo que sea con tal de coronar el encargo.
- En el paso del río Táchira se siente más miedo, porque de pronto se puede formar una balacera y puede ser víctima de una bala perdida. Si llega una comisión de San Cristóbal, de Caracas o de donde venga, se lo puede llevar preso.
Los guardias no son difíciles de contactar. Los uniformados se ofrecen para dejar trabajar, porque los conocen. Con la policía colombiana ocurre igual. Los agentes conocidos están arreglados y dejan trabajar, dejan pasar los carros.
La cadena involucra a mucha gente y ninguno puede echarse para atrás. Si los transportadores denuncian, corren el riesgo de perder el vehículo, y si se va uno, seguro, se van todos.
Al final del día se conforman con la ganancia que queda para llevar el pan para la casa. Es mayor el riesgo a los pesos con los que se regresa a casa en la tarde. Por eso, atraviesa el río a la carrera, impulsada por ese temor de caer herida o perder la vida en cualquiera de los enfrentamientos que ocurren entre uniformados y contrabandistas.
- En La Parada llegan los clientes y cada cual recoge su carne. Si me salen 10 kilos, 10 kilos, paso; si me salen 200 kilos, una res, media res, lo que me salga lo paso.
Esa carne se vende entre supermercados, tiendas y restaurantes, en barrios de cualquier estrato y en negocios de diferente condición socio-económica.
No hay una contraseña para asegurar el negocio. Simplemente pagan a quienes les tiendan la mano y pasan sin inconvenientes. Ahora, entrar es difícil. A los nuevos no los dejan trabajar por desconfianza, porque los cupos están saturados, por miedo a infiltrados. Por múltiples razones, no quieren caras nuevas metidas en este ilícito.
En cambio, el que quiera retirarse de la actividad, toma la decisión y se despide de los compañeros de aventura.
- Si tuviera oportunidad de otro empleo me retiraría. Tendría que trabajar todo el día para ganarme lo que me gano.
Los códigos tácitos de los contrabandistas dicen que el que trae carne solo puede traer carne y no intentar pasar otro producto. De este negocio, seguro, tienen conocimiento las autoridades civiles.
- Me imagino que sí, porque si lo sabe la policía, que en todos los cuadrantes llega, recibe lo suyo y se va. Me imagino que deben saber, porque por dónde más va a entrar toda la carne que llega día a día.
Un solo grupo dedicado a esta labor puede ingresar a territorio colombiano, a diario, mil kilos, y son varios los grupos encargados de hacer estos mandados. Además del mercado, los contrabandistas compran la mercancía en las carnicerías y puestos de ventas alternas, lo que hace perder el estimativo sobre cuántas reses despresadas son traídas en bolsas trasparentes a este lado de la frontera.
Hay días en los se pierde la carga y debe respondérsele al cliente. Los uniformados, a pesar de que los conocen, se incautan de la carne para mostrar efectividad en el control de este negocio ilegal.
- Necesitan positivos, dicen ellos, y los mismos a los que se les ha pagado vienen y dicen ‘necesitamos un positivo’ y se la llevan.
En el supuesto cumplimiento del deber, por parte de agentes y guardias, se esfuman las ganancias de estos hombres y mujeres que luchan por subsistir en medio de la ilegalidad, a la que llegaron para probar suerte y se quedaron, a pesar de tener conciencia sobre lo que hacen.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: diario sucesos – blogger
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