CÚCUTA.- Anillos, pulseras, collares, animales de alambre de todos los tamaños elaborados con semillas, piedras, hilos, lazos, tejidos y nudos son exhibidos en el suelo, sobre mantas, para llamar la atención de los compradores.
Dos artesanos de Cúcuta, ubicados en la Plazoleta de Telecom, inician la labor a la 1:00 de la tarde y finalizan la jornada cuando lo decidan. Son bohemios, les gusta el alcohol y la vida sin preocupaciones. Aunque tienen una rutina similar, son diferentes.
Álvaro, de 30 años, lleva la ropa aseada, se ve bien vestido. Es interesante a la vista. El piso es su oficina y las bardas que encierran el árbol que lo protege del sol para trabajar cómodo son los muebles. Es el jefe y no tiene que rendirle cuentas a nadie. Aprendió el arte a los 13 años, cuando se fue de casa para trabajar con unos amigos en las calles.
“Cuando volví pensé que mi mamá me iba a abrazar. ¡Pero qué va! me dio una paliza y por eso me volví a ir. Hasta ahora no sé nada de mi vieja”, lo dijo con tristeza y bajó la mirada para esconder la amargura que arrastra.
César tiene apariencia y olor desagradables, da la impresión que no se ha bañado en días. El nivel de estudios no supera la primaria. Lo único que tiene en orden es la venta, clasificada por tamaños y formas, en un cuadro de icopor cubierto por una tela verde.
Tiene su filosofía. Está de acuerdo con el amarillismo, porque no tapa la verdad con palabras bonitas. Dijo que las personas compran el periódico para no hablar con nadie. Le gusta leer para vivir dos vidas: la suya y la del autor. Gasta $35.000 diarios. “Sé que son más de las 3:00 de la tarde y no he vendido nada. Tengo fe. En el resto de la tarde haré lo del diario”, afirmó con seguridad y sonrió.
Tres jóvenes que no superan los 20 años se acercan sigilosos a los puestos de venta. Intercambian con César dinero por droga y se dirigen al rincón de la plazoleta en donde se leen varios grafitis. La venta libre de artesanías es una fachada para comercializar droga.
Cada vendedor dentro de la plazoleta le paga a un hombre $1000, de lunes a sábado, para que limpie el lugar. Aún así deben estar pendientes de que la policía no les quite la mercancía. De manera irónica, quienes venden drogas andan tranquilos por el lugar. No hay ley que les impida ejercer ese oficio ilegal.
Los árboles dan un toque de tranquilidad. El detestable olor a orina en los troncos arruina la elegancia del lugar. En la noche, los comerciantes ambulantes venden cerveza a los jóvenes que se sientan en las escaleras, frente a la entrada 1 del centro comercial Ventura Plaza. En cualquier discoteca la bebida es cara, pero traída de Venezuela alivia el bolsillo a los consumidores.
No se puede decir que las culturas reunidas forman un grupo definido sino que pueden verse en figuras difusas. Cada quién exhibe lo mejor para verse diferente a los demás. En los homosexuales las prendas de vestir es lo importante; en los patinetes lo primordial es el juguete para hacer los trucos; para los artesanos lo interesante es la mercancía; a los drogadictos les importa el consumo; a los transeúntes les da lo mismo, llevan prisa y no tienen tiempo para fijar la mirada en uno o en otro.
Las razones por la que esos grupos escogieron el lugar para reunirse es el ambiente de lujo y elegancia que les ofrece el centro comercial y que no encuentran en los barrios de procedencia.
MILDRED MOLINA SANDOVAL
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