CÚCUTA.- Un día en el Centro de Migraciones comienza tempranito. A las 6:00 de la mañana, los habitantes ocasionales desayunan y pasan al aseo personal. Organizan los camarotes, limpian los pisos y se les sugiere que salgan de la casa a ver si encuentran trabajo, aunque es imposible, para que vean y que tomen iniciativa. Una cocinera prepara todo.
“La migración es un hecho infame”, dijo en español de fácil comprensión el padre Francisco Bortignon, director del Centro. Aquí, hombres y mujeres desplazados por la violencia, desalojados por la sociedad o expulsados de Venezuela reciben comida, tienen un espacio para lavar las ropas y un sitio para refugiarse de la situación afrontada.
Atender a esta población no es difícil. El criterio con que se maneja el sitio es de una familia extensa, compuesta por hombres y mujeres, mayorcitos y menorcitos. Generalmente, reina un buen clima de armonía, aunque hay que prevenir gustos, disgustos y caprichos para hacer que colaboren en el mantenimiento y la limpieza.
“Hay que estar precavidos. Acá puede encontrarse el blanco, negro, rojo, azul, amarillo. Hay gente victimizada en otras regiones, como el caso de los desplazados”, afirmó el padre Bortignon. Para armonizar el ambiente, miércoles y domingo, oficia la eucaristía y así cumple con el deber como sacerdote.
Hace 35 años, la Diócesis de Cúcuta tomó las riendas de la casa para permitirles a los desposeídos un sitio temporal de tranquilidad. No son muchos los días que pasan ahí, aunque reciben atención básica a las necesidades. Para el cumplimiento de estas tareas se requiere un presupuesto que va de $ 75 millones a $ 90 millones.
Este año, ante el cúmulo de urgencias físicas que tiene el Centro y por el número creciente de visitantes ocasionales, la Campaña de Comunicación Cristiana de Bienes 2015, a cargo de la Diócesis y coordinada por la Corporación de Servicio Pastoral Social (Cospas), escogió a los deportados como beneficiarios de los recursos que se recolectan en los templos en el tiempo de Cuaresma.
“Me alegra la atención y consideración de la Diócesis. Vamos a ver hasta dónde llegamos”, dijo el sacerdote scalabriniano Francisco Bortignon. En el 2014, pasaron por el Centro más de 2000 seres humanos en busca de ayuda. Entre enero y febrero, han visitado el lugar 300, número que aumenta los gastos en alimentos, porque hay que brindarles desayuno, almuerzo y cena, y tener especial atención para los niños.
Otra necesidad básica está relacionada con el fortalecimiento del equipo de trabajo, porque debe atender desde las 7:00 de la mañana a las 9:00 de la noche. “No podemos dejarles la carga a las dos o tres personas que tenemos”.
La estructura, por el paso de los años, requiere meterle la mano a pisos, paredes y acometidas eléctricas que muestran un aspecto precario. Además, falta la dotación normal de colchones y sábanas, que se desgastan por el paso de los beneficiarios del Centro. El viaje largo desde cualquier lugar, sea de Colombia o Venezuela, los enferma y deben proveérseles medicamentos y atención médica.
“No tenemos para trasporte, nos faltan fondos para garantizar la salida rápida de esas personas”. La Cancillería se comprometió a cubrir el pasaje de algunos, pero hay otros que no tienen ese servicio para volver a casa.
En la mañana, el padre Francisco recorre restaurante por restaurante a ver qué alimentos recoge para ‘reciclarlos’. Al medio día, se sirve el almuerzo y en la tarde hay un descanso de un par de horas. Después, otra vez se les sugiere que salgan a buscar trabajo. La cena está lista a las 6:00.
A las 7:00 de la noche, se les invita a que estén dentro de la casa y a las 8:00 debe estar cerrada la puerta, porque “nunca se sabe quién puede pasar y para que no haya más vaivén libre”.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: www.contraluzcucuta.co
Contraluz.CO Sólo Periodismo