CÚCUTA.- Hola, Neymar, le escribo desde Cúcuta (Colombia), ciudad natal de James Rodríguez. Comienzo por decirle que desde 1970, cuando sus buenos paisanos Pelé y compañía, ganaron el Mundial en México, sigo el fútbol a este nivel. En esos largos años he visto vestir la camiseta verde y amarillo a innumerables jugadores, unos mejores que otros, y los demás con el sello de estrellas.
Siempre he preferido a la selección argentina, después de la colombiana; por supuesto, aunque no he sido ajeno a las presentaciones de los brasileños. Creo que el buen fútbol no tiene nacionalidad, es uno y se juega bien en cualquiera de los cinco continentes.
Me he atrevido a escribirle porque desde su aparición en este mundo deportivo me agradó su manera de tratar el balón. A Ronaldinho lo admiro por la frescura con que juega, por la alegría que tiene para desempeñarse en el campo de juego y por la sonrisa que muestra en cualquier momento en la cancha.
Creí que Usted sería el digno sucesor por los desplantes a los rivales, la agilidad para desprenderse de la marca, por la habilidad para manejar el balón, por la inteligencia para llegar al gol y por la irreverencia para encarar al adversario. Hasta llegué a verlo vestido de Merengue español y no de azul y grana catalán.
En el Barcelona alcancé a seguirlo y a aplaudir ese entendimiento con sus compañeros de equipo. El comportamiento para ganarse el respeto de la crítica fue excepcional, hasta que alguien le infundió en mal momento la pésima idea de cambiar de actitud y, sobre todo, con la selección nacional.
Del muchacho vivaz pasó al mañoso; del chico que despertaba ilusión en el estadio pasó a ser el hombrecito que crecía con resabios. El deportista ejemplo para los jóvenes se convirtió en el ser humano que apela a las triquiñuelas para superar los obstáculos. Se perdió el encanto.
En los partidos contra Colombia en el Mundial y en los Olímpicos se acentuó esa imagen de futbolista engañoso. Y lo lamenté. En esos encuentros desapareció el artista para darles paso al payaso y al caricato que apelaba a la argucia para sacar provecho de la fama. Alcancé a insultarlo al referirme a Usted y lo hice con rabia y desazón. En mi mente buscaba respuestas al por qué mi hijo menor es hincha de Brasil.
Sin embargo, en este último partido, no solo ganó Brasil (2-1), con buen fútbol y mejor planteamiento en el terreo de juego, sino que el mundo recuperó al artista del fútbol que moría entre los gestos fingidos, el dolor ausente y la mueca falsa.
Me alegró ver al Neymar de antaño, con toques sutiles, piruetas con el balón y con señorío para jugar al fútbol. El deporte está de plácemes, porque el artista ha vuelto. Ojalá no se refunda entre la fama y la codicia. Ese es el Neymar que debe seguir en este ámbito universal. No el provocador, el mentiroso, el ilusionista, el falso. Bienvenido a su mundo.
Atentamente,
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: www.futbolred.com
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