Hola, Jesús, te escribo desde Cúcuta, y te cuento que también me crié en Belén. El barrio de acá, ese por donde pasee mi infancia en medio de las limitaciones económicas, se parece en mucho al lugar donde naciste en un pesebre. La pobreza era grande, aunque los adultos se dieron a la tarea de cuidar a los hijos para que no se perdieran en el mundo que les ofrecía, metros abajo, la zona de tolerancia.
En mis primeros años también me les perdía a mis padres, aunque no alcancé a estar tres días fuera de casa. Escapaba a cualquier cuadra a jugar fútbol, trompo, metras, la lleva, 40 matas, golosa, y todos los demás juegos que a mis nietos les parecen ridículos porque no aparecen en el iPad que toman prestado tan pronto suben al carro.
Jesús, me atrevo a escribirte en acato al párrafo que por estos días se replica con fe y esperanza al participar en la Novena de Aguinaldos. “Acordaos, ¡oh dulcísimo Niño Jesús!, que dijisteis a la venerable Margarita del santísimo Sacramento, y en persona suya a todos vuestros devotos, estas palabras tan consoladoras para nuestra pobre humanidad agobiada y doliente: ‘Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado’”.
Como fiel y creyente hago las peticiones para que esta ciudad, que en algún momento alguien confundió con Calcuta, tenga un mejor presente a partir del 25 de diciembre. Jesús, en la capital de Norte de Santander todavía hay mucho niño que deambula por las calles, que limpia vidrios, que carga mercados en Cenabastos, que mendiga, que se prostituye, que no va a la escuela, que es maltratado por los padres, que no tiene futuro.
Aquí, te lo cuento en confianza, los programas oficiales de atención son escasos y falta un poco más de interés entre la sociedad para proteger a la población infantil. Es cierto, en la Alcaldía y en la Gobernación hay despachos que propenden por el bienestar de los niños, pero también en esas oficinas están anidados los que quieren sacar provecho de los proyectos y les importa poco malgastarse el dinero destinado para la educación, la alimentación y la recreación de los pequeños.
Esta es parte de la miseria que no permite a los niños ser los hombres de bien, sino que los induce por el camino torcido del pecado, para la Iglesia, y de la delincuencia, para las autoridades judiciales. La inocencia la pierden y como consecuencia pasan largos meses internados en la correccional de Los Patios.
Jesús, que esto no suene a queja, pero quiero contarte que por estos días los niños afrontan situaciones adveras, producto de la negación de los adultos al temor a Tu Padre. No quieren, los mayores de edad, entender que esas personitas en formación necesitan cariño, comprensión y respeto. No vayas a decir que se me salió el sentimiento de nono. No, no es eso. Es que veo tan frágiles a los niños y tan desprotegidos, que solo la mano tuya podrá defenderlos.
Jesús, tanto en los cerros como en los lujos condominios, hay niños que aguardan tu venida y esperan que en la noche de navidad les traigas un presente. Seguro que no quieren incienso, mirra y oro. Un balón, un carrito, una muñeca, cualquier detalle los hará sonreír. Muchos han pasado años en medio del llanto y del dolor, provocados por la guerra. Hoy, están prosternados en tierra y con los brazos tendidos esperan que de lo alto les llueva bienhechor rocío.
Esos niños, no quieren más chivas, más burras negras ni yeguas blancas, desean tener en el corazón la paz y la tranquilidad que tú les puedes ofrecer.
Creo, sinceramente, que los cucuteños, después de esta misiva, estaremos “seguros de que no quedará frustrada nuestra esperanza, y de que en virtud de vuestra divina promesa, acogeréis y despacharéis favorablemente nuestra súplica”.
No te quito más tiempo, porque entiendo que debes leer muchas otras cartas para darles respuesta mañana en la noche. Una última recomendación, por favor no olvides a Sophie y Samuel.
Atentamente,
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: Todocolección
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