CÚCUTA.
Jorge Maldonado Vargas nació en el barrio Popular (Cúcuta), tiene 77 años, fue deportista de alto rendimiento, dirigente deportivo, empleado público y Alcalde. La manera de hablar es serena y directa, marcada por la experiencia. La memoria conecta la vida personal con las decisiones que debió tomar desde los cargos oficiales.
El deporte fue el primer escenario en el que forjó el carácter. Integró selecciones departamentales de baloncesto y voleibol, fue campeón de tenis de mesa, aprendió disciplina, constancia y liderazgo. Esos valores definieron la manera de asumir responsabilidades y entender el trabajo colectivo como principio de vida.
Esa formación lo llevó a la administración pública con visión de orden y planificación. Antes de ser Alcalde, ocupó cargos en los que priorizó el largo plazo. Para Maldonado, gobernar no significaba improvisar, es pensar la ciudad como el proyecto continuo que debe sostenerse más allá de los períodos políticos establecidos.
Desde el Instituto de Recursos Naturales (Inderena) impulsó procesos de plantación de árboles para transformar el paisaje urbano. Ese trabajo le mereció a Cúcuta el título de Ciudad Verde de Colombia. El cuidado ambiental era una responsabilidad política y el territorio debía protegerse para garantizarles bienestar a las generaciones futuras.
Desde la Alcaldía impulsó obras que permanecen en la ciudad. Los anillos viales y El Malecón comenzaron en su gobierno como proyectos de organización urbana. Esas intervenciones buscaban mejorar la movilidad y recuperar espacios públicos, porque la infraestructura debía responder a necesidades reales y no a intereses políticos momentáneos.
El intento por regresar al Palacio Municipal estuvo marcado por amenazas. La violencia política y los intereses personales condicionaron la participación electoral. Ante ese panorama, decidió retirarse. Desde entonces observa la política local con distancia crítica, convencido de que el dinero ilícito ha deteriorado la democracia y la confianza ciudadana.
A pesar de esa experiencia, Jorge Maldonado no perdió la fe en el liderazgo. Cree que la juventud tiene mayor conciencia y capacidad crítica. Observa nuevas maneras de participación impulsadas por la educación y las redes sociales. El cambio no depende solo del poder, los ciudadanos deben estar informados y comprometerse.
La memoria lo traslada a la Cúcuta pequeña y cercana que no superaba los 250.000 habitantes. Eran los días cuando los barrios estaban conectados. Era una ciudad profundamente comercial y el encuentro cotidiano definía la vida social. La cercanía entre los vecinos hacía del espacio urbano un lugar para compartir.
La frontera con Venezuela marcó durante décadas la identidad de la capital de Norte de Santander. El comercio, el tránsito de personas y el intercambio cultural definieron la dinámica. Los productos extranjeros llegaban primero acá que al resto del país. Esa relación influyó en la economía y las costumbres que persisten entre los municipios de lado y lado del río Táchira.
Pasó el tiempo y la ciudad creció sin la debida planificación. La migración y el desplazamiento transformaron el territorio, y el crecimiento superó la capacidad institucional. Surgieron, entre otros problemas, el transporte público, la informalidad y la falta de visión urbana. Esta última, en especial, explica muchas de las dificultades actuales.
Jorge Maldonado no idealiza a Cúcuta, tampoco la condena. Reconoce que hay inseguridad, corrupción y desorden urbano. Resalta el trato humano, la gastronomía y el entorno natural. Sobre 5, La califica con 3,5 y cree que el futuro depende del liderazgo y la memoria de los dirigentes.
CAMILO ANDRÉS CARO VELANDIA
Comunicador social en formación
UniPamplona – Cúcuta
Contraluz.CO Sólo Periodismo


