Noche del 13 de noviembre, escogido por los terroristas para sembrar el horror en París. Apología del terror cinematográfico para trasladarlo a la vida real de una ciudad iluminada por la alegría de un fin de semana propicio para el descanso y la distracción.
El temor y la angustia se adueñaron de esta fascinante ciudad, duramente golpeada en este 2015 por ataques de radicalistas musulmanes. El 7 de enero, la revista Charlie Hebdo fue blanco del atentado en el que murieron varios periodistas, continuó la decapitación de un ciudadano y ahora la más contundente y sangrienta arremetida que deja más de 125 víctimas.
El Estado Islámico (EI) es el verdugo musulmán que con radicalismo ha iniciado una guerra contra Francia, país que con sus acciones bélicas en Irak ha sometido a los habitantes a este ambiente de incertidumbre, de aflicción, de dolor y de tristeza.
Esa noche en París demuestra, una vez más, hasta dónde llegan el fanatismo y el ansia de poder. La condición humana plena de emociones y de sentimientos hacia determinadas causas, llámense religión, ciencia, deporte, o política, llega a convertirse en delirio. Lo acaecido muestra parte de esta locura.
Los jidahistas, rama violenta y radical dentro del Islam, desean el poder en una amplia región de Arabia y África para restaurar la grandeza con una estricta ortodoxia e imponer su religión en el mundo. Es así como su objetivo es la creación de un fuerte califato que predomine en estos territorios y para conseguirlo la fuerza y el terrorismo son sus armas principales.
El Occidente, en pos de la libertad, la civilización y la democracia, ha sido artífice de ofensivas militares para destruir estos grupos. Francia es el primer país europeo que tomó la decisión de atacarlos. Y aquí están las consecuencias.
Situación compleja, cuando está de por medio la vida de cientos de civiles ajenos a todas las actividades de la política.
ISBELIA GAMBOA FAJARDO.
Foto: lapatilla.com
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