CÚCUTA.- Desde la lejana excolonia francesa Madagascar llegaron a Cúcuta, hace un año, Aimée y Marthe. Nacieron en pueblos diferentes, distantes una hora en autobús, y se conocieron en la congregación religiosa Orden Trinitaria, a la que se vincularon para serviles a Dios y a los humanos desvalidos.
Hablan poco español. Para aprender el idioma estudian dos horas diarias, ayudadas por el diccionario. En algún momento del día se comunican en malgache, la lengua materna que no quieren olvidar, porque la necesitarán cuando regresen a casa a pasar dos semanas de vacaciones.
Aimée es de apellido Ravo y proviene de Antsirabe. Se hizo monja porque le gustó la vida religiosa y nunca pensó en matrimonio. Estudió bachillerato y después se enfundó el hábito blanco. Desde entonces ha pasado por París, España y Cúcuta.
Marthe se apellida Razafinaravao y es natural de Ambositra. Es enfermera de profesión. En la infancia, un día conoció a una monja y le llamó la atención la vestimenta. A partir de ese momento decidió que su vida estaría dedicada a Dios.
Los pueblos natales son pobres. La miseria es común, y hombres y mujeres la comparten con dignidad. A pesar de esas limitaciones económicas no pierden la alegría. En pocos momentos de la vida se los ve tristes, cabizbajos y avergonzados por la condición humana.
Así son ellas. Reflejan la humildad de los malgaches. Ríen a cada instante y se las nota tranquilas. La piel morena la exhiben con el orgullo de su raza. La comunidad a la que pertenecen las alejó de las familias y las envió a Colombia para que trabajen en la asociación que atiende niños carentes de recursos económicos, en San Faustino.
No sabían nada de este país sudamericano y menos que existía Cúcuta. En la maleta echaron el diccionario francés-español y emprendieron rumbo para conocer ese mundo del que no tenían idea. Desde el principio notaron la diferencia enorme entre la lengua materna y el idioma que debían entender.
Tienen dificultades con algunas palabras que siguen sin comprender. La pronunciación es lenta, pensada cada frase, matizada con una sonrisa inocente. Ese gesto se les ve bien. La gracia ayuda a entenderlas y una expresión es forzada por la otra.
Conservan rasgos asiáticos, trajeron parte de las costumbres típicas del sureste de Asia y conservan la lengua del tronco malayo-polinesio. En las noches, a veces, se trasportan a sus comunidades, piensan en las familias y lloran.
Para salir de ese estado de congoja oran a Dios por los padres, hermanos, primos y demás familiares. Al final de la conversación salen reconfortadas y con deseos de continuar en el cumplimiento de la misión que un día aceptaron desempeñar en la Tierra.
Están convencidas de que si se dejan doblegar por la tristeza no cumplirán con el compromiso de salvar vidas. Por eso, no han aprendido a decir `tristes’ en español y mejor no lo traducen al malgache para no meterse en la cabeza ese adjetivo.
Aquí, en San Faustino, corregimiento de Cúcuta, ayudan a formar niños que llegan a la fundación desde cualquier parte del país y con un mundo de problemas. Los pequeños las abrazan, las miman y las consienten. A esas muestras de afecto solo tienen una manera de responder, una sonrisa amistosa.
Los sueños inmediatos de Aimée y Marthe son volver a Madagascar para ponerse a la orden de las superioras y rogar para que las envíen a España, las dejen en Colombia o les asignen tareas en el país al que pertenecen.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Contraluz.CO Sólo Periodismo



Buena historieta. Es el Amor de Dios entregado en una amable y pura sonrisa. El lenguaje de los sencillos y pobres de corazón. Gracias por dárnosla a conocer.
Hola, yo tengo historietas misioneras vividas en Arboledas!. Si puedes entrar a mi blog…http://raqueldurue13.wordpress.com son “inolvidables recuerdos”…