CÚCUTA.- “Señora, señora, perdónenos, no somos malos, tampoco queremos hacerlo”, dijo la patrullera de la policía Mónica Vacca sin poder contener el llanto. Así comenzó la diligencia de desalojo de los habitantes de Brisas de Niza. En años anteriores la operación se aplazó por diversas razones.
El menudo cuerpo de la uniformada mide escasos 160 centímetros y le alcanza para templar de un brazo a Liliana Marín, de 25 años, propietaria de una de las viviendas del lugar, forrado por la maleza y el deterioro de la Avenida del Río. Ahí, la mujer vive hace 6 años.
John, de 22 años, esposo de Liliana, no llora, no grita, no se desespera como los integrantes de las más de 30 familias que conforman este asentamiento legal. Legal, porque pagan catastro; legal, porque durante hace 24 años los alcaldes les han mendigado los votos y les prometen que legalizarán los terrenos. Ninguno ha cumplido. Donamaris Ramírez tampoco piensa cumplirles.
Luego de más de 30 minutos de llantos y forcejeos con agentes, inspectores y ‘braceros’, Liliana y John deciden desmontar la casa. Están cansados físicamente y humillados por los atropellos. Solo les queda armarse de resignación y con un alicate desamarran las guaduas secas que sostenían la cocina y después el resto de la vivienda.
Frente a este hecho, Oscar, abogado titulado y vocero de la comunidad, comenzó la batalla verbal con documentos en mano. Aseguró que es una diligencia mal ejecutada, porque los habitantes de Brisas de Niza están legalmente asentados en el sitio.
La prueba es el recibo de valorización pagado este año. Ese argumento y la factura con el sello del banco no le alcanzan para evitar que los ‘braceros’ se vayan contra las tablas de otro rancho. El hombre, ante el empuje, quedó tendido en la huerta. La policía lo levantó como a un vil matacho de lana y lo sacó inconsciente de entre las matas de plátano, ahuyama y tomate.
Marina Gil, esposa de Númar, no soportó el trauma y la impresión del desalojo. Buscó refugio para protegerse de la embestida de los agentes y de los funcionarios de Bienestar Familiar. El marido intentó detener la acción oficial y advirtió que explosionaría una bombona de gas. La amenaza resultó en vano.
Los funcionarios sacaron a (*) María José, Juan Sebastián y Juan Felipe, de 9, 5 y 3 años para sacarlos al otro lado de la Avenida el Río. Luego de la diligencia los llevaron a donde unos familiares en Los Patios.
Estas, apenas son tres de las seis historias vividas la tarde del 23 de julio en el asentamiento Brisas de Niza, donde quedó demostrado que los perros son amigos, los ratones son cobardes y los políticos no se sabe qué son. Seis familias que en la noche no tuvieron una lámina de cinc y unas tablas para refugiarse de la lluvia.
Más de 26 familias, este martes, tendrán historias similares para contar. Quizás, más complicadas o no, lo cierto es que quedarán sin dónde meter la cabeza, llueva o no, salga o no el sol, para que el círculo de acaudalados y propietarios de las tierras, a la vuelta de un par de años, construyan lujosos apartamentos con los que seguirán tapándose en dinero para hacerse cada vez más ricos, mientras los pobres cada vez tendrán más necesidades.
“Ahí está, señor Alcalde, este es el resultado de venderle el alma al diablo. Quizá usted no quiere hacerlo, porque no hubo su acostumbrado discurso a dos micrófonos. Ni su horripilante cara ni su vasta alopecia se vieron, gracias a Dios, en esta diligencia tan mal hecha, llena de cosas oscuras e ilegales. Este, señor Alcalde, es el reflejo de una administración equivocada de cabo a rabo. Esta es su Cúcuta para grandes fraudes”, fue el reclamo de uno de los desalojados. Tampoco, seguro, obtendrá respuesta a la queja.
EBONNY2005
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