CÚCUTA.- Pasar de repente de los 37 grados cucuteños a estar 30 grados bajo cero es una experiencia que pocos viven y alcanzan a soportar antes de pensar en dar marcha atrás a los sueños. Esa vivencia es fácil de contar y de describir, pero difícil de aguantar, a pesar de la ropa pesada que se vista. Si se pasa la prueba de los primeros días, los meses y años restantes llegarán con añadidura.
Yina Paola Rivera Vergel, en el 2006, cuando aún era estudiante de comunicación social decidió dejar a Cúcuta y viajar a Bogotá. En la capital del país terminó la carrera profesional y comenzó a pensar en la posibilidad de volar más alto. Puso los ojos en Canadá y Suiza. Se decantó por ir a Norte América, aplicó para que la recibieran y se marchó.
Quebec la recibió sonriente. A los tres meses de estadía tenía cédula de residente y a los cuatro años estaba nacionalizada. El haber estado 11 años tan lejos de la ciudad natal, no le ha hecho perder el acento al hablar. Eso sí, hoy tiene preferencia por la provincia canadiense, porque es tranquila, con ambiente familiar, ideal para la crianza de los hijos Danna y Bruno, y segura. “No la cambio por nada”.
Los años le han enseñado que hay muchas actividades para hacer. Puede irse al castillo más fotografiado del mundo o salir a observar el hotel de hielo. En verano ve oscurecerse a las 9:00 de la noche y en invierno, a las 3:00 de la tarde. Ahí tiene para escoger en qué momento hace el recorrido, qué ropa luce y con quién sale.
“Al comienzo da duro el idioma. La cultura es diferente”. El deseo por darles una mejor calidad de vida a los hijos la impulsó a acostumbrarse a esa cultura tan distinta a la colombiana, en general, y a la cucuteña, en particular. Como madre cabeza de hogar ha tenido apoyo oficial y los niños tienen comodidades para estudiar.
Al hablar de los nuevos paisanos no generaliza. Así como ha tropezado con gente fría, también ha dado con personas a las que califica como lindas y queridas. “Trabajo en un CPE (Centre de la petite enfance), con niños de 6 meses a 5 años”. Ha recibido buen trato por la manera de comportarse. Es entrona, habladora, risueña, características propias de su ADN motilón.
Al hacer la evaluación de lo vivido en busca de lo mejor, no duda. “Todo”. Ha aprendido con el cambio extremo, ha visto crecer a los hijos, se satisface con las ventajas aprovechadas, está formándose como docente, ha desarrollado otra vocación.
¿Hay alguna comparación con Cúcuta?
- Creo que ninguna. Aquí cada quien defiende lo suyo. Hay que sacar cita para visitar a los amigos y a los familiares. Aquí todo es como cronometrado, con fechas. No hay comparación para nada.
Si pudiera traerse algo de Quebec para Cúcuta optaría por meter en la maleta la puntualidad canadiense, por ser característica fundamental entre esa comunidad norteamericana. También, echaría en bolsas un poquito de nieve para calmar el calor que sofoca a los cucuteños.
No ha pasado malos ratos por ser colombiana. Al contrario, en algunas oportunidades destacan la jocosidad de los nacionales y la disponibilidad para dar más allá de lo que se les pide. Ni siquiera se han burlado cuando no ha podido con el idioma, por el contrario, la ayudan a entender.
La camiseta rojinegra es el distintivo con la que muestra su procedencia. No cambia la comida colombiana y prepara los alimentos tradicionales, así haya aprendido a comer mejor. Vive pendiente de lo que ocurre en Cúcuta. Mira las redes sociales para estar informada.
¿Piensa regresar a su tierra o ya echó raíces allá?
- No creo que regrese. Por ahora no está en mis proyectos. Acá puedo hacer más que allá. Estoy bien acá. Termino mi segunda profesión, mi hija está en la universidad, mi hijo está en noveno grado. La calidad de vida que tengo acá, no la veo allá.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Contraluz.CO Sólo Periodismo


