Hablar de amores es susurrar hipérboles, enfrentarse a paradigmas nublados por las desesperanzas de historias acarreadas a lo largo del tiempo y la lengua del murmullo, o el bullarengue de los espacios enfiestados. Enamorarse es sentirse humano, es respirar desde otro aliento, sentir calambres en las neuronas y estar dispuesto a tragarse el mundo. Sentir amor hoy, está de locos.
Y de repente, boom. Pides una cerveza con el bochorno de la noche, la espuma casi que levita, frotas el vaso frío en los labios, mientras recoges la sal muy lentamente con la lengua, y el labial rojo se queda en el vidrio empañetado. Sin pedir permiso, la cerveza helada se expande por el cuerpo. Levantas la mirada e inmediatamente se te escapa la sonrisa, la miras a los ojos y deviene una frase casi que filosófica del maestro Diomedes Díaz, y él sí que tenía la razón, “puede haber más bellas que tú, pero eres la reina”.
No era la ropa, no era la cerveza, ni siquiera la noche, eran su presencia, la sonrisa loca y su carcajada imperfectamente bulliciosa. ¿Pero, qué pasa cuando acaba la cerveza? Caminamos. Y no importa a dónde, solo es caminar, no hay brújula, tampoco direcciones, solo el resplandor de la luna y los sonidos de la naturaleza que siempre están para los oídos necios, esos desobedientes que están dispuestos a ir en contra de las reglas, porque no importa nada más, sino el instante.
Al día siguiente te da gripa. Estúpidamente la cerveza fría, el sereno y todo lo que aguantaste en la madrugada por sostenerla entre los brazos y dedicarle tu calor, fueron los ingredientes perfectos para que la nariz la recuerde. El brazo izquierdo está adolorido, un mensaje en WhatsApp, menciona que le encantó el perfume que residía en tu pecho, mientras recostaba su cabeza ahí, ella se sentía segura. Y entonces, el alma vuelve al cuerpo, valió la pena los mocos en la nariz, estar sin un peso y el ardor en los ojos.
Contar sobre amores, es hablar de puentes que se cruzan sosteniendo las manos, apretadamente cálidas. Ahí es donde entiendes que existe una delgada línea entre valiente, fuerte y feliz; y que es la misma que separa el cielo del mar, a pesar de que, en el horizonte por ilusión, se junten.
De esto, sí que saben los párrafos que escribieron Mario Benedetti y Elvira Sastre, sus poemas contienen los relatos de sueños que empacaron sus maletas y huyeron juntos hacia lo desconocido para reencontrarse. Mirarse al espejo y luego en la madrugada expandirse sobre la vía láctea, buscando a Júpiter entre los millones de estrellas que están en el firmamento. Pero si, efectivamente, entre los millares encontró a Júpiter, él lo señaló con el dedo y ella lo besó con sus ojos cerrados, ellos eran astronautas.
Y si de caricias para el alma se trata, te recuerda que no sabías bailar, y que, aun así, lo hiciste. Que te veías ridículo y no te importó, porque bailaste para ella, arriesgaste el orgullo para hacerla feliz un momento. Esas frases que nunca fueron o serán mencionadas, también son las que se quedan en la memoria de lo que no se puede olvidar.
¿Y, para qué caminar? También vivimos en el pensamiento de otros mundos, donde no da miedo, porque se siente el calorcito de la mano correcta que sostiene la que está helada. No tiene precio y no se puede conseguir al voltear la esquina, en las tapas de gaseosa o las galletas de la fortuna.
Cruzar los mundos, es también una transición, es un puente que conecta la alquimia de cuerpos diferidos. Que no necesariamente piensan o sienten similar, pero se cruzan al trazar los puntos cardinales. Es un lenguaje que no necesita palabras, porque los ojos hablan por sí solos, se llaman a gritos y se escriben por privado, ante las miradas de la sociedad turbulenta que vive de cronogramas y horarios.
Finalmente, la tasa de café. Esta tiene un componente de coquetería, unas cejas delineadas y sexys, una escapada fugaz del sonriente ruido del azúcar saltando de la cuchara al café, el movimiento del líquido que recuerda lo bien que se mueve al son de la música, y el brindis por lo que hay que vivir. No es un café normal, esta tasa sí es para disfrutarla, palpar el sabor del tinto en cada papila gustativa, así como sus labios y la punta de la lengua acariciando lentamente la cara de su querer. Y solo por reiterar, para amar, hay que estar locos, más que Doña Florinda y el profesor Jirafales, cuándo hicieron el amor.
ISMAEL CAICEDO VALENCIUN
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