CÚCUTA.- Al llegar a las tierras que, el 17 de junio de 1733, Juana Rangel de Cuéllar donara para la construcción de la ciudad, muchos encuentran en Cúcuta que las ventas ambulantes son la primera ventana de salida para solventar los gastos que demanda estar en otro país. Las polvorosas y ruidosas calles de la capital de Norte de Santander y de la zona de frontera se trasforman en vitrinas a cielo abierto.
Una mujer mayor, de piel morena, con mirada cargada de nostalgia y vestida con ropa desgastada, dice venir de Barquisimeto (estado Lara – Venezuela). Partió junto a su hijo Kevin, de 13 años, quien ha sido su compañía incondicional y la guía en busca de lo que le permita tener mejor condición de vida. “Tenemos más de un año en Cúcuta”, comentó.
Todos los días amanece con el mismo propósito, salir a ganarse la vida. Recién llegaron no sabían que serían producto del desconocimiento de la ciudad y de los habitantes. Sin familiares, ni amigos, impulsaron lo que comenzó en una caja de cartón y dos cordones sobre las laterales, que asemejan una chaza de madera, esencial para los vendedores ambulantes y la indicada para exhibir los productos.
“Con unos ahorros que me quedaban, compré una tira de cigarrillos, un paquete de dulces y pagué dos días en una habitación que nos arrendaron”, comentó Susana Arocha. La jornada diaria comienza a las 7:00 de la mañana. La odisea de vender en las calles de La Parada, corregimiento de Villa del Rosario, los espera.
Provienen de una tierra igual de calurosa y trajeron la maleta cargada de sueños y el corazón arrugado por abandonar lo que por años fue el hogar. Las aceras de asfalto, bajo el extenuante sol, preparan lo que para ellos es la oportunidad de encontrar alternativas de solución al desamparo.
Caminaron horas y horas enteras, que solo eran recompensadas con una botella de agua que renovaban en donde se les acabara. Comían a deshoras, de manera desproporcionada. En ocasiones “no podíamos reunir lo de la habitación, lo que me llevaba a reponer con mi mercancía a la dueña de la posada en donde dormíamos”.
Ubicados en puntos neurálgicos de movilidad en la ciudad, a diario deambulaba junto al hijo para ofertar los productos. “Lo que para muchos es incómodo, a nosotros nos ayuda muchísimo”, indicó Susana mientras vende dos panes de bocadillo a un cliente que la llama desde un carro. Los señalamientos de algunos la desaniman en la lucha por alcanzar el sustento.
Pasaron alrededor de seis meses desde la llegada y los tiempos empezaron a mejorar mínimamente. Las ventas aumentaron y los ingresos crecieron. Las ganas de superación la llevaron a pensar en otra idea.
En esos días de bonanza pudieron ahorrar algo de dinero y con ayuda de una vecina, que los presentó en la panadería del sector, compraron una mesa y una silla plásticas, que se convertirían en el nuevo negocio: vender pan.
El plante alcanzó para 50 panes de bocadillo, leche y azúcar. Se acicala en las mañanas con la mejor energía para salir adelante. En una esquina del barrio La Merced, a un costado del monumento de quien donó las tierras para levantar la ciudad, toma posesión con el hijo, un chico que deslumbra la inocencia de no saber con certeza qué sucede.
El semáforo marca 65 segundos en rojo, calcula cada grito para ofrecer los panes, empacados en bolsa plástica. Kevin vocifera los precios, que no superan los dos mil pesos, y se mueve entre carros y motos. Así es la cotidianidad de la informalidad.
Ahí, se codea con vendedores de mandarinas, limones y aguacates, y uno que otro malabarista que flota por el lugar. El pan de venta callejera pasó a ser uno de los productos de mayor comercialización ambulante por la presencia de venezolanos en Cúcuta. Lo que antes era un lujo de las panaderías, ahora es símbolo de resistencia para estos migrantes que venden en las ventanas del transporte público o en las calles cucuteñas.
Lo que no se vende en las vías no se vende en ningún lado, se repiten a diario estos barquisimetanos que proporcionan con placer y agrado las onces de algunas familias. “Sí hay pan a dos mil”, son los gritos frecuentes en las calles aledañas al centro.
La competencia agrega otras maneras de ganarse la vida. “Mientras uno ofrece chocolates, galletas o dulces en promoción, es fácil que ingrese el eco del precio del pan, del agua con gas o del ayudante que se rompe la garganta con el estallido de ‘San Antonio, La Parada, Villa del Rosario directo…’, mientras va colgando de la puerta o corre a la par de la buseta”, manifestó Susana.
El día bueno puede representar el reunir con qué alimentarse, pagar la habitación en la avenida cuarta, a la que se trasladó luego de reconocer el espacio como potencial para vender más y uno que otro peso para guardar.
Esta economía reducida, le alcanza para lo necesario y le queda para enviar una que otra ayuda a los hermanos en Barquisimeto. En las mañanas organiza el puesto de venta, que suele guardar en un parqueadero de la zona y se prepara para lo que será la nueva jornada.
Sin el desgaste de caminar sin rumbo y con la tranquilidad de manejar el tiempo, comienza el día después de las 8:00 de la mañana y lo finaliza, con la cantidad de productos destinados para el día siguiente. “Podemos vender de 40 a 50 panes diarios. Nos va muy bien, porque a la gente que compra le gusta”, agregó Susana, al momento que prepara el porta comida en el que trae el almuerzo para ella y el hijo.
Al igual que esta mujer, cientos de migrantes deambulan por las ajetreadas calles de Cúcuta y se sujetan de la chaza de madera con divisiones para dulces, gomitas y cigarrillos; una cava con agua y jugos, un palo atravesado sobre los hombros, con verduras, o una mesa con pan fresco para conseguir el diario.
También, hay ventas de minutos, gaseosa, malta, pastillas para el dolor de cabeza o alimentos de tradición venezolana, como la chicha. Todos bajo el mismo propósito que no los deja despabilar y los somete al ajetreo de una ciudad perdida en la informalidad.
Las calles de la casa de duendes pasaron a ser vitrinas a cielo abierto con mayor intensidad y la plataforma para el sustento de cientos de familias cucuteñas y venezolanas, que luchan por sobrevivir a este fenómeno en el que se encuentran.
PAOLA OICATÁ
Contraluz.CO Sólo Periodismo